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Emilio J. González

Afrontar la realidad del euro

Lo que de verdad tendría que hacer la Unión Europea es afrontar de una vez la realidad. Si quieren conservar la unión monetaria, sus miembros no tendrán más remedio que aceptar una nueva pérdida de soberanía.

Emilio J. González
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La actual crisis internacional está poniendo a prueba a la Unión Monetaria Europea y su capacidad para mantener su integridad en tiempos de dificultades. Hay quien vaticina que, debido a los problemas financieros de países como Grecia o España, la zona euro está en serio peligro de ruptura si Francia o Alemania no acuden al rescate. Pero los germanos, por ahora, no hacen más que decir que ellos no van a soltar ni un euro para ayudar a nadie. Hay quien estima, también, que si no se solucionan los problemas de esos países, toda el área euro va a pagar las consecuencias, en forma de especulación de los mercados contra la moneda única y de pérdida de credibilidad de la misma. Por ello, los líderes comunitarios ahora tratan de reaccionar y si ayer era el presidente francés, Nicolas Sarkozy, quien advertía del fracaso que supondría la ruptura del euro, hoy es la Comisión Europea quien propone la creación de un FMI europeo para ayudar a los miembros de la unión monetaria en dificultades. Una idea que, de llevarse a la práctica, puede crear más problemas que los que resuelve.

De entrada, un FMI europeo sería un sistema de actuación ex post, esto es, una vez que el problema se ha producido, ya que su papel sería el de prestamista en última instancia una vez que el problema se ha producido. Con ello, la UE se dotaría de un instrumento de rescate de países en dificultades, pero en una unión monetaria la cuestión no es, ni debe ser, el cómo se salva a quien no hace los deberes o a quien, como Grecia y la España de ZP, optan deliberadamente por la indisciplina financiera y fiscal. La cuestión es cómo se evita que dichas situaciones se produzcan, y eso, por lo que por ahora se sabe del proyecto de FMI europeo, no lo evita ni esta posible institución ni cualquier otro instrumento de actuación ex post. No se trata, por tanto, de amortiguar el problema, de ayudar a resolverlo o de cortarlo de raíz. Por el contrario, se trata de que no se produzca, y eso no se logra con mecanismos concebidos para socorrer, en lugar de para prevenir.

Además, un FMI europeo podría dar lugar a las mismas situaciones de riesgo moral que se han derivado de las actuaciones del Fondo Monetario Internacional. Si los países saben que si se meten en líos alguien va a acudir a su rescate: ¿qué incentivos tienen los gobernantes para desplegar políticas económicas de ajuste siempre impopulares? Ninguno. ¿Qué incentivo tienen para no apostar deliberadamente, por razones ideológicas, electoralistas, etc., por políticas de déficit y endeudamiento públicos excesivos? Ninguno. ¿Qué incentivo tendrán los inversores y prestamistas para ser cautos a la hora de colocar su dinero en países con problemas o que puedan tenerlo, sabiendo que si se ponen las cosas feas alguien va a acudir al rescate? Ninguno. Esto no es una mera especulación; es algo que hemos visto de sobra en el ‘efecto tequila’, la crisis asiática y demás. Por tanto, lo que debemos hacer los europeos es aprender de la experiencia y no cometer el mismo error.

Por otra parte, tampoco creo que resulte necesario poner en marcha un clon a escala europea de algo que ya tenemos a nivel internacional que, además, está muy cuestionado. Los problemas que padece Grecia, los mismos a los que probablemente va a tener que enfrentarse España en los próximos meses y, posiblemente, otros países en el futuro, no son, ni más ni menos, que a los problemas de insolvencia y suspensión de pagos de la deuda a que se enfrentan y se han enfrentado otros países en el pasado. El FMI interviene en esos casos, así es que ¿por qué no va a poder hacer lo mismo con un país miembro de la zona euro, el cual, encima, paga su cuota al Fondo? Teóricamente, no hay ninguna razón que lo impida... excepto si nos vamos al terreno de los sentimientos, más concretamente al del antiamericanismo imperante en Europa, sobre todo en Francia, quien ve detrás del FMI la mano de los Estados Unidos y no quiere que el gigante norteamericano pueda meter, de una u otra forma, sus narices en los asuntos europeos. Sin embargo, esto no es nada más que un orgullo nacionalista, o europeísta, trasnochado y mal interpretado. El FMI, nos guste su existencia o no, es de todos. De hecho, su actual gerente es un francés, el ex ministro de Finanzas Dominque Strauss-Kahn, que sucedió en el cargo al español Rodrigo Rato, el cual a su vez sucedió al alemán Horst Koeler. Así que, puestos a que tenga que actuar un organismo de este tipo, cosa con la que no estoy de acuerdo, mejor que sea el que ya tenemos en lugar de crear otro nuevo.

Lo que de verdad tendría que hacer la Unión Europea es afrontar de una vez la realidad. Si quieren conservar la unión monetaria, sus miembros no tendrán más remedio que aceptar una nueva pérdida de soberanía, bien yendo a un gobierno económico de la UE, con todo lo que ello implica (empezando por democratizar verdaderamente las instituciones comunitarias); bien creando sistemas de control comunitarios sobre los presupuestos y las emisiones de deuda pública de los países miembros del euro, con el fin de actuar antes de que se produzca el problema, en lugar de hacerlo cuando ya se ha creado éste. Por supuesto, eso implica una nueva pérdida de soberanía, un nuevo impedimento para que gobiernos como el de Grecia o España puedan actuar a capricho en el terreno fiscal. Pero una unión monetaria tiene ciertas exigencias y a quienes están en ella no les queda más remedio que aceptarlas si no quieren que las crisis en su seno sean recurrentes, con todas sus consecuencias. Esto es lo que realmente deben plantearse los líderes comunitarios porque lo demás, incluida la creación de ese FMI europeo, en el fondo no son más que parches que, lejos de arreglar las cosas, las empeoran.

O integración económica o medidas ex ante.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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