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Florentino Portero

A la desesperada

Rubalcaba acumula poder y, sobre todo, sabe que Zapatero no estará en condiciones de cesarle en caso de diferencias de criterio. Hundido política y psicológicamente el presidente trata de salvar los muebles.

Florentino Portero
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El 7 de mayo de 2010 mercados y organismos internacionales pusieron en duda la solvencia financiera de España. Fue el fin del proyecto político de José Luis Rodríguez Zapatero, un político mediocre y sin escrúpulos que no tuvo ningún reparo en negar la existencia de la crisis económica y que lanzó a España a una política de gasto absurdo en la injustificada idea de que los malos tiempos serían pasajeros y que las grandes potencias europeas actuarían como locomotoras de la recuperación sacando a España adelante. 

Es verdad que en un país como España alguien como Rodríguez Zapatero puede llegar a la Moncloa. Si se está dispuesto a manipular un atentado terrorista como el del 11-M, si se dice a la gente lo que quiere oír, si se promete lo que no se puede cumplir... se puede lograr la confianza de una sociedad que no valora la excelencia, a la que no le importa que le mientan y que no se preocupa por que le roben si todo se desarrolla dentro de unas coordenadas y un cierto orden. Naturalmente la oposición cuenta. Tener como contrincante a Mariano Rajoy y como alternativa al Partido Popular ayuda y de qué manera. 

El presidente se quedó sin guión y el tiempo transcurrido ha venido a demostrar que no ha sido capaz de pergeñar otro alternativo. El Partido Socialista no tiene en estos momentos un programa con el que ilusionar a la sociedad española para afrontar con optimismo las próximas décadas. Sólo cuenta con su voluntad para aferrarse al poder e impedir que la oposición se acerque a él. La formación de un nuevo Gobierno ha dejado bien a las claras cuál es el estado de ánimo del presidente y cuáles son sus objetivos. 

El ascenso de Pérez Rubalcaba a la vicepresidencia primera sólo es comparable al cargo de valido en los días de los Austrias menores. Con su ascenso el presidente pierde el pulso de la gestión gubernamental. Rubalcaba lo controlará todo. El área económica está dirigido por una mujer que lleva décadas a su lado y con quien comparte años de amistad personal y política. Elena Salgado le debe mucho y sabe que sólo en él puede confiar, ante la manifiesta incompetencia del presidente. Retiene el Ministerio del Interior, lo que le permitirá controlar el proceso negociador con ETA, una baza electoral clave, y la persecución, por medios policiales y judiciales, de dirigentes de la oposición. Coloca a Ramón Jáuregui en Presidencia, un hombre que no ha ocultado sus críticas a la gestión política de Zapatero, para apoyar la negociación con ETA y coordinarse con el grupo parlamentario. Rubalcaba acumula poder y, sobre todo, sabe que Zapatero no estará en condiciones de cesarle en caso de diferencias de criterio. Hundido política y psicológicamente el presidente trata de salvar los muebles y hoy Rubalcaba es quien reúne mejores condiciones para calmar las aguas en el Partido y lograr los mejores resultados posibles.

En el PSOE no hay tensiones ideológicas significativas. El programa que ha seguido Zapatero goza de un apoyo generalizado entre cuadros y dirigentes, de ahí que, en tiempos de vacas gordas, se sintieran tan identificados con él. Las críticas llegan por la forma frívola e incoherente de hacer política, no por la política aplicada. El ascenso de Rubalcaba es el resultado de una negociación, posiblemente virtual, entre Rodríguez Zapatero y los notables del Partido, que se inquietan según se acercan al precipicio de las elecciones autonómicas y locales. Los sondeos son tan malos que seguro que se pueden reducir diferencias. En cuanto a las generales del 2012 no es lo mismo llegar tras un desastre que tras una derrota el 22 de mayo de 2011. Si se evita lo primero queda todavía mucho juego. El Partido Popular, en un formidable ejemplo de ignorancia política, ha desperdiciado el tiempo para ilusionar a los ciudadanos, para convencerles de que hay otra forma de hacer política, de que el problema no está en este o ese dirigente socialista sino en su ideología y programa. Limitarse a esperar la descomposición del Gobierno puede requerir no dos sino tres legislaturas. Por otra parte, una victoria por la mínima podría resultar un infierno para los populares.

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