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La lógica del proceso

A estas alturas del partido parece claro que Rajoy debería ir empaquetando los enseres personales que tenga en La Moncloa.

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Gracias al "magistral manejo de los tiempos" que según sus hooligans distingue a Rajoy del resto de gobernantes del planeta Tierra, y que le llevó a fijar las elecciones generales a las puertas de la Navidad, nos encontramos enredados en estos días tradicionalmente tranquilos y familiares hablando a todas horas de si son galgos o podencos; es decir, si el PSOE debe permitir que gobierne el PP o si por el contrario los socialistas deben intentar liderar un Gobierno de izquierdas con Podemos, IU y los nacionalistas de ERC, PNV o de la extinta Convergencia.

A estas alturas del partido parece claro que Rajoy debería ir empaquetando los enseres personales que tenga en La Moncloa, porque a día de hoy solo cuenta para su hipotética investidura con el apoyo de sus 123 diputados, insuficientes para lograrla. Da la impresión de que esta situación la han entendido en todas partes menos en el PP, ya que sus portavoces habituales –García Maíllo va a hacer que se eche de menos a Floriano– no dejan de repetir como auténticos loros que ellos ganaron las elecciones y que hay que dejar gobernar a la lista más votada, sin reparar en que estamos en un sistema parlamentario y que gobernará el que más apoyos parlamentarios tenga.

Pedro Sánchez sabe de sobra que su supervivencia política pasa por un solo escenario: ser presidente del Gobierno. Todo lo que no sea eso supondrá para el actual líder del PSOE el final de su carrera, que empezó hace año y medio, cuando ganó las primarias para la Secretaría General de su partido. Y eso que sabe Sánchez lo sabe también Susana Díaz, a la que le ha pasado algo parecido a lo que le sucedió a Aznar con la designación de Rajoy como sucesor: que al poco tiempo se dio cuenta de su error. Sánchez ganó las primarias del PSOE porque la lideresa andaluza le apoyó de rebote, dado, perdón por la redundancia, el rebote que se cogió cuando Eduardo Madina se negó en redondo a retirar tanto su candidatura como su exigencia de primarias para elegir al secretario general.

Y ahora se da la paradoja de que, con los peores resultados electorales de la historia del PSOE, su candidato está en condiciones de aspirar a la Presidencia del Gobierno. Eso sí que es hacer de la necesidad virtud y lo demás son tonterías. El problema es que, para lograrlo, Sánchez necesita no sólo del apoyo de los 69 diputados de las diferentes marcas de Podemos, sino que debería tener también el de IU, ERC, PNV o Democracia y Libertad, la nueva denominación de Convergencia Democrática de Cataluña. El primer escollo para los socialistas, según han decidido en el Comité Federal de este lunes, es que, para sentarse a negociar con Podemos, el partido de Pablo Iglesias debe retirar su exigencia de un referéndum en Cataluña para decidir el futuro de esta comunidad autónoma.

Los barones regionales de más peso dentro del PSOE, y a rebufo de ellos el propio Sánchez, han afirmado por activa y por pasiva en estos últimos días que para llegar al poder no vale todo y que no van a negociar nada que afecte a la unidad de España. Como declaración de principios está bien, pero la relación de actuaciones llevadas a cabo por el PSOE en los últimos años le resta credibilidad.

Muchos de los males que ahora afectan al partido fundado por Pablo Iglesias, el verdadero, vienen de aquel "Pasqual, apoyaremos en Madrid lo que salga del Parlamento de Cataluña", pronunciado por Zapatero en un mitin en Zaragoza y que tuvo su continuación en la negociación de un nuevo estatuto para Cataluña impulsado por el propio PSOE.

Paralelamente a eso, Zapatero llevó a cabo un proceso de negociación política en toda regla con ETA, con el futuro de Navarra encima de la mesa. Por si alguien no ha caído en la cuenta, los frutos de esas dos actuaciones están a la vista: en Cataluña está en marcha un proceso independentista y en Navarra gobiernan ya los partidarios de la integración de la Comunidad Foral en el País Vasco.

Pero es que la credibilidad del PSOE a la hora de señalar límites en sus pactos con Podemos queda también muy en entredicho cuando se piensa en lo que sucedió hace sólo siete meses, tras las elecciones municipales y autonómicas. Manuela Carmena es alcaldesa de Madrid gracias al apoyo del PSOE, que prefirió eso al apoyo que estaba dispuesto a dar Esperanza Aguirre al candidato socialista. Y el PSOE gobierna actualmente en Castilla- La Mancha, Extremadura, Aragón, Valencia y Asturias gracias a Podemos. ¿Por qué va a ser diferente ahora?

En la lógica del proceso, que algunos llaman "cambio de régimen" y otros "segunda Transición", está que las fuerzas de izquierda se unan, no sólo para echar a la derecha del poder, sino para que ese proceso siga adelante. Y si para lograrlo tienen que sumar apoyos de fuerzas que tienen como principal objetivo que España deje de ser España, como es el caso de ERC, PNV o la antigua Convergencia, ya encontrarán fórmulas para lograrlo. Escenificarán durante varias semanas los desencuentros, habrá momentos en que la ruptura se presentará como algo irremediable, pero al final –como sucederá en Cataluña, donde la CUP acabará apoyando a Mas– la lógica del proceso se impondrá.

Si esto sucede, será muy malo para España y todos, de una manera o de otra, sufriremos las consecuencias, por lo que nada me alegraría más que equivocarme en el pronóstico.        

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