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No sólo Hitler

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¿Por qué los intelectuales más lúcidos reflexionan una y otra vez sobre el Holocausto? ¿Por qué los países occidentales quieren mantener la memoria de esa barbarie? No sólo por las dimensiones y el escalofriante número de víctimas, sino porque “Auschwitz”, que se ha convertido en el referente simbólico, supone una ruptura en la Historia. Siempre hubo barbarie, tiranía, guerra, dominación, pero Hitler inaugura una época en la que, además, se incluye lo que Hannah Arendt llamó “ataque al hombre”, el intento de eliminación de un pueblo por el mero hecho de serlo utilizando toda la maquinaria del poder totalitario.

Sentimos un deber de solidaridad con el pueblo judío, víctima de maquinaciones y ataques seculares, y los sentimos, ampliado, ante el drama sufrido por causa del nazismo, en el que también la historia del antisemitismo adquiere esa nueva naturaleza demoníaca. Pero, además, los intelectuales reflexionan, los gobiernos conmemoran y los ciudadanos recordamos porque el Holocausto es un aviso de lo que, siendo posible, debemos evitar.

Izquierda Unida, como otros años, no quiere estar presente en la jornada de recuerdo del Holocausto. Le parece, con la idiocia particular con la que expone su ideología esta formación política, que “siempre se está hablando de los seis millones de judíos” y nunca de los ciudadanos soviéticos que también murieron en la Segunda Guerra. Es una forma de no entender nada, aunque se entiende muy bien su posición totalitaria, su negativa, en el fondo, a que se subrayen precisamente los valores y las ideas contrarios a lo que supuso y supone ese “ataque al hombre”. Por el mismo motivo, otros niegan el Holocausto.

Cita la portavoz comunista a los soviéticos muertos. Aún no entendiendo lo que acabo de resumir en estos párrafos, ¿por qué cita sólo a los soviéticos y deja a un lado a los franceses, italianos, estadounidenses, etc.? Por causas similares a las que se explayaron en el proceso Kravchenko, en 1949, en el Palacio de Justicia de París: porque hay que esconder la represión soviética, los campos de concentración de Stalin, el Gulag. Y el pacto Molotov-Ribbentrop, de 1940, en el que, para afianzar las relaciones entre Hitler y Stalin, se entregaron a los nazis a algunos judíos alemanes que se habían refugiado en la Unión Soviética tras la llegada al poder del primero.

No quieren estar en la conmemoración del Holocausto. No quieren tampoco participar en las manifestaciones contra la dictadura cubana y los crímenes de Castro. Están, eso sí, en el Gobierno vasco, con el nazismo nacionalista que quiere excluir, violentamente, a la mitad de la población. Están también “contra la guerra” pero a su modo, como lo estuvo Molotov en el 40 (para entorpecer la batalla contra un dictador) y como lo estuvo el Partido Comunista Francés en el 49, inmediatamente después del fiasco que supuso para ellos el proceso Kravchenko, fundando un sarcástico Mouvement de la Paix, con la paloma de Picasso, para entorpecer los valores de las democracias occidentales. Los anticomunistas franceses llenaron París con la leyenda “La colombe qui fait boum!”.

Robert Gellately (No sólo Hitler) desde el punto de vista del historiador minucioso y Rüdiger Safranski (El mal o el drama de la libertad) desde el filosófico han apuntado, como tantos otros, que Hitler no habría podido protagonizar esa bárbara ruptura de la Historia, ese rompimiento de las bases de un universo moral, sin un embrutecimiento social sin parangón, sin la actitud de gobiernos que, siendo adversarios del nazismo (y luego víctimas), comenzaron haciendo lo que más convenía a Hitler, sin un consenso de terror y servilismo. A este magma pertenece hoy, en España, Izquierda Unida.

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