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Un balance insatisfactorio

Rajoy no puede sentirse satisfecho ni puede pedir comprensión a los españoles.

Emilio J. González
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Mariano Rajoy ha hecho balance de su primer año al frente del Gobierno, balance que podríamos resumir en dos frases: "La culpa es de la herencia recibida" y "Hemos hecho todo lo que hemos podido y era necesario". Con lo primero podemos estar más o menos de acuerdo; con lo segundo, no.

Es verdad que cuando el PP llegó al poder se encontró con una situación catastrófica. Las cuentas públicas de ZP eran más falsas y tenían más trampas que una película de chinos, Zapatero había vaciado por completo la caja y había dejado al nuevo Ejecutivo sin ingresos para la primera mitad de este año, y la estructura de vencimientos de la deuda suponía una bomba de relojería que podía estallar en cualquier momento en forma de crisis de deuda soberana y necesidad de rescate por parte de la Unión Europea. Y todo ello sin hablar de los cinco millones de parados y de la devastación en el sistema financiero que dejó tras de sí el zapaterismo. Desde luego, la situación no era fácil, y el Gobierno de Rajoy no tuvo más remedio que tomar medidas de emergencia para evitar la suspensión de pagos del país, lo cual hubiera sido una catástrofe completa. El problema es que si, en este contexto, estaba justificada una subida de impuestos, el objetivo tendría que haber sido el IVA y no el IRPF, como hizo Montoro, y además a lo progresivo, para atraerse las simpatías de la izquierda. Pero, sobre todo, si tan mal estaban las cosas desde el punto de vista fiscal, lo suyo hubiera sido aprobar de forma inmediata un presupuesto muy restrictivo para este año y acometer cuanto antes la reforma del sector público. Sin embargo, el presupuesto se hizo esperar tres meses, a causa de las autonómicas andaluzas, y la reforma del sector público, sobre todo en el ámbito empresarial, dormita en una comisión y no se ha vuelto a saber nada de ella.

De la misma forma, el Gobierno habló de reformas estructurales para sentar las bases de la recuperación económica y la creación de empleo y aprobó una fundamental y muy valiente, la del mercado de trabajo. Pero dicha reforma se aprobó tras las presiones de la UE para que se empezara a hacer algo de una vez por todas. De las demás reformas que necesita la economía española, nada de nada; y, lo que es peor aún, en lugar de ponerse a ello, Rajoy se ha dedicado a echar a la Unión un pulso por aquello de que España es un país demasiado grande para que los demás lo dejen quebrar. Porque lo cierto es que de reformas se ha hablado, pero no se ha aprobado ninguna después de la laboral.

Por tanto, Rajoy no puede sentirse satisfecho ni puede pedir comprensión a los españoles. No puede sentirse satisfecho porque no ha hecho, ni de lejos, todo lo que podía y debía hacer; y no puede pedir compresión porque es imposible justificar la subida de impuestos, el recorte en las pensiones y la prestación por desempleo y los repagos sanitarios mientras no se pone fin a ese cachondeo y ese monumental despilfarro que es el Estado de las Autonomías, y mientras se destinan los dineros públicos a tapar ese escándalo político-sindical que es la quiebra de la mayor parte de las cajas de ahorros.

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