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El PNV y la estrella en el cielo de Europa

El PNV no se ha subido al carro secesionista por el amargo recuerdo que todavía tiene de la malhadada experiencia del Plan Ibarretxe.

Cayetano González
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Ver la escenografía y oír los discursos pronunciados durante la celebración peneuvista del Aberri Eguna (Día de la Patria Vasca) este pasado domingo me ha reafirmado en la idea de que el nacionalismo, cualquier nacionalismo, es una cosa arcaica, retrógrada, empobrecedora, pequeña, que además, en el mundo globalizado en el que vivimos, no tiene ningún sentido. En el caso del nacionalismo vasco, el simple hecho de seguir celebrando el Aberri Eguna el Domingo de Resurrección es una muestra de ese maridaje de la religión y la política tan propio de Sabino Arana, pero que se compadece mal con los tiempos actuales. Porque se puede admitir que el PNV es un partido con raíces cristianas, pero ¿y los amigos de ETA, Sortu, Bildu, que también celebran el Aberri Eguna?

En su intervención ante la siempre entregada clientela peneuvista, el actual presidente del partido, Andoni Ortuzar, periodista en otros tiempos, se permitió una euskal-licencia o una euskal-pirueta poética: "Soñamos con ser una estrella en el cielo de Europa y seremos una estrella en el cielo de Europa", dijo. Eso es lo que tiene haber profesado una fe a prueba de bombas, perdón por la metáfora, en lo que decía y hacía el tótem del PNV durante muchos años, Xabier Arzalluz, que en la década de los 80, cuando la bandera de Europa tenía doce estrellas, dijo aquello de: "Euskadi será la decimotercera estrella de Europa". Al menos Ortuzar no pretende asaltar el cielo como nos prometió Pablo Iglesias -el de Podemos, naturalmente-, sino simplemente poner la euskal-estrella en el firmamento.

El PNV, desde la Transición, ha sido un partido que ha hecho del pragmatismo su forma de ser y de estar en la política. No votó a favor de la Constitución del 78, pero se ha aprovechado todo lo que ha podido –Estatuto de Guernica incluido– de ella. Cuando la escisión que sufrió hace dos décadas, se vio en la obligación de pactar con el PSOE; y lo hizo, incluso gobernó en coalición con los socialistas vascos durante casi doce años. Cuando tuvo que pactar con el centro-derecha, tampoco le hizo ascos, y en 1996 apoyó la investidura de Aznar como presidente del Gobierno. Arzalluz llegó a decir que en quince días había conseguido más con aquél que con Felipe González en catorce años, e incluso dio una rueda de prensa en la sede del PP de la calle Génova con la gaviota encima de su cabeza, lo que causó cierto estupor en algunos furibundos militantes de su partido, que veían a Aznar y al PP como los herederos del franquismo.

Ese pragmatismo en la acción política es lo que explica en parte que el PNV no se haya subido al carro secesionista que empujan desde Cataluña Artur Mas y ERC. No lo ha hecho no por falta de convicciones, sino por el amargo recuerdo que todavía tiene de la malhadada experiencia del Plan Ibarretxe, que acabó como acabó: con la pérdida del poder en el País Vasco y la llegada de Patxi López a Ajuria-Enea –gracias, por cierto, al apoyo del PP–. Por eso el PNV no ha querido abrazarse a Mas y a su plan independentista; pero eso no quiere decir ni mucho menos que haya abdicado de sus esencias patrias y renunciado a ser "una estrella en el cielo de Europa".

El PNV sabe que su batalla actual estriba en lograr que, una vez que ETA no mata, las diversas marcas políticas de la banda terrorista legalizadas en su momento por Zapatero y consentidas por Rajoy no se le acaben subiendo demasiado a las barbas. De cara a las elecciones municipales y forales del próximo 24 de mayo, el PNV aspira a conservar intacto su bastión de Vizcaya, pero en Guipúzcoa tiene muy complicado recuperar la Diputación Foral o el Ayuntamiento de San Sebastián, donde Bildu ha gobernado en los últimos cuatro años. En cuanto a Álava, el objetivo de los nacionalistas sería desalojar al PP del poder y formar Gobierno en la Diputación y en el Ayuntamiento de Vitoria con quien se pueda: PSE, Bildu e incluso Podemos.

En Navarra, el PNV es desde hace años un partido inexistente, pero el trabajo político se lo están haciendo otros: Bildu, Aralar, Na-Bai, Podemos, que según las previsiones podrán arrebatar en mayo el Gobierno de la Comunidad Foral a UPN e iniciar el camino de la anexión del Viejo Reino a la Comunidad Autónoma Vasca. Y eso será posible también porque en Navarra los socialistas no levantan cabeza y el PP ni está ni se le espera. ¿Les preocupa algo a Rajoy y a Sánchez el futuro de la Comunidad Foral? ¿Son conscientes ambos del boquete que se abrirá a partir de mayo en la cohesión y en la unidad de la Nación cuando en Navarra empiecen a gobernar los que quieren su integración en el País Vasco?

Por todo el escenario que se avecina, el PNV ha optado en estos últimos tiempos por orillar el debate de la independencia y ha huido de la confrontación directa sobre esta cuestión. Esta actitud se irá moldeando y modificando con el paso de los meses. Dependerá de los resultados de las elecciones de mayo, de si el PP sigue o no en el Gobierno central tras las próximas elecciones generales y de la presión que consiga meter el mundo de ETA. Sin olvidar que en 2016 habrá elecciones autonómicas vascas. Y para el PNV seguir en Ajuria-Enea son palabras mayores. Les va la supervivencia, con o sin estrella en el cielo de Europa.

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