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Emilio J. González

Nos llevan al Tercer Mundo

Las advertencias de los embajadores de Estados Unidos y Alemania acerca de la pérdida de inversiones en España procedentes de ambos países tienen mucho que ver con la forma en que Zapatero ha enrarecido las relaciones con ambos.

Emilio J. González
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La economía española se encuentra en estos momentos entre las diez más importantes del mundo, pero como el Gobierno de Zapatero siga haciendo de las suyas, no va a tardar mucho en perder unas posiciones que tantos años de esfuerzo y sacrificio nos ha costado ganar. Y no es solo cuestión de política económica, sino también de relaciones internacionales.

Tradicionalmente, durante el siglo XX, España ha tenido dos aliados fundamentales en el mundo: Estados Unidos y Alemania. Estos países han jugado un papel esencial en la salida ordenada y ejemplar de nuestro país desde la dictadura franquista a una democracia moderna, en la integración plena de España en la Unión Europea y en los principales organismos internacionales –gracias a lo cual, por ejemplo, Rodrigo Rato es director gerente del Fondo Monetario Internacional– y en el impresionante desarrollo socioeconómico experimentado por nuestro país en los últimos cuarenta años. Gracias a ese progreso España salió del atraso secular de finales de la década de los cincuenta para convertirse, hoy en día, en una de las economías punteras y más vitales de entre los países avanzados. A nuestros aliados tradicionales les debemos mucho, pero Zapatero está consiguiendo en pocos años acabar con lo que costó forjar más de cuatro décadas.

Las advertencias de los embajadores de Estados Unidos y Alemania acerca de la pérdida de inversiones en España procedentes de ambos países tienen mucho que ver con la forma en que Zapatero ha enrarecido las relaciones con ambos. En Estados Unidos nadie olvida las bofetadas diplomáticas que les ha dado nuestro ilustre presidente del Gobierno con cuestiones como la guerra de Irak, como tampoco se olvidan en Europa. Mientras, en Alemania, la canciller Ángela Merkel tiene todavía muy presente el feo que le hizo Zapatero el día de la victoria electoral de su partido, la CDU, al felicitar a su rival, el ya ex canciller Gerhard Schröeder, por sus resultados, un malestar agravado ahora por todas las actuaciones que está llevando a cabo el Gobierno para tratar de impedir que E.On se quede con Endesa, algo que no se hubiera planteado de no haberse empeñado el Ejecutivo en regalar la eléctrica al tripartito catalán a través de la OPA de Gas Natural sobre la compañía.

Estadounidenses y alemanes hoy tienen una queja común, e importante, frente al Gobierno español: la discriminación que sufren sus empresas en nuestro país. Zapatero apuesta por empresas españolas sin pararse a pensar que cuando las reglas del juego no son justas, los demás se molestan y te aplican el mismo tratamiento. Estados Unidos reivindica la creciente apertura de sus mercados a las compañías con pasaporte español y protesta porque, aquí, las firmas norteamericanas no pueden competir en igualdad de condiciones con las patrias. Eso mismo sienten los alemanes en relación con E.On, que están planteándose hasta qué punto les conviene que sus empresas sigan en nuestro país cuando sus principales intereses se concentran en los países del Este de Europa, los nuevos miembros de la Unión Europea, donde es sensiblemente más barato producir que en España. En esas circunstancias, ¿durante cuánto tiempo va a permanecer Volkswagen, por poner un solo ejemplo, con sus instalaciones abiertas en España cuando no oculta su deseo de trasladar la fabricación de automóviles al Este, donde los costes son menores y la marca puede ser mucho más competitiva en los mercados mundiales?

Vivimos unos años en los que la caída de la inversión extranjera en España es una realidad que debería empezar a preocuparnos por varios motivos de peso. La inversión extranjera ha traído a España un desarrollo tecnológico que nosotros, por nosotros mismos, habríamos tardado décadas en conseguir. En España se registran muy pocas patentes respecto a los parámetros europeos y, no digamos ya, estadounidenses; el número de científicos en nuestro país es sensiblemente inferior al de otras naciones avanzadas, lo mismo que la inversión de las empresas en investigación y desarrollo. Sin la ayuda de la multinacionales, ¿de dónde va a proceder ese desarrollo tecnológico, esa sociedad del conocimiento, que se está convirtiendo en vital para la economía post industrial del siglo XXI?

Tampoco hay que olvidar que las multinacionales han traído a España procesos de gestión modernos y avanzados que han aprendido los ejecutivos españoles y han trasladado a nuestras empresas. La gran internacionalización de la empresa española que se ha producido en los últimos veinte años ha tenido lugar gracias a que nuestro país correspondía con su apertura al capital exterior y a que Estados Unidos dio el visto bueno a la penetración de la banca y las empresas españolas en Latinoamérica y en el propio EE.UU., los pilares básicos de su internacionalización. Y, si hablamos en términos de empleo, el generado en nuestro país directa o indirectamente por las multinacionales es uno de los elementos básicos para explicar que nuestra tasa de paro esté por debajo del 10%. Las multinacionales, por tanto, son y siguen siendo necesarias para que España se mantenga en la vanguardia de la economía mundial.

En este sentido, el Gobierno debería hacer un ejercicio profundo de reflexión acerca de esta cuestión. Las reglas del juego en la economía global hablan de reciprocidad entre países. Si uno de ellos, en este caso España, la quiebra, entonces los demás se encuentran legitimados para romper la baraja. Es lo que le han advertido a Zapatero los embajadores de Estados Unidos y Alemania. Por ello, el Ejecutivo debería dar un giro radical tanto a su política exterior hacia estos países como hacia la política que viene aplicando a las empresas de ambas naciones, porque por la senda por la que estamos transitando actualmente, los socialistas van a acabar por llevarnos al Tercer Mundo.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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