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CIENCIA

El códice y la galaxia

Al ladrón que ande manoseando el Códice Calixtino, recientemente sustraído de la catedral de Santiago, le recomiendo que acuda al capítulo I del libro IV de ese apreciado documento. Allí podrá leer una de las primeras referencias escritas en nuestra tierra al fenómeno astronómico que más nos identifica: la Vía Láctea.

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En el referido párrafo se recoge el rapto místico de Carlomagno cuando

vio en el cielo un camino de estrellas que empezaba en el mar de Frisia y, extendiéndose entre Alemania e Italia y entre la Galia y Aquitania, pasaba directamente por Gascuña, Vasconia, Navarra y España hasta Galicia, en donde entonces se ocultaba, desconocido, el cuerpo de Santiago. Y como Carlomagno lo mirase algunas veces cada noche, comenzó a pensar con gran frecuencia qué significaría.

La leyenda relata que el propio apóstol Santiago hubo de aparecerse a Carlomagno para explicarle el significado de aquel camino:

Has de ir hasta Galicia con un gran ejército para combatir a las pérfidas gentes paganas y para liberar mi camino y mi tierra y a visitar mi basílica y mi sarcófago.

Tal llamada a la peregrinación tuvo sin duda que haber sucedido en una noche despejada de verano, en las últimas horas previas al alba, cuando es fácil observar (a menos que la Luna lo emborrone) el trazo lechoso de estrellas que rasga el cielo de este a oeste. Afortunadamente para las huestes cristianas, Carlomagno debía de contar con otros métodos para orientarse, aparte de la mera observación del cielo.

Hoy sabemos que seguir la Vía Láctea no es el mejor modo de encaminarse a Santiago, dado que su posición aparente cambia a lo largo de la noche y es distinta según el día del año en que se la observe. Literalmente, puede apuntar hacia cualquier lado.

Pero el malogrado Códice reflejó ya en siglo XII la fascinación que los humanos hemos sentido por el camino luminoso del cielo desde tiempos inmemoriales. Para los bosquimanos del Kalahari, la Vía Láctea es una suerte de columna vertebral, el espinazo que sostiene la noche y evita que la bóveda del cielo oscuro caiga sobre nuestras cabezas. A los antiguos egipcios se les antojaba la imagen del Nilo, que, según ellos, continuaba fluyendo en el cielo. Algunas leyendas populares chinas identifican la fila de estrellas con un río para el vagar de las almas de los muertos, y en la América precolombina los incas pensaban que se trataba de una corriente de agua que transportaba al cielo el líquido elemento que luego se convertiría en lluvia.

Tuvo que apuntar Galileo su inquisitivo telescopio una vez más para descubrir al mundo que el arañazo blanco del cielo nocturno, cuyo nombre se lo debemos a la leche nutricia que Hera derramó de su pecho, negándosela al Hércules repudiado, no es más que un conglomerado de estrellas. Tampoco menos. Pues se trata de la visión del plato formado por nuestro Sol y otros 100.000 millones de estrellas cuando se observa desde dentro, es decir, desde la Tierra. El camino que turbó el sueño de Carlomagno es, en realidad, el efecto óptico de ver el borde de nuestra propia galaxia plagado de astros. El disco achatado de la Vía Láctea mide unos 100.000 años luz de diámetro, y sin embargo nos parece poder tocarlo con las manos cuando la noche del estío nos regala su contemplación. Más allá de su borde, habría que recorrer 80.000 años luz más para toparse con otra galaxia. En términos astronómicos, eso es un suspiro. Las galaxias están muy cerca unas de otras, tan cerca que en ocasiones incluso pueden colisionar.

Si tiene la suerte de caminar hacia Santiago este verano y encontrarse una sin luna y lejos de las luces de la ciudad, le recomiendo que se tumbe mirando al cielo y busque la mancha de leche inconfundible. Contémplela y piense:

Eso que veo es la acumulación de unos cuantos millones de estrellas en una zona más densa de la galaxia en la que habito. En ella, el Sol es sólo un de los 100.000 millones de astros que contiene. Si extiendo la mano y tapo un trozo de cielo con el dedo gordo, en ese espacio podrían encontrarse decenas de miles de galaxias como la Vía Láctea. En toda la superficie de cielo que alcanzan a observar mis ojos, habrá más de 80.000 millones de galaxias, cada una con diámetros de cientos de miles de años luz, cada una albergando cientos de millones de soles como el que me calentará mañana en el camino.

En la inasible inmensidad de este universo, hubo un ser diminuto que hace nueve siglos se encargó de iluminar la primera guía de peregrinos a Santiago con sus cinco libros y sus dos apéndices y sus 225 folios de pergamino escritos a dos caras. Esta semana, un ser más diminuto aún se ha encargado de robarla.

 

http://twitter.com/joralcalde

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