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ORIENTE MEDIO

Arabia Saudí, modernización o yihad

El jeque Abdul Rahmán al Barrak es un tipo sulfuroso: ha pedido hace pocos días que se dé muerte a dos escritores "apóstatas" que expusieron en el periódico Al Riyad esta opinión: es injusto que el islam suní menosprecie como infieles a los creyentes de otras religiones. Lo malo para esos dos caballeros es que Al Barrak es el clérigo más respetado de Arabia Saudí. También es drogadicto: su droga es el petróleo.

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Los clérigos saudíes (decenas de miles) son una formidable fuerza política, unida en simbiosis a diversos clanes de la Casa de Saúd, la despótica aristocracia descendiente, por ramas troncales y laterales, del fundador del reino, Abdelaziz al Saúd. (Se calcula que son más de 30.000 los miembros de la misma). Es ésta una alianza non sancta: la Casa de Saúd detenta el monopolio del poder estatal, y sus príncipes controlan las riquezas del país, que supusieron en 2007, y sólo por ingresos petrolíferos, unos 170.000 millones de dólares (y subiendo: ahora, 800 millones al día).
 
Pero disipemos la idea de que Arabia Saudí es una satrapía oriental. Se trata de un país y de una sociedad mucho más complejos, y hay algunos factores de modernización en marcha que pueden llevar a la Casa de Saúd a una crisis fatal.
 
Entre los factores de modernización tenemos, por ejemplo, la rápida urbanización (al menos un 85% de la población vive en ciudades) y las cinco megaciudades del país (la capital, Riad, tiene 3,5 millones de habitantes). Esto favorece la expansión de la clase media. Por lo que hace a la educación, alcanza a seis o siete millones de personas, y los estudios superiores a más de 400.000. Asimismo, cabe destacar que Arabia Saudí pertenece desde 2005 a la Organización Mundial del Comercio, y que a la economía del petróleo se han unido el turismo, las finanzas y la industria. Por otro lado, el presente plan de desarrollo favorece las infraestructuras que unifican el inmenso territorio, existe un sistema básico de salud universal y las fundaciones caritativas ayudan a paliar la pobreza.
 
Estos aspectos positivos tienen su reverso: las masas urbanas carecen de poder político y de representación: la asamblea nacional instituida por el monarca reinante, Abdulá, es sólo consultiva; las expectativas de mejora económica y social de las clases medias se ven obstruidas por los privilegios de la gigantesca familia real en la administración, la justicia, los negocios y la corrupción reglamentada; el aumento de población hace que, a pesar del crecimiento económico, la renta per cápita disminuya: unos 7.000 dólares hoy día...
 
Más puntos negros: la educación juvenil se encomendó en su día a retrógrados maestros egipcios de la Hermandad Musulmana; la mayoría de los universitarios se gradúa en estudios religiosos y cultura islámica; las ciencias y las tecnologías son cosa de una minoría exigua, lo que imposibilita el acceso de los saudíes a los puestos de trabajo y a la gerencia de su propia industria petrolífera; el ataque a las Torres Gemelas de 2001 redujo a unos pocos miles el flujo, hasta entonces importante, de estudiantes hacia las universidades extranjeras; las estimaciones del paro van desde el 10 al 30% de la población laboral; las demandas sociales crecerán exponencialmente en los próximos años: el 50% de la población tiene menos de 15 años...
 
Las condiciones en la esfera política son igual de contradictorias. El Rey es visto en Occidente, y también en el interior, como un moderado con modestas intenciones reformistas. Abdulá se ha dejado asistir por una capa de funcionarios competentes que aseguran cierta eficiencia administrativa y refrenan un poco la codicia de los de sangre real. Su moderación es más notoria en política internacional, donde se le ve dispuesto a apagar fuegos entre sus incendiarios vecinos: Hamás y Al Fatah, Hezbolá y el primer ministro sirio, Siniora, Irán y los Estados menores del Golfo Pérsico. Además, apoya animosamente el proceso de paz entre Israel y Palestina.
 
También ha dado signos de reconciliación con la minoría chií, siempre tratada como si sus miembros fueran leprosos. Abdulá ha creado un registro de las fetuas admisibles en el sistema legal, tratando así de contener la lluvia de decretos sectarios de los clérigos extremistas, aliados a ramas rivales de la Casa de Saúd. Si la escuela wahabí, a la que pertenece el Rey, nos parece retrógrada, imaginemos lo que representa la escuela sahwa, de clérigos jóvenes desafectos que consideran a los monarcas saudíes unos falsos califas.
 
Abdulá.¿Qué se puede esperar, pues, de Arabia Saudí en los próximos años? Desde luego, una crisis sucesoria: Abdulá tiene 84 años, y sus potenciales sucesores son mayores de 70. Y no tienen fama de reformistas. El choque de una clase media frustrada con la clase dominante, y de los sectores educados con los clérigos integristas, será inevitable. Hay clérigos wahabíes que piden en la radio la eliminación de los chiíes del reino, la mayoría de los cuales vive en las principales zonas petrolíferas. Aunque hasta ahora éstos han soportado sumisamente su opresión, un Irán triunfante a pocos kilómetros les puede llamar a su liberación en cualquier momento.
 
Puede que las Fuerzas Armadas, cuyas filas se nutren de soldados procedentes de las regiones menos favorecidas, tengan algo que decir: en 2007 hubo una intentona militar, que las autoridades ocultaron bajo el marbete de "terrorismo".
 
En lo que a los países occidentales concierne, hay que tomar buena nota de este hecho: Arabia Saudí no desempeñará mucho tiempo más el papel de moderador de los precios del petróleo, como hacía cuando, a petición de Washington, aumentaba su producción. La Casa de Saúd lograba los consensos repartiendo rentas. Esto funcionó con una población poco numerosa, pero es dudoso que dé para una población de 22 millones y crecientemente alejada de los pechos del poder; y mucho menos para la población prevista en 2015, de 33 millones de habitantes. Hay, además, limitaciones técnicas y financieras que dificultan la expansión de la producción saudí de petróleo al ritmo de la demanda.
 
La fulminación lanzada por Al Barrak contra los escritores arriba mencionados parece la proclama que un jefe de facción dirige a los suyos para que se apresten a combatir en una yihad sangrienta. Y quizá la fortaleza de la Casa de Saúd sea hoy sólo un mito.
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