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Emilio J. González

Un Bad Godesberg para IG Metall

Emilio J. González
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En 1974, en la localidad alemana de Bad Godesberg, el Partido Socialdemócrata Alemán, entonces liderado por Willy Brandt, dio un giro radical a su estrategia política para abandonar cualquier trazo de marxismo y abrazar la socialdemocracia tan al uso en los países escandinavos. Ese movimiento táctico de modernización ideológica le abrió las puertas a un largo periodo en el Gobierno y permitió a Alemania adoptar las medidas económicas necesarias para superar la primera crisis del petróleo y seguir siendo una de las tres locomotoras del crecimiento mundial. Hoy, el todopoderoso sindicato germano IG Metall, el mayor de Europa, necesita su propio Bad Godesberg, por él mismo, por su país y por el resto de la Unión Europea, a quienes nos afecta de manera especial lo que ocurra en el epicentro económico de la UE.

IG Metall vive días convulsos. Su presidente, Klaus Zwickel, acaba de presentar la dimisión de un cargo que debería ocupar hasta el 31 de agosto, fecha en la que debería pasar el testigo a su sucesor, Jürgen Peters. Sin embargo, Zwickel ha optado por marcharse antes de lo previsto como consecuencia de las discrepancias abiertas mantenidas con la dirección que tomará el relevo, encarnadas en la disputa sobre la semana de 35 horas en Alemania del Este como reflejo de un debate con un calado mucho más profundo: modernizar el sindicato o mantenerlo anclado en los mismos postulados del pasado. Zwickel encabeza la opción reformista porque, en un ejercicio notable de sentido común, entiende que el futuro del sindicato y de la propia economía alemana, enfrentada a la realidad de la globalización, pasa necesariamente por un giro copernicano en su estrategia para poner especial énfasis en el mantenimiento y posterior aumento de los puestos de trabajo. Peters, por el contrario, es el máximo representante del sector inmovilista y quiere mantener al sindicato dentro de la más rancia ortodoxia, que postula la lucha por mejoras salariales haciendo abstracción de otras cosas mucho más importantes como la preservación del empleo o las oportunidades de los parados y los jóvenes de acceder a un puesto de trabajo.

Esta pugna tiene lugar en un momento decisivo para Alemania, el gran enfermo económico de la UE debido a que no ha llevado a cabo las reformas estructurales necesarias en su aparato productivo y su sistema de protección social, lo que se ha traducido en una recesión y una debilidad endémica para recuperar y mantener una tasa de crecimiento digna. El canciller alemán Gerhard Schröder, consciente de esta realidad, quiere acometer todo un programa de medidas, en algunos casos de especial dureza, que abarca desde la bajada de impuestos a la reducción y reforma de la prestación por desempleo, pasando por el recorte del gasto público en sanidad. El país necesita este tipo de políticas y sindicatos que las respalden, como ocurrió en la España de 1997 cuando el PP logró el respaldo de UGT y, sobre todo, Comisiones Obreras, al plan de reformas que permitió a nuestro país ser, contra pronóstico, socio fundador del euro. El problema es que la nueva dirección de IG Metall no parece estar por la labor, tal y como ha quedado de manifiesto con la huelga convocada, y saldada con un fracaso, en los länder del Este para reclamar la igualación de las condiciones de trabajo en el sector del metal con los del Oeste, sin tener en cuenta las enormes diferencias de productividad entre ambas partes del país y que se ponen en juego la mayor parte de las inversiones realizadas en los últimos años en la antigua RDA y la supervivencia de un buen número de empresas instaladas allí. Y todo esto ocurre en pleno ímpetu reformista de Schröder.

IG Metall puede crear muchas dificultades al canciller federal y a la propia economía alemana si no se suma al proceso reformista. Y las consecuencias las pagarán primero los propios alemanes y, luego, el resto de Estados miembros de la UE: si Alemania no crece, el resto pierde pulso; si los tipos del bono alemán suben por las necesidades de financiación del creciente déficit público germano, los de los demás miembros del euro también se incrementan. Por ello, es preciso cambiar el rumbo de los acontecimientos en el epicentro de la UE. IG Metall puede contribuir a ello o, por el contrario, poner importantes trabas. De momento, parece decantarse por lo segundo, en un exceso notable de falta de visión de futuro en un sindicato que, en el pasado, fue uno de los principales adalides en Europa de la modernización de las centrales y del paso del sindicalismo reivindicativo al de servicios. Pero eso empieza a quedar en el olvido y, de seguir así las cosas, acabará pasando factura, incluso, al propio IG Metall que necesita, a todas luces, su propio Bad Godesberg.


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