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FIGURAS DE PAPEL

Encuentro con Doris Lessing

Mi encuentro con la escritora Doris Lessing, la escritora inglesa candidata desde hace años al Nobel, quien ha sido galardonada en estos días con el Premio Príncipe de Asturias de Letras, ocurrió hace unos años en Buenos Aires, en la Feria Internacional del Libro. Una mañana, incluso, compartimos una mesa redonda, junto con escritores mexicanos y españoles.

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Por aquellos días yo había leído, como casi todo el mundo, sus “Cuentos africanos” y su fastuosa novela “El cuaderno dorado”, donde podemos percibir los intentos de una biografía psicológica, y cuya edición, según me han contado, es un momento clave en los movimientos de liberación de la mujer.

Recuerdo a la señora Lessing como una mujer menuda, de sobria elegancia. Los cabellos encanecidos peinados hacia atrás con un moño, los ojos claros, el cutis rosado. Algunas veces esgrimía una sonrisa para no responder a ciertas preguntas.

Hablamos de literatura, naturalmente, y de la manera en que se escriben las novelas. Doris Lessing sostenía que las diferencias literarias de esos géneros estaban marcadas no solamente por las características estructurales, y en ello fue muy específica: “Los diferentes aspectos de la literatura responden a que nuestras mentalidades están estructuradas de manera diferente, ya que es evidente que hay oposiciones entre el hombre y la mujer”. Y no tardó en esgrimir un argumento que me parece irrebatible: “Lo que es evidente es que los lectores responden a los libros que escriben los escritores, y no creo que ellos se pregunten estas cosas sobre estilos y formas de escribir, sino que se limitan a lo más importante, leerlos”.

Luego quise saber de qué manera nacen, crecen y se desarrollan, en ella, las ficciones literarias. Me comentó que, en general, los libros se escriben bajo una presión tan fuerte que ni siquiera los propios autores son conscientes de ello y de la manera en que los redactan. No saben si son tradicionalistas o si llevan adelante rupturas o si abren nuevos caminos. Nada. Simplemente se limitó a dejar caer esta frase: “Esto es una cosa maravillosa de la novela… Todos los escritores nos complementamos y no se puede hacer, en consecuencia, una división tajante entre ellos”.

Cuando la conversación derivó a la novelas realistas y las que no lo son, la señora Lessing demostró una intuición muy rápida. Dijo, sin énfasis alguno en la voz, que “las novelas fantásticas y realistas se han desarrollado paralelamente a lo largo del tiempo y se han integrado a la cultura. Y además, se intercomunican. En las letras sudamericanas —agregó—, creo que los escritores más realistas y los que escriben libros fantásticos se han influido y alimentado unos a otros, mutuamente”. Aletearon, por allí, los nombres de Borges y García Márquez; y acto seguido, me explicó: “A mí me parece que García Márquez viene de esa tradición realista, pero sus novelas pueden muy bien no ser realistas, en realidad no lo son”.

Habló, también, de sus gustos y disgustos, de los libros que lee por puro placer y de aquellos que frecuenta procurando desentrañar de qué manera se ha logrado tal secuencia o bien cómo ha sido posible expresar determinados detalles relacionados con la pintura de los personajes ofrecidos al lector sin molestas interrupciones de la acción. Y encontró que la ciencia ficción, que tanto le gusta, “ha venido a ocupar esos agujeros entre lo que conocemos como novela realista y lo que llamamos novela fantástica”.

Sus palabras tenían, todas ellas, un tinte enteramente personal, como estas palabras que, me parece, definen su vida y su arte: “Escribir sobre uno mismo, es escribir sobre los otros”.

La misma mañana del mismo día que me enteré por televisión de que le habían concedido el Premio Príncipe de Asturias, me llegó de España su más reciente libro, que se titula “Risa africana”. Me he puesto a leerlo con el mismo entusiasmo con que he recorrido sus ficciones y sus escritos biográficos, aunque esta vez se trata de una obra a caballo entre las memorias, la historia y la narrativa, producto de sus viajes a Zimbabue, donde vivió desde la infancia hasta los treinta años (cuando se mudó a Inglaterra), aunque entonces se llamaba Rodesia del Sur.

Pero ya les contaré esta experiencia. Hoy simplemente quería recordarla, consignando el justificado lauro a esta escritora, nacida en Irán en 1919, y una de las plumas más sólidas y aclamadas de nuestro tiempo.
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