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En memoria de Alberto y Ascen

Que este vigésimo aniversario del asesinato de Alberto y Ascen sirva para renovar el propósito de no olvidar nunca a nuestros héroes de los siglos XX-XXI.

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Este martes se cumplirán veinte años del asesinato por parte de ETA del concejal del PP en el Ayuntamiento de Sevilla Alberto Jiménez Becerril y su mujer, Ascensión García Ortiz, cuando regresaban a casa de madrugada después de haber cenado con unos amigos en un céntrico bar de la ciudad hispalense. El comando de ETA tenía otro objetivo: la alcaldesa de la capital andaluza, Soledad Becerril, pero Alberto y su mujer eran objetivos más fáciles porque no tenían especiales medidas de seguridad. El doble atentado dejó huérfanos a tres niños que entonces tenían cuatro, siete y ocho años de edad.

Aquellos eran unos momentos en los que ETA había dado un salto cualitativo en sus crímenes: ya no le bastaba asesinar a guardias civiles, policías nacionales o militares; había, según su macabro lenguaje, que socializar el dolor e ir a por cargos públicos del partido en el Gobierno, el PP, y también del PSOE. Cuando ETA asesina a Alberto y a Ascen, sólo habían pasado seis meses del crimen a cámara lenta de Miguel Ángel Blanco; cincuenta días del asesinato del concejal popular de Irún José Luis Caso y escasos veintiún días del de José Ignacio Iruretagoyena, concejal del PP en Zarauz.

El asesinato de Alberto y de Ascen fue seguido por el de otros de cargos públicos del PP: Tomás Caballero (concejal de UPN –el partido navarro aliado del PP– en el Ayuntamiento de Pamplona), el 6 de mayo de 1998; Manuel Zamarreño (concejal en Rentería), el 25 de junio de 1998; Jesús María Pedrosa (concejal en Durango), el 4 de junio de 2000; José María Martín Carpena (concejal en Málaga), el 15 de julio de 2000; Manuel Indiano (concejal en Zumárraga), el 29 de agosto de 2000; José Luis Ruiz Casado (concejal en San Adrián de Besós), el 21 de setiembre de 2000; Francisco Cano Consuegra (concejal en Viladecavalls), el 14 de diciembre de 2000; Manuel Giménez Abad (presidente del PP en Aragón), el 6 de mayo de 2001, y José Javier Múgica (concejal de UPN en Leiza, Navarra), el 14 de julio de 2001.

Por respeto a la memoria de Alberto y Ascen, conviene recordar que cuando ETA los asesinó, el PNV y EA ya estaban negociando con la banda terrorista, en lo que meses más tarde, setiembre de 1998, fraguó en el Pacto de Estella. Mientras que ETA intentaba aniquilar al PP, el PNV –asustado por la marea social que se produjo a raíz del asesinato de Miguel Ángel Blanco: el denominado Espíritu de Ermua– buscó el acuerdo con los terroristas para, entre otras cosas, excluir a los partidos "españolistas", según su jerga, el PP y el PSOE, de las instituciones vascas. Algo por lo que el PNV –ese partido con sentido de Estado, según algunos dirigentes actuales del PP– nunca ha pedido perdón.

Y también conviene recordar que, con los cadáveres de Alberto y Ascen, recién enterrados en Sevilla, el etarra Iñaki de Juana Chaos, entonces preso, escribió lo siguiente:

En la cárcel, sus lloros son nuestras sonrisas y terminaremos a carcajada limpia (…) Me estoy tragando todas las noticias de la ekintza[el atentado] de Sevilla. Me encanta ver las caras desencajadas que tienen… Con esta ekintzaya he comido para todo el mes. ¡Perfecta! Ahora están empezando a recoger el sufrimiento que desde hace décadas vienen repartiendo entre los presos, y eso que todavía seguimos siendo monjitas de la caridad.

Este es el individuo al que el Gobierno de Zapatero y Rubalcaba puso en libertad tras una ficticia huelga de hambre, y ahora vive en Venezuela sin que el Ejecutivo de Rajoy haya hecho nada en estos años para conseguir su detención y expulsión. El problema, ya lo dijo con acierto Rosa Díez, es que Rajoy tiene su particular De Juan Chaos: Bolinaga, el carcelero-torturador de Ortega Lara –que se negó a reconocer ante la Guardia Civil que allí, en la nave de Mondragón, mantenían secuestrado al funcionario de prisiones–, que fue puesto en libertad por el Gobierno de Rajoy con la excusa de que padecía una enfermedad terminal, a la que sobrevivió dos años y medio en su casa.

Que este vigésimo aniversario del asesinato de Alberto y Ascen sirva para renovar el propósito de no olvidar nunca a nuestros héroes de los siglos XX-XXI, a nuestras víctimas del terrorismo. Cuando hay muchos que quieren pasar página, falsear la verdad, relativizar el drama sufrido durante tantos años, digamos que no: que aquí hubo 857 víctimas que fueron asesinadas por ser españoles, y que eso nunca se podrá olvidar. Descansen en paz Alberto, Ascen y todas las víctimas del terrorismo.

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