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POLéMICA: LAS INTERVENCIONES DEL BCE

3. Respuesta de un ignorante incoherente

En una réplica a un artículo anterior, D. Lorenzo Bernaldo de Quirós repite los conocidos argumentos friedmanitas a favor de la libre flotación de divisas y aprovecha para acusarme de “grave incoherencia doctrinal” y “profundo desconocimiento del funcionamiento de una economía abierta”.

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D. Lorenzo cita a Hayek en defensa de sus tesis. Merece la pena subrayar que Hayek en “La desnacionalización del dinero” imagina un sistema monetario bastante parecido al que tenemos en la actualidad: multitud de bancos emisores y ausencia de control de cambios. Según Hayek, la competencia entre monedas obligaría a los emisores a proporcionar una moneda de calidad. Pero, ¿cómo? Hayek argumenta que los bancos emisores controlarían la emisión de sus pasivos, monetizando activos de diversa índole. Incluso llega a abogar por una “cesta de mercancías” (en la actualidad las reservas de los sistemas bancarios incluyen, además de oro, activos de diverso tipo: deuda pública, letras comerciales, valores, etc.). Cuando la moneda se desviase del valor “ideal” prometido por el emisor, bastaría restringir las emisiones y actuar en el mercado abierto en defensa de la moneda.

Ya dije en un artículo anterior (Por qué se hunde el euro, Libertad Digital) que la solución hayekiana no era la mejor posible ni mucho menos -yo defendía y sigo defendiendo un patrón oro-, pues es imposible garantizar cambios estables entre diversas mercancías de naturaleza y liquidez distinta. Sin embargo, traigo a Hayek a colación porque él, sí entendía lo que estaba ocurriendo en el sistema monetario internacional tras 1971.

Históricamente han existido dos teorías sobre la naturaleza del papel moneda y las causas que gobiernan su valor. La primera entiende que el papel moneda es una promesa incumplida que tras ir al descuento, fluctúa de acuerdo con las circunstancias que afectan al crédito del emisor: el volumen de papel es sólo uno de varios factores. La calidad y cantidad de activos que lo respaldan sería otro. Otros serían por ejemplo, los considerados en Maastricht: volumen de la deuda pública existente y déficit público, (si éstos son muy grandes, el riesgo de impago y la posibilidad de un hundimiento en el mercado de bonos es más elevado y por tanto aumenta la probabilidad de que el Banco Central se vea obligado a monetizar esa deuda para evitar el colapso), tipo de interés abonado por “confiar en la moneda” (en el sistema de papel moneda inconvertible, el tipo de interés pasa de ser la retribución por alquilar ahorro, a ser el premio pagado por exponerse a la confiscación del capital a través de la depreciación monetaria), etc. Medidas como el curso forzoso o el control de cambios también tendrían por objeto respaldar las promesas, pero no con las reservas del emisor, sino mediante la expropiación de los bienes de los sufridos súbditos.

La teoría alternativa sostiene que el valor viene determinado por la cantidad existente y la velocidad de circulación. El papel no deriva su valor de ser convertible o tener activos que lo respalden. Sin embargo, esta teoría es incapaz de explicar cómo surge el dinero o por qué un bien o una divisa puede perder sus cualidades monetarias. La doctrina que señala que el dinero no necesita tener respaldo porque es una especie de título o derecho, o una representación de los bienes en general no pasaría el examen de un jurista. No existe algo como los derechos indefinidos. Para precisarlos sería necesario un sistema de organización socialista de la sociedad, con un sistema de precios fijados por decreto -el caso de los controles de cambio es un ejemplo-. En este contexto se mueve Friedman:
“Hay una solución, la única satisfactoria: abolir la fijación de precios por parte del gobierno. Dejar que los tipos de cambio sean determinados primariamente por transacciones privadas y se conviertan en precios de mercado libre. Hacer que el gobierno desaparezca sencillamente de la escena (...) Un sistema de cambio flotante elimina completamente el problema del balance de pagos (...) Los tipos de cambio flotantes pondrían fin a los graves problemas que obligan a repetidas reuniones de los secretarios de la Tesorería y de los gobernadores de los bancos centrales para elaborar amplias reformas. Pondría fin a las ocasionales crisis que provocan frenéticos desplazamientos de altos funcionarios gubernamentales de una capital a otra, llamadas telefónicas a medianoche entre los principales funcionarios de los bancos centrales para pedir préstamos de emergencia a fin de sostener un signo monetario u otro. (Milton Friedman, “Dólares y déficit”).

La libre flotación de los tipos de cambio es el corolario lógico del monetarismo friedmanita. También es la perfecta ruta de escape por la cual el gobierno puede aliviarse del estigma que supone quebrar. Si los tipos de cambio pueden flotar libremente no hay ninguna vergüenza en el hecho de incumplir las obligaciones. Los acreedores después de todo, deben estar agradecidos al banquero que no les paga por su coraje al poner en práctica una nueva teoría monetaria.

En realidad, Friedman se hace pasar por el mayor defensor del libre mercado al sostener que el precio del oro también debe ser libre. Al tiempo le ha dado a los gobiernos un poder ilimitado y en muchos casos anticonstitucional. Con amigos como este uno se pregunta si el libre mercado necesita enemigos.
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