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LOS ORíGENES DE LA GUERRA CIVIL ESPAñOLA

Capítulo XI: Las fuerzas conservadoras (II)

Libertad Digital sigue publicando esta semana el libro "Los orígenes de la guerra civil", tomo II: "El derrumbe de la República y del Frente Popular", de Pío Moa. En esta ocasión abordamos la segunda de las cuatro partes en las que se divide el capítulo undécimo.

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Las fuerzas conservadoras

La fuerza derechista más veterana, el carlismo, había surgido a principios del siglo XIX como simple reacción antiliberal y en pro de un absolutismo reforzado. Pero había evolucionado al ideal de una monarquía inspirada en la de los siglos XVI y XVII, es decir, con respeto a las "autarquías" regionales y a un concepto de la libertad personal traducido en intenso individualismo. Quizá por eso Carlos Marx, por un tiempo observador atento de España, señaló en el carlismo, no un mero intento reaccionario, sino "un movimiento libre y popular en defensa de tradiciones mucho más liberales y regionalistas que el absorbente liberalismo oficial". El carlismo poseía un estilo camaraderil, burlón y jaranero, algo anárquico, en combinación peculiar con una fuerte religiosidad* y un sentimiento del honor y de la lealtad a toda prueba.

*En mi infancia todavía se oían por el norte viejas canciones de la carlistada: "Por andar entre tascas / nos llaman informales / y con el buen vinillo / se matan liberales". En relación a la botella, decía otra: "Muchachos, a ella, gozad y reíd / que por Dios, por la patria y el rey / quizá mañana tengáis que morir" Etc.

En años aún recientes el hijo de Antonio de Lizarza, conspirador antirrepublicano, veía el ideal en su padre: "fue, como carlista de verdad, un bloque de granito, duro, inamovible a tiempo, personas o circunstancias". Este estilo, entre romántico y fanático, provocaba las sátiras de sus enemigos. Y no evitaba las intrigas y rivalidades personales que plagaban las alturas del movimiento(1).

A finales del siglo XIX el carlismo encontró su mejor teorizador en el astur-galaico Vázquez de Mella, que atribuía la decadencia española a la vulneración del espíritu y las libertades (los fueros) de las regiones. Tal habría sido el modelo español de gobierno, con el cual había conocido España su tiempo de esplendor, opuesto al centralismo de corte francés. Vázquez proponía una doble soberanía, política y social. Esta última se expresaría en la familia, la universidad, el municipio, la región y las clases profesionales, y su representación en las Cortes debía sujetar al poder político (monárquico), cortando su tendencia a la centralización excesiva y al despotismo, así como evitar el poder de los partidos, considerado fuente de disgregación y corrupción. En sustitución de ellos defendió una "Comunión Tradicionalista".

Con las derrotas militares, la difusión del "espíritu del siglo" —el liberal—, y el sostenido progreso durante la Restauración, el tradicionalismo carlista había perdido su influencia primigenia, y en los años 30 sólo retenía sus feudos de Navarra y Álava, más núcleos dispersos por el resto del país. Su debilidad numérica la compensaban en parte con su espíritu aguerrido y propenso a "echarse al monte". Después de la quema de conventos organizaron grupos de acción, para contener "posibles desmanes" y como "vivero de futuros esfuerzos de mayor envergadura" (2). Impulsaron las milicias llamadas "requetés". Pero su parquedad de fuerzas les impedía cuajar en un movimiento peligroso; carecían, además, de líderes sobresalientes.


Al lado de los carlistas bullían los monárquicos alfonsinos, partidarios del destronado Alfonso XIII. Salidos de la liberal Restauración, los alfonsinos, ante la crisis de la época, habían evolucionado a posiciones hostiles al liberalismo, al que consideraban ahora la antesala de la revolución. Tras unos comienzos indecisos se habían distanciado de la derecha católica, y formado, en 1933, su propio partido, "Renovación española". Desde muy pronto conspiraron en el ejército, aunque les seguían pocos militares, parecidos, por lo demás, a sus adversarios republicanos en cuanto a indecisión e ineptitud conspiratoria*. El golpe de Sanjurjo, en 1932, no tuvo carácter monárquico, aunque los monárquicos lo apoyaran.

A pesar de su escaso número, los alfonsinos disponían de un periódico influyente, ABC, y elaboraban sus ideas en una revista de pensamiento, Acción Española; título imitado de la Action Française, del monárquico ultraconservador Ch. Maurras, aunque fue más que un mero trasunto de ésta. Su evolución acercó mucho el alfonsismo al carlismo, e hizo posible la unificación de ambos en un solo partido monárquico, pero los viejos recelos lo impidieron. Con todo, ambos grupos estuvieron juntos, en 1934, en la petición de armas y dinero a Mussolini, a fin de preparar un golpe antirrepublicano, conspiración que, como otras, no pasaría a los hechos.

El intelectual más relevante de Renovación española era probablemente el vasco Ramiro de Maeztu, antes anarquizante y liberal. Viviendo en Inglaterra fue influido por, e influyó a su vez en, el Socialismo gremial (Guild socialism) y escribió, durante la guerra mundial Authority, Liberty and Function in the light of the war, considerándole H. G. Wells un maestro del pensamiento de la época. El libro, traducido como La crisis del humanismo, se inspiraba en la experiencia bélica, en la que cada individuo cumplía con disciplina su cometido en un todo gigantesco bien ordenado. Criticaba al liberalismo y al socialismo, frutos tardíos del Renacimiento, por su relativismo ético y confianza dañina en la bondad natural del hombre. El liberalismo, al depositar la verdad y la moral en la arbitrariedad del individuo, no podía crear una sociedad estable; el socialismo hacía del estado un juez moral y material no menos arbitrario. Si la persona, en vez de actuar en política como un ente aislado, hallase su puesto y protección en gremios de especialistas, tendría a la vez conocimiento real de sus asuntos y motivación para defender sus intereses, controlando con efectividad a sus representantes. Sabría desempeñar su función y cumplir con su deber, eliminando la corrupción y el engaño inherentes al sistema de partidos. En la función social de cada uno la libertad dejaría de ser abstracta para tomar formas concretas. Maeztu propugnó una sociedad de autoridad y jerarquía, sobre un fondo igualitario de tinte religioso.

Otra idea clave de Maeztu, expuesta en Defensa de la hispanidad, es que el ámbito de países de habla española contiene valores propios de gran alcance, susceptibles de desarrollarse y dar contenido a una comunidad cultural alternativa a las culturas anglosajona o francesa. Esta idea daría pie a la consigna, extendida en la derecha, de reconstituir el imperio español, no como una entidad política, (aunque algunos podían considerarlo también así), sino "en un sentido espiritual", de resurgimiento del antiguo ímpetu.

Como vemos, en la mayoría de los ámbitos conservadores cuajaba, con uno u otro nombre, la "democracia orgánica" y el corporativismo —es decir, la representación a través de las relaciones sociales "naturales" como la familia, el municipio y el sindicato o gremio, y una concepción más o menos tecnocrática de la política—, vistos por unos como un modo de salvar los principios liberales, y por otros de superarlos. Sólo algunos partidos menores, como el de Miguel Maura, o el grande de Lerroux, mantenían las concepciones liberales, en apariencia anticuadas. La "democracia orgánica" también tenía en España raíz izquierdista. Ya en 1917 Fernando de los Ríos llamaba a "organizar la democracia", no a partir de la "pluralidad de individuos dispersos", sino de "grupos orgánicos", es decir, del sindicato, "la unidad orgánica concreta en la vida social", que debe "servir de base a la organización política", y proponía una Cámara sindical, asistida por técnicos, en contrapeso a la "garrulería e incompetencia", plagas de los parlamentos. Los gobiernos dejarían de serlo de partido para convertirse en comités suprapartidistas designados por las Cámaras. Desarrollaba concepciones de la Institución Libre de Enseñanza, algo reminiscentes de las de Vázquez de Mella o Maeztu. Primo de Rivera intentó algo parecido a la Cámara sindical, y Besteiro había favorecido la idea, en 1934 (3).
También la CEDA pensaba superar la democracia liberal mediante un sistema corporativo u orgánico, a cuyo efecto vigilaba atentamente las experiencias de intervención estatal en Gran Bretaña o el New Deal de Estados Unidos, que encontraba muy preferibles a los regímenes fascistas, sofocadores de las libertades*.

*Ver apéndice de Los personajes de la república vistos por ellos mismos. En un discurso en las Cortes después de la insurrección de octubre, Gil-Robles replicó a Calvo Sotelo, que había ensalzado los fascismos: "Es cierto que se necesita un poder fuerte, una democracia organizada; pero no es menos cierto que por la condenación simplista de esos poderes se va al más monstruoso panteísmo del Estado (…), que hace que desaparezca toda individualidad absorbida por ese monstruo del Estado que entra en las conciencias en la forma de la escuela única, que, ya en tiempos de Napoleón, llegó a la Universidad para desde allí organizar un monopolio de la enseñanza, que propugna la economía dirigida en formas que son verdaderamente manifestaciones socialistas, que se entromete en todos los órganos de la actividad individual y que acaba por matar la personalidad, que yo tengo que defender en nombre de un concepto humano, de un concepto social, de un concepto cristiano". Un diputado le interrumpió: "Eso es tradicionalismo" (4)

Si cabe hacer un paralelismo, la CEDA sería al movimiento ultraconservador lo que la socialdemocracia al marxismo revolucionario. El Partido Agrario, con apoyo especialmente en Castilla la Vieja, actuaba en la órbita de la CEDA.

El pensamiento conservador antiliberal en España, desde Donoso a Ramiro de Maeztu, pasando por Balmes o Menéndez Pelayo, ha sido más templado —o si se quiere más inconsecuente— que el correspondiente europeo, y admite cierta flexibilidad en la relación entre el dogma y la política. La mayoría aceptaría formulaciones como la de A. Aparisi: "Jesucristo no nos dijo que viviésemos en República o en Monarquía" (5) ; aunque prefiriesen la segunda, por creerla más de orden y tradicional. Monarquía ajena al absolutismo, como hemos indicado, limitada por leyes e instituciones, por exigencias morales y por derechos y valores inalienables de la persona. En tal suelo arraigaban mal las doctrinas fascistas, no digamos las de tipo nazi, pese a que éstas despertaran simpatía por su oposición al liberalismo y al comunismo.

De ahí que los grupos fascistas apenas medraran en España por aquellos años. La Falange, el más característico, no iba a sacar un solo diputado cuando se presentara con su nombre, en 1936. Pero incluso el fascismo falangista tenía bastantes peculiaridades, visibles, por ejemplo, en su prolongada contención ante la violencia mortal que ejercieron contra ella, casi desde su nacimiento, las juventudes socialistas y comunistas*.

*Aunque la versión más divulgada hoy día sostenga la falsa idea contraria.

La Falange aspiraba a una revolución de contenidos vagos, que superase "la esclavitud económica" liberal, nacionalizase la banca e hiciese de los sindicatos la columna vertebral del estado. Fundada tardíamente, en octubre de 1933, chocaba con duros obstáculos a diestra y siniestra: en el campo obrero la acosaban socialistas y anarquistas, ya muy asentados y agresivos frente al nuevo partido; y en la derecha sonaban a simples extravagancias sus exhortaciones a la lucha y el sacrificio, y su estilo "mitad monje, mitad soldado", junto con sus aficiones obreristas y nacionalizadoras. Aunque los alfonsinos pensasen en utilizar a las huestes falangistas como fuerza de choque.

Mención aparte merecen otros dos grupos conservadores, la Lliga catalana y el PNV vasco. La primera, obra de Francesc Cambó, constituía un partido liberal —si bien muy proteccionista en cuanto al comercio exterior—, nacionalista catalán y al mismo tiempo españolista. Intentaba hacer de Cataluña la región rectora del país, proyecto a duras penas viable pues, para empezar, precisamente en Cataluña encontraban resuelta oposición sus propósitos modernizadores y europeizantes, por parte del anarquismo y de la Esquerra, aglutinadora de corrientes jacobinas. En la Restauración había jugado muy fuerte, contribuyendo a la caída de aquel régimen. Pero bajo la república acentuó su moderación, asustada por el espectro de la revolución social. Tenía buena relación con la CEDA, un tanto averiada en 1935, cuando el partido de Gil-Robles empezó a crecer en Cataluña, que Cambó consideraba reservada para los nacionalistas.


Carácter muy distinto tenía el PNV, fundado por Sabino Arana, para quien "antiliberal y antiespañol es lo que todo bizkaino debe ser". El partido creía que los vascos constituían una raza sumamente especial, superior, claro está, a los "maketos", como motejaba a los demás españoles, cuyo tradicional buen trato con los vascos deploraba. Vasconia, sería una colonia explotada y afrentada por el pueblo maketo, "a la vez afeminado y embrutecido" —pese a que el nivel de renta de la supuesta colonia brillaba entre los más altos del país—. El eje de la política peneuvista consistía en debilitar a España ("Tanto nosotros podemos esperar más de cerca nuestro triunfo, cuando España se encuentre más postrada y arruinada"), aunque ello entrañase pactar con grupos ajenos a su ideología. Así, su extremo conservadurismo no le había impedido la unidad de acción con el PSOE, ni su catolicismo casi teocrático obstaculizó su alianza con la Esquerra catalana, virulentamente anticatólica, en las peligrosas campañas desestabilizadoras del verano de 1934, cuando se incubaba la guerra civil*.

*Su antiespañolismo le llevó, por ejemplo, a inventar nombres sin la menor raíz cultural —Gorka (Jorge), Kepa (Pedro), etc— o a imponer en la ortografía vascuence la "k", sin tradición en España ni, por supuesto, entre los vascos. O a crear la palabra "Euzkadi", que irritaba al pensador vasco Unamuno: "grotesca y miserable ocurrencia" de un "menor de edad mental" (por Sabino Arana); "terminacho espurio y disparatadísimo que forja con un sufijo -"adi" (...) que se encuentra en nombres de arboledas y cosas así (...) como si al pueblo español le llamáramos "la españoleda", al modo de pereda, robleda...". Aunque las provincias vascas se habían integrado pacífica y voluntariamente en España, primero a través del reino de Navarra y después del de Castilla, y participado en todos los avatares del país, los nacionalistas inventaron también una historia de enfrentamientos básicamente ficticia, que retrotraían, con desbordante fantasía, a la más remota antigüedad (10).

Los nacionalistas vascos contaban con salvarse, en todo caso, de un desastre que afectase al conjunto del país (6).

NOTAS

1.- Cit. en J. M. García Escudero, Historia política…I, p. 53.

En A. de Lizarza, Memorias de la conspiración (1931-1936), Madrid, Dyrsa, 1986, p. 7

2.- A. de Lizarza, Menorias…, p. 22

3.- F. de los Ríos, La crisis actual de la democracia, Granada, Tipógrafo Guevara, 1917.

F. Largo Caballero, Correspondencia… p, 147

4.- En J. M. Gil-Robles, No fu…, p. 151

5.- J. F. Acedo Castilla, "Las predicciones de Aparisi”, en Razón española, marzo-abril 2000.

6.- A. Careaga, Páginas de Sabino Arana, Madrid, Criterio Libros, 1998, p. 95, 90, 93 y 99

7.- J. Juaristi, El bucle melancólico, Madrid, Espasa-Calpe, 1998, p. 154.

M. de Unamuno, revista Bueno mundo, 1 de marzo de 1918, Madrid.

Ahora, 9 de octubre de 1933, Madrid

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