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Egipto: pecado y penitencia

Pocas veces se puede observar más nítidamente un proceso revolucionario de destrucción de cualquier posible democracia que en el Egipto actual.

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Pocas veces se puede observar más nítidamente un proceso revolucionario de destrucción de cualquier posible democracia que en el Egipto de las últimas semanas.

Los islamistas egipcios, que engordaron durante semanas las protestas en la Plaza de Tahrir tras la oración del viernes, ocupan ahora la poltrona de Mubarak y atacan a los opositores en la calle con igual o más furia que aquél. Al poco de hacerse con las riendas, el llamado islamismo moderado" ha iniciado un proceso de acumulación de poder que sólo con mucha ingenuidad puede verse como algo compatible con un régimen democrático.

El viejo dicho "Un hombre, un voto, una sola vez" parece materializarse en la conducta de Morsi y sus Hermanos Musulmanes en las últimas semanas. Su llegada democrática al poder ha dado paso, en tiempo récord, a unas maniobras de concentración del poder que en los últimos tiempos la comunidad internacional no había permitido, ni a Mubarak ni al Ejército. Ahora sí lo hace. Y eso que las consecuencias serán de una trascendencia mucho mayor.

Si Egipto se convirtiera en un régimen islamista sería un cataclismo estratégico para la región, para el mundo musulmán y para el mundo entero. Pues está pasando, a la vista de todos. Y sin embargo los desvelos de los Gobiernos europeos respecto al mundo árabe tienen que ver con los asentamientos en Jerusalén Este. Se dirá que son cosas que no tienen mucho que ver, pero lo cierto es que mientras las críticas a Israel son fáciles y obligan a poco, afrontar el problema egipcio exige claridad de ideas y un curso de acción decidido. Justo aquello que falta en la actitud occidental ante la primavera árabe.

Al mismo tiempo, tras dar a Morsi el papel central en la gestión de la crisis de Gaza, ni Obama ni Hillary Clinton se han interesado en unas maniobras que sí recibieron su atención cuando no eran los islamistas los que las ejecutaban. Celebrar el papel de Morsi en la "solución" a la crisis de Gaza y obviar el peligro futuro de sus maniobras es algo que pasará factura a los Estados Unidos.

Aquí ya advertimos que la primavera egipcia no era ni el fin del despotismo en la región ni el comienzo de la democracia. Ni el final de proceso alguno: era el comienzo de una nueva lucha por el poder en el país de los faraones, en la que podían vencer grupos más dañinos y peligrosos que los que habían ostentado el poder durante décadas.

El partido lleva jugándose desde entonces. Pero Europa y Estados Unidos han renunciado a jugarlo. Primero renunciaron a identificar a los suyos en el turbulento proceso, dejando a los pocos moderados del país sin reconocimiento ni ayuda externa. Después renunciaron a frenar los instintos liberticidas de los Hermanos Musulmanes y se engañaron a sí mismos afirmando que serían moderados, sólo porque su sutileza es mayor que la de los yihadistas o los talibanes. Ahora, Morsi y los suyos, con pocas ataduras y con el Ejército inerte, pasan a la ofensiva contra los primeros.

Así las cosas, Egipto está en trance de dejar de ser un régimen despótico pero aliado para convertirse en un régimen aun más despótico y quizás enemigo. Lo hace abiertamente, y con el beneplácito de europeos y americanos. En este pecado llevará la penitencia.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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