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Emilio J. González

Perversión institucional

A raíz de toda esta situación, las críticas sobre el capitalismo, la economía de mercado y el liberalismo no se han hecho esperar. Sin embargo, cuando se deja funcionar al mercado, sin perversiones institucionales, las cosas se resuelven.

Emilio J. González
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Los contactos de Morgan Stanley para fusionarse con Wachovia, la compra de Merrill Lynch por parte de Bank of America, la adquisición del británico HBOS por parte del británico Lloyds o, incluso, la mismísima quiebra de Lehman Brothers, ponen de manifiesto que lo mejor para solventar la presente crisis financiera internacional es dejar que sea el propio mercado el que tome las riendas de la situación, en vez de proceder a intervenciones tan escandalosas como las que ha llevado a cabo la Administración Bush en las hipotecarias Fannie Mae y Freddie Mac y en la aseguradora AIG. Porque lo que está ocurriendo en estos momentos en las finanzas internacionales no es más que la consecuencia de las situaciones de riesgo moral –inversiones muy arriesgadas que nunca se llevarían a cabo si no hubiera red de seguridad en caso de fracaso– a que da lugar, en última instancia, el intervencionismo del Gobierno como garante último ante el desastre.

Hay mucho de eso entre las razones de que hoy suceda lo que sucede en los mercados, con instituciones cuya función ha acabado pervertida. Ahora que Estados Unidos está en campaña para las elecciones presidenciales de noviembre, sus dirigentes deberían realizar un profundo ejercicio de reflexión sobre los cambios que tienen que realizar. Porque lo que subyace de fondo no es, ni más ni menos, que un problema de instituciones económicas.

En la década de los 10 del pasado siglo, decía el entonces presidente de EEUU Woodrow Wilson que el negocio de Estados Unidos es hacer negocio. Esta filosofía sin duda ha permitido que la norteamericana no solo sea la mayor economía del mundo, sino también la más avanzada e innovadora. Pero como el mundo no es perfecto, siempre hay quien comete desmanes, como muchos bancos norteamericanos han hecho en los últimos años, que requieren una respuesta institucional. Hay quien, en este sentido, aboga por reforzar el sistema de supervisión, siguiendo modelos europeos como, por ejemplo, el del Banco de España. Sin embargo, y aunque pudiera ser necesario dicho refuerzo, semejante visión no hace sino ocultar que, al final, aquí lo que ha fallado es el funcionamiento institucional, pero no por falta de supervisión, sino por las situaciones de riesgo moral a que ha dado lugar, sobre todo, dos de los grandes actores públicos de este drama: la Reserva Federal y Fannie Mae.

La Reserva Federal fue creada en 1913, con una finalidad que entonces se veía necesaria para el desarrollo de una economía moderna: la de proporcionar liquidez a los bancos en momentos de dificultades, pero bajo ciertas condiciones. Su instauración fue fruto de la petición de la propia banca de contar con un prestamista último en caso de falta de liquidez en los mercados, siguiendo el modelo del Banco de Inglaterra. El sector realizó la petición después de constatar que la crisis bancaria de 1907 estuvo a punto de hacer saltar por los aíres al sistema financiero estadounidense. Todo comenzó con una escasez de liquidez derivada del patrón oro, ya que la economía mundial crecía a mayor ritmo que el abastecimiento del preciado metal, provocando una grave escasez de dinero. En ese contexto, sólo hacía falta que saltara una chispa para que ardiera todo y así sucedió en Nueva York, con un banco, el Merchantile Bank, cuyas prácticas fraudulentas y sus conexiones con otras entidades crediticias hicieron que su crisis se extendiera como un reguero de pólvora por todo el sistema. La crisis se superó gracias al liderazgo que ejerció John Pierpont Morgan, convocando a un grupo de banqueros y al secretario del Tesoro para que, entre todos, crearan un fondo con el que dotar de liquidez a aquellas entidades que pudieran tener salvación y dejar caer a las demás. Así se hizo y la crisis, al final, se solventó.

De esta experiencia, tanto la banca norteamericana como la Administración sacaron la conclusión de que era necesario contar con un prestamista último para afrontar crisis de liquidez con dinero, por cierto, aportado por los propios bancos. Así se creó la Reserva Federal, 127 años después de que naciera Estados Unidos y de los intentos de su primer secretario del Tesoro, Alexander Hamilton por dotar al país, en 1791, de un banco central, el Banco de los Estados Unidos, cuyo proyecto se había inspirado en el Banco de San Carlos –luego transformado en el Banco de San Fernando y, después, en el actual Banco de España–. Sin embargo, la presión de los estados ante el temor de que el banco central les arrebatara el monopolio de emisión de dinero acabó en pocos años con su existencia y con la idea de contar en el país con una institución semejante. Con la Reserva Federal, al final, Estados Unidos se dotó de una entidad necesaria para una economía que se industrializaba y modernizaba a marchas forzadas.

Su misión inicial era proporcionar liquidez en casos de escasez de dinero, pero fue pervertida poco después, durante el New Deal, cuando Franklin D. Roosevelt impuso a la FED la obligación de intervenir para solventar las dificultades de los bancos. De esa obligación surgieron las intervenciones como consecuencia de la crisis del peso (1995), de la crisis asiática (1997), de la crisis rusa (1998), del efecto 2000, del estallido de la burbuja de las puntocom, de los atentados del 11-S y de las guerras de Afganistán e Irak. Intervenciones que iban más allá de proporcionar liquidez en tiempos de escasez para convertirse en verdaderos salvavidas –no sólo mediante préstamos, sino también con innecesarias bajadas de tipos de interés– de entidades que lo habían arriesgado todo pero no querían perderlo. Al actuar de esa forma, la Reserva Federal ha dado lugar a la presente situación de riesgo moral, que ha degenerado en lo que puede llegar a ser una de las crisis financieras internacionales más graves de la historia. Si la FED se hubiera limitado a ejercer su función original, probablemente esto no hubiera ocurrido.

La otra institución a analizar es Fannie Mae, otro hijo putativo del New Deal de Roosevelt. Fundada en 1938 para proveer de liquidez al mercado hipotecario, en lugar de hacerla desaparecer cuando se superó la Gran Depresión, continuó con su existencia hasta convertirse en un factor de generación autónoma de liquidez. Con los bajos tipos de interés estadounidenses de los últimos años, los bancos se lanzaron a conceder créditos en masa. Esos préstamos se llevaban después a Fannie Mae, que los absorbía y proporcionaba a los bancos más dinero, así una y otra vez, hasta dar lugar tanto a la burbuja inmobiliaria allí –¡qué gran paralelismo con lo ocurrido en España con nuestras instituciones crediticias y el Banco Central Europeo!– como a conceder créditos con tal de darlos sin comprobar la solvencia de aquellos a quienes se les concedían. Eso son, en definitiva, las hipotecas subprime o de alto riesgo, las desencadenantes de la actual crisis, que no se hubiera producido de no haber existido semejante perversión institucional.

Los bancos, por supuesto, también tienen su ración. En su afán por hacer negocios, muchas entidades han superado los límites de lo tolerable, entre otras razones alentadas por el hecho de que, en caso de problemas, pensaban que la FED y la Administración les ayudarían a salir de ellos, como han hecho en tantas ocasiones a lo largo de los últimos quince años. Además de las subprime, se embarcaron en el juego más peligroso de todos, el de los derivados, que es una suerte de ruleta rusa pero con dinero. Warren Buffett viene advirtiendo desde hace años que los derivados son una bomba de relojería sobre el sistema financiero. La experiencia del Barings Bank, la entidad británica que saltó por los aires en 1995 debido a las inversiones arriesgadas en derivados de uno de sus brokers, Nick Leeson; o la del Long Term Credit Management, el fondo de inversión de alto riesgo gestionado, entre otros, por los Nobel de Economía Rober Miller y Myron Scholes, cuya crisis en 1998 estuvo a punto de hacer estallar a todo el sistema financiero estadounidense, deberían haber servido de lección a todos.

Sin embargo, como al final la FED y el Tesoro están ahí para acudir al rescate, como hicieron en 1998 con el LTCM, la banca norteamericana no ha tenido en cuenta esos riesgos y se ha dedicado a usar y abusar de la ingeniería financiera para construir verdaderos castillos de naipes detrás de los cuales no había nada que los respaldara, ni activos ni provisiones. Ahora que se ha producido la deflagración que vaticinaba Buffett, estamos con la que estamos con los bancos sin que nadie hubiera advertido de los peligros que se corrían, ni siquiera las agencias de rating quienes, una vez más –¿cuántas van ya?–, no han vuelto a enterarse de nada. Y todo por un deficiente funcionamiento institucional, que ha transformado el legítimo deseo de ganar dinero en una malsana ambición que ha traspasado todos los límites.

Como es lógico, a raíz de toda esta situación, las críticas sobre el capitalismo, la economía de mercado y el liberalismo no se han hecho esperar. Sin embargo, como vemos estos días, cuando se deja funcionar al mercado, sin perversiones institucionales, las cosas se resuelven. Las negociaciones entre Morgan Stanley y Wachovia, la compra de Merrill Lynch por Bank of America o la de HBOS por Lloyds así lo demuestran. El problema, por tanto, no es de mercado, sino de instituciones. Eso es lo que hay que empezar por arreglar. Luego ya se verá si realmente hay que reforzar o no la supervisión.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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