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DRAGONES Y MAZMORRAS

De sectas, homenajes y complejos de Edipo

Una avalancha de actos culturales se precipita sobre nosotros: libros de Dulce Chacón, de Luis Mateo Díez, de Andrés Trapiello, etc.; nuevas editoriales como “Metáfora” que se ocupará de la olvidada literatura de los países del Este... A ninguno he podido asistir, entre otras cosas, por ese viaje a Italia del que les hablé la semana pasada y del que todavía no me he repuesto. Fueron demasiadas emociones, demasiados cuadros y demasiada gente famosa para digerirlo de una tacada. El avión de vuelta al hogar iba lleno de autoridades (otra vez las presidentas de ambas cámaras) y de mariazambranistas levitados por el éxito de su coloquio y por la perspectiva de la segunda parte: una “Mostra María Zambrano (1904-1991)” que les obligará -pobrecitos- a volver a Roma el 14 de noviembre. Los zambranistas son una secta, y como suele ocurrir en estos casos, no es oro todo lo que reluce. De todos es sabido que las personas de edad tienen las defensas bajas, las físicas y las psíquicas -de lo que no se libran ni los intelectuales más conspicuos-, momento que aprovechan algunos virus oportunistas para obtener un protagonismo impensable que les convierte de pronto en parte ineludible del legado intelectual del genio.

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Otro de los actos a los que no he podido desgraciadamente asistir, porque no se puede estar en Roma y repicando, es al homenaje a Valente, auspiciado por el Círculo de Lectores. Digo desgraciadamente porque me hubiera gustado escuchar a José Luis Pardo, que habla y escribe de maravilla, y porque me hubiera gustado comprobar hasta qué punto esas ausencias oficiales de las que se hace eco la prensa (concretamente “El País”, en un artículo incomprensible titulado “Sordera oficial”), resultaban tan escandalosas o, mejor dicho, hasta qué punto su asistencia era indispensable. Francamente, no lo creo, ya que se trataba de un acto privado y, que yo sepa, no hay obligación de que las autoridades estén sancionando a cada paso los actos de la sociedad civil. No es lo que parece pensar el autor del citado artículo que reprocha al Ministerio de Cultura dejar en manos privadas la gestión y publicación de legados como el de Valente. ¿Pero no se trataba precisamente de eso?. ¿Por qué si no se acabó con la Editora Nacional?. Se ve que algunos no han llegado a superar el Edipo respecto a papá estado. Ignoro las razones de tales ausencias, pero no creo que hubieran desagradado a Valente habida cuenta que, según recuerda con admiración el articulista, el poeta (que recibió varios premios) siempre huyó de los halagos oficiales, así que supongo que cuantas menos autoridades, mejor.

Yo admiro mucho a Valente como poeta y le quise bastante como amiga hasta que mi entusiasmo se enfrió a raíz de que no acepté las correcciones (me parecían que empeoraban mi versión sustancialmente) que él proponía a una traducción de Edmond Jabès que me había encargado Siruela. Valente consideraba que Jabès era de su exclusiva competencia y ¡ay de quien se atreviera a traducirlo sin su consentimiento!. No sólo yo, muchos otros han tenido que lamentarlo. La verdad es que Valente no tenía un carácter fácil (estaba en su derecho, y yo también), como pueden corroborar ciertas personas que estuvieron infinitamente más cercanas a él de lo que yo haya podido estar nunca y que tampoco fueron al homenaje. Ésas sí que son ausencias significativas y no las oficiales.
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