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Luces y sombras en el Sahel

La situación que se vive en el norte de Malí pone en peligro la estabilidad no sólo de dicho país, sino la de toda la región.

GEES
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En lo relacionado con la crisis en el norte de Malí, mientras los trabajos en la dimensión militar avanzan, los movimientos político-diplomáticos siguen planteando incógnitas. La Resolución 2071 del Consejo de Seguridad de la ONU, del pasado 12 de octubre, daba un plazo de 45 días para que la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (Cedeao) –con apoyo de la propia ONU, de la Unión Africana y de la Unión Europea– diseñara un concepto militar para la intervención que ayude a Malí a recuperar el control sobre su territorio. Hay avances, pero los vaivenes protagonizados por países como Argelia o Mauritania están introduciendo dificultades. 

El pasado día 12 los dirigentes de la Cedeao reunidos en Abuya mostraron su inequívoca decisión de contribuir a resolver una situación que pone en peligro no sólo a Malí, sino a toda la región. Tres cuartas partes del país saheliano están en manos de yihadistas salafistas y, por tanto, fuera del control de las autoridades de Bamako. Estas últimas, a su vez, son ilegítimas, pues accedieron al poder en marzo mediante un golpe de estado, pero son los interlocutores con los que hay que tratar. La Cedeao aporta 3.300 efectivos propios, pero en Abuya pidió a otros países africanos –Chad, Mauritania y Sudáfrica– tropas adicionales. Los yihadistas a los que hay que combatir son unos 2.500 veteranos, más los que se les van incorporando procedentes de toda la región; y habrá que luchar en un medio hostil como es el desierto y con un apoyo logístico y de inteligencia necesariamente occidental.

Si resolver lo anterior no es fácil, aunque se está en ello, lo más difícil es la definición del enemigo, por un lado, y la actitud de y las consecuencias en algunos de los países de la región (Argelia, Níger y Mauritania), por otro. Argelia ha logrado hasta ahora arrancar a los actores tuareg –el Movimiento Nacional para la Liberación del Azawad (MNLA) y su escisión yihadista Ansar Eddine– un compromiso con la negociación y con el rechazo del terrorismo que preconizan sus hasta ahora aliados ocasionales: AQMI y el Muyao. El problema es que muchos, dentro y fuera de la región, creen que tal compromiso es táctico y viene impuesto por la amenaza de intervención militar. En cuanto al presidente nigerino, Mahamadou Isoufou, ve con recelo tal escenario, pues teme que cualquier arreglo con los tuareg de Malí despierte ansias reivindicativas entre los de Níger. En lo que respecta a Mauritania, país vulnerable con comunidad tuareg, refugiados procedentes del norte de Malí y activismo terrorista de AQMI y del Muyao, el vacío de poder existente desde que el presidente –Mohamed Uld Abdelaziz– fuera herido de bala, el 13 de octubre, y evacuado a un hospital francés, donde continúa internado, está provocando tensiones que podrían verse aún más agravadas con el estallido de un conflicto regional.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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