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¿SE 'BEBIERON' A NELSON?

¡Alcohol a bordo!

Hasta fechas no muy lejanas era habitual que las Armadas occidentales sirvieran a sus tripulaciones generosas raciones de alcohol. Esta tradición naval puede llamarnos la atención actualmente, pero entonces se consideraba un derecho inalienable de los marineros y un deber ineludible de sus oficiales.  

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Aunque se ha especulado mucho sobre las razones de esta costumbre, estas me parecen las más pertinentes:

  • La necesidad de aderezar de alguna forma el agua potable que se transportaba a bordo, ya que, pasadas unas semanas del inicio de la navegación, adquiría un desagradable sabor a algas o directamente se corrompía. El alcohol se conservaba mejor y su sabor podía disimular el del agua.
     
  • Siempre se tuvo por cierto que una tripulación que bebía unida navegaba unida. El consumo de alcohol en compañía desarrollaba el compañerismo y fomentaba el entendimiento en las estrechuras de un navío de madera. Por el contrario, la privación de alcohol daba lugar a un indeseable distanciamiento y, muchas veces, a rencillas entre compañeros.
     
  • La perspectiva de una generosa ración de alcohol facilitaba la buena disposición de los hombres a afrontar cuantos esfuerzos se les requirieran.

En la Armada española el vino era la bebida alcohólica de consumo común. Ello se debía a nuestra condición de país mediterráneo, con tradición en el cultivo de la vid, y a la costumbre de llevar siempre vino a bordo para celebrar la misa. La ración media de un marinero era de una botella (unos 69 centilitros, más o menos) al día, junto con una porción de aguardiente –también derivado del vino, por cierto–. Generosa dosis que no impedía al personal desarrollar las tareas con soltura.

Los ingleses, que sabían apreciar los caldos hispanos y conocían la generosa provisión que solían transportar los dons, se emplearon a fondo con las bodegas de cuanto navío español abordaron. Era costumbre entre los hijos de Albión dirigirse a toda prisa al pañol del alcohol, llevárselo a cubierta y bebérselo antes de que cualquier oficial fuera capaz de impedírselo. Esto, cuando no era precisamente un oficial el que lideraba la feliz y desenfrenada libación. Es conocida la escena ocurrida tras la batalla de Trafalgar: la tripulación británica encargada de apresar el navío Monarca yacía ebria sobre cubierta en el momento en que se abatió sobre ellos una tremenda tormenta. Tal fue la desesperación del oficial al mando, que decidió envolverse en su bandera nacional, tumbarse en cubierta entre los borrachos –vista su actitud, tal vez no anduviera él mismo muy fino– y esperar estoicamente su fatal destino.

Es en la Armada británica donde encontraremos mejores y más detalladas referencias sobre la distribución y consumo de alcohol. Al fin y al cabo, la hegemonía en los mares requería prolongadas estadías a bordo, que generaban sus propios hábitos.

En los albores de las Armadas modernas, los marineros ingleses bebían generalmente cerveza, y lo común era que se les sirviese tanta como les apeteciera. Para evitar los habituales y perniciosos excesos se les ofrecía un máximo de un galón (unos cuatro litros y medio) al día. Ahí es nada. Cuando se acababa la cerveza –cosa que ocurría cuando la navegación se prolongaba más de tres o cuatro meses– se servía vino aguado (en proporción de 1/8) o bebidas espirituosas (también aguadas en proporción de 1/16).

Las tripulaciones tenían asimismo derecho a recibir una determinada ración diaria de ron, aunque con el tiempo se comprobó que su consumo excesivo daba lugar a todo tipo de efectos perversos: peleas, caídas desde jarcia y arboladura, fracturas, precipitaciones por la borda, falta de puntería en las prácticas de tiro, incremento de violaciones, faltas de disciplina...

Por todo ello, los oficiales intentaron frenar el consumo de alcohol a bordo, aunque era tarea condenada al fracaso. No había esperanza. La solución era regular su consumo: el cuánto y el cómo.

A las tripulaciones no se les podía privar de alcohol salvo en caso de castigo. Lo contrario podía enrarecer el ambiente a bordo e incluso dar lugar a motines. Antes bien, una razonable ración de alcohol facilitaba la buena sintonía entre compañeros, pero cuidando siempre de que no degenerase en riñas o altercados. Los borrachos pendencieros eran llevados a dormir la mona, con grilletes si era necesario, y castigados públicamente cuando volvían a estar sobrios. Por tanto, no se castigaba la borrachera sino el provocar trifulcas mientras se estaba ebrio. Lo malo no era beber mucho sino tener mal vino.

Otro problema se suscitaba si se daban las pagas o los botines antes de tocar puerto, porque, en esos casos, los capitanes sabían de sobra que sus hombres iban a quedar incapaces para realizar sus trabajos durante las 24 horas siguientes a su regreso al navío... y que en la enfermería iban a abundar los males venéreos al cabo de unas semanas.

Los oficiales bebían tanto como sus hombres, sólo que bebida de mejor calidad. La única diferencia es lo que se esperaba de ellos después de beber: debían mantener la compostura, sobre todo si tenían guardia. Veamos, por ejemplo, la magnífica provisión particular del capitán del navío Argos en 1761:

  • Vino de Messina: un depósito y tres barriles, de 40 galones cada uno.
  • Oporto: dos pipas.
  • Vino de Chipre: dos barriles, una damajuana y dos botellas.
  • Champán: seis docenas de botellas.
  • Borgoña: doce docenas de botellas.
  • Clarete: doce docenas y siete botellas.
  • Frontenac: seis botellas.
  • Montepulciano: una caja.
  • Florencia: ocho cajas y media.
  • Malvasía: dos cajas.
  • Ron: 21 botellas.
  • Cerveza: 42 botellas.

Se dirá que los británicos –marinería y oficiales– bebían demasiado, pero el hecho es que su Armada dominó los mares durante más de dos siglos. Por ello, la práctica de servir y consumir alcohol a bordo no sólo se aplicó en las Armadas clásicas, sino que continuó en las modernas hasta el segundo tercio del siglo XX.

Finalmente, el almirante Vernon vino a regular el asunto: en 1740 impuso la obligación de diluir la ración de ron en agua. Cada hombre tenía derecho a una pinta diaria de ron (medio litro, aproximadamente), pero diluida en cuatro partes de agua.

Se cuenta que el nombre de grog se debe al apodo del propio almirante Vernon, conocido como Old Grog, quien estuvo al mando de la flota del Caribe hasta que don Blas de Lezo le zurró de lo lindo en la toma de Cartagena de Indias.

Tras sonar las campanadas del mediodía, y a poco de pitarse a rancho, se celebraba a bordo de los navíos británicos una prosaica ceremonia, conocida por todos y respetada escrupulosamente por oficiales y marinería. Se trataba de la mezcla del grog. Ésta debía hacerse por el cocinero, en presencia de testigos que garantizasen la pureza del brebaje y que comprobasen que a la tripulación no se le hurtara ni pizca del ron a que tenía derecho.

De todos modos, la dilución del ron no impedía que se siguieran produciendo borracheras, ya que había quienes guardaban su ración de varios días para consumirla toda de una vez, con los efectos imaginables. También era posible que un corrillo de compañeros de rancho diese su ración a un solo hombre, corriendo diariamente el turno de agarrarse la melopea.

Por cierto, del marinero que se había pasado con el grog se decía que estaba groggy, término que en la actualidad aplicamos a los estados de estupor o postración causados por el exceso de alcohol o por recibir un buen puñetazo en la mandíbula.

Años después se comprobó que aquellos marineros que consumían el grog con algo de zumo de limón eran más resistentes al escorbuto. Se trataba de una constatación, empírica porque nadie imaginaba entonces lo que era la vitamina C. El almirante Nelson se procuraba los servicios de agricultores sicilianos para surtir a su flota mediterránea de generosa provisión de limones, con los que aderezar el grog de sus marineros. Como vemos, aquel grog se parecía cada vez más a nuestro actual cubalibre.

Y ya que hablamos del protohéroe inglés, del almirante Nelson, finalizaré con una anécdota que muchos quieren hacer pasar por cierta y que si no lo es, al menos está ben trovata. Cuando don Horacio murió, en la batalla de Trafalgar y de un tiro de mosquete, sus compañeros no quisieron deshacerse del cuerpo arrojándolo al mar y pretendieron mantenerlo dignamente conservado para poder honrarlo en Londres en unos magnos funerales de Estado. Así, el almirante Collingwood dispuso que se guardara su cadáver en un barril de brandy preparado al efecto; pero, comoquiera que el barril estuvo demasiado expuesto durante demasiado tiempo y que la tripulación victoriosa tenía mucho que celebrar, se comprobó al llegar a Inglaterra que los restos estaban bastante descompuestos: al parecer, alguien había estado extrayendo y consumiendo el brandy en el que se conservaban.

No es cosa de hacer ascos cuando de beber a bordo se trata.

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