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Rajoy y su “magistral” manejo de los tiempos

El presidente del Gobierno va a ir al Parlamento no por convicción sino porque se había metido él solito en un callejón sin salida.

Cayetano González
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Los muy "marianistas" suelen esgrimir este argumento para intentar explicar y justificar muchas de las actuaciones de su líder. Me imagino que en este clima tan cainita –el que no está conmigo está contra mí– que caracteriza actualmente la vida política, esos fans seguirán manteniendo que Rajoy, después de anunciar que en los próximos días comparecerá en el Congreso de los Diputados para explicarse sobre el denominado caso Bárcenas, ha vuelto a demostrar que es un auténtico maestro en la materia.

Sin embargo, tengo para mí que en esta ocasión, Rajoy no ha podido ser tan independiente como le gusta presumir de ser. El anuncio la pasada semana por parte de Rubalcaba de que en caso de no acepar comparecer le presentaría una moción de censura con el único objetivo de obligarle a hablar; la presión de una parte importante, no todos, de los medios de comunicación; los sondeos y encuestas –es de suponer que la fábrica arriolesca también los ha seguido haciendo aunque sólo sea por lo que factura– que indican al alimón tanto una importante pérdida de apoyo electoral del PP como una quiebra en la confianza en el presidente del Gobierno, han doblado el brazo de este, que se ha visto obligado a anunciar su comparecencia.

Que durante dos semanas, el debate político en este país haya consistido en si Rajoy tenía que comparecer ante la opinión pública y en qué formato debía hacerlo, lo único que pone de manifiesto es la bajísima calidad de nuestra democracia y el desprecio de los gobernantes –en este caso Rajoy– a las instituciones y a los ciudadanos. Al final, el presidente del Gobierno va a ir al Parlamento no por convicción sino porque se había metido él solito –con la inestimable ayuda de su círculo de asesores– en un callejón sin salida.

Es impensable que en cualquiera de eso que los cursis denominan "países de nuestro entorno" sucediera una cosa parecida. Rajoy, que no habla del caso Bárcenas desde su comparecencia a través del plasma del pasado mes de febrero, tenía que haber solicitado ir al Parlamento el mismo día que la persona a la que él mismo nombró tesorero en el Congreso de Valencia de junio de 2008 contó a Pedro J. que el PP había estado financiándose irregularmente durante veinte años o que la mayor parte de sus dirigentes habían cobrado sobresueldos. No digamos nada ya de la cercanía y el afecto que destilaban los sms enviados por el presidente del Gobierno a Bárcenas publicados hace unos días por El Mundo.

La estrategia tan propia de Rajoy de ponerse de perfil ante los problemas y confiar en que el paso del tiempo acabe resolviéndolos, era evidente que en este caso no iba a servir. Si a eso se añade el diagnóstico que hasta hace muy poco hacía el propio presidente, asegurando a sus interlocutores que lo peor del caso Bárcenas ya había pasado, se entenderá mejor aún su falta de reflejos en estos últimos días.

Ahora va a tener que dar muchas explicaciones y, como él mismo ha dicho, disipar muchísimas dudas que a día de hoy se han instalado en gran parte de la sociedad española que han asistido atónitos a unas acusaciones gravísimas de alguien que durante veinte años gozó de la confianza de los máximos dirigentes del PP, incluido Mariano Rajoy. Mientras tanto, un PSOE en el fondo del pozo y un cadáver político llamado Rubalcaba podrán presumir, y con razón, que con su amago de moción de censura han logrado doblar el brazo de un presidente del Gobierno al que, hace veinte meses, once millones de españoles le dieron una holgada mayoría absoluta.

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