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La cuestión militar

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En los últimos meses es posible observar un cierto distanciamiento en las relaciones entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas. El desgraciado accidente aéreo de Turquía ha hecho aflorar un sentimiento más profundo de descontento en lo que algunos denominan como “familia militar”. Pero más allá del comprensible dolor de los familiares, determinadas actitudes de algunos mandos han dejado también un poso amargo en el Gobierno.

La “cuestión militar”, el sometimiento pleno de las Fuerzas Armadas al poder democrático, fue una de las asignaturas felizmente superadas en la Transición española. Así, la Constitución consagró el principio de la supremacía del poder político sobre la Administración Militar y hoy podemos afirmar con rotundidad que no hay la más leve tentación en nuestros militares de intervención política, ni existe la más mínima demanda en la sociedad española para que lo hagan.

Pero la impresión es que una vez que los ejércitos han dejado de ser un problema político, han dejado al mismo tiempo de ser una institución relevante. Las operaciones de paz de la última década nos han recordado de vez en cuando que las Fuerzas Armadas españolas existían, pero bajo la percepción más de una organización humanitaria que de un elemento esencial en la configuración del Estado.

Ese “olvido” se ha traducido también en una importante precariedad de medios. El gasto en defensa español ha venido cayendo ininterrumpidamente desde la década de los 80 y sitúa a nuestro país como uno de los que realizan un menor esfuerzo en defensa en todo el mundo. La profesionalización de los ejércitos ha venido además a suponer una dura reconversión de nuestras Fuerzas Armadas que se han reducido a un tercio de los efectivos que tenían hace unos pocos años.

Las Fuerzas Armadas han asumido en todo este período con disciplina y hasta buena cara el olvido, las apreturas presupuestarias y la escasez de tropa. La tensión aflora cuando Aznar se da cuenta de que para que España sea alguien en el mundo necesita obligatoriamente un instrumento militar mínimo. Así, nuestras Fuerzas Armadas deben hacer frente hoy al menos a cuatro operaciones simultáneas en Bosnia, Kosovo, Afganistán e Irak. El problema no es tanto la entidad de los efectivos, sino las carencias logísticas que ponen de manifiesto operaciones tan alejadas de nuestro territorio.

Los militares consideran que el Ejecutivo les pide más de lo que les da. Puede que tengan parte de razón, pero ese discurso no les lleva a ninguna parte. Las Fuerzas Armadas tienen hoy la oportunidad de retornar al puesto relevante que los ejércitos tienen en todos los países democráticos y de demostrar ante la opinión pública que las inversiones en defensa no son dinero tirado, sino que tienen una utilidad directa y visible. España ha descubierto que quiere ser algo en el mundo y esa es una magnífica noticia para las Fuerzas Armadas, aunque ello les exija nuevos sacrificios y responsabilidades.


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