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AUTORES Y GéNEROS

Las batallas ajenas

Nunca agradeceremos suficientemente lo que dos autores españoles han hecho por nuestra imaginación colectiva. Los libros de Vázquez Figueroa y Arturo Pérez Reverte, excelentes conquistadores, han dado ya la vuelta al mundo y se han convertido, de forma natural, en guiones de películas. Su progresión millonaria demuestra que han venido a llenar un hueco tan imperdonable como incomprensible. No es ninguna frivolidad decir que, desde la quinta del Capitán Trueno, el Jabato, el Cosaco Verde -aquellas montañas de fe armada y aventura escéptica que estremecieron nuestra imaginación de niños va ya para el medio siglo-, ningún héroe nativo nos había propuesto una causa, un destello, una espada, un océano, un enemigo creíble.

Agustín Jiménez
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La España de los conquistadores y los desesperados, que llenó de argumentos las óperas románticas de Italia, Francia y Alemania, no ha tenido prácticamente otro héroe que Don Quijote. Algunos autores del XIX crearon dos o tres buenas novelas históricas. Pero, con ser estupendas, ni "Sancho Saldaña" de Zorrilla ni "El señor de Bembibre" -la mejor de todas- llegan a los talones a cualquiera de las novelas de Walter Scott.

En el XX, dejando aparte los imperecederos folletines de bandoleros -la mejor serie de TVE sigue siendo probablemente "Curro Jiménez"- sólo hemos hecho intentos aislados de novelizar la Historia: alguna cosa de Sender; apurando, alguna cosa de Barea y los tomos de Eugenio Avinareta, el héroe excedentario de Baroja que a lo mejor es nuestra contribución real y descreída a las hazañas de los guerreros.

En general, desde "La española inglesa" de Cervantes, que prácticamente es nuestra único relato de aventuras, nuestros modelos de actividad viajan poco, se hurtan a las fantasías, no pretenden abrazar las causas imaginarias de la Humanidad ni se dejan llevar por ambiciones desmesuradas. Ni un Edgard Rice Burroughs ni un Julio Verne ni un Zane Grey. Ni un Trazan ni un Fu Manchú ni un Fantomas ni una Modesty Blaise. Tal vez éramos demasiado realistas o demasiado honestos

Hasta que llegaron Vázquez Figueroa y Pérez Reverte e imaginaron para nosotros a españoles heroicos en el mar -con políticos y piratas- en América -con canarios e indígenas- en Europa -con los tercios de Flandes que toman Breda a la vez que Velázquez- y hasta, mezclando el lumpen de la calle y los enigmas intelectuales de los museos y las tiendas de anticuarios de Madrid, en la Plaza de Santa Ana o en el Hotel Palace. Todo ello, en el caso de Reverte, pasado por la novela de capa y espada francesa y por la gran novela -y la música- americana.

"La carta esférica" comienza exactamente como "Moby Dick" -Ismael mirando el agua- y llega a la misma conclusión que "El halcón maltés" -un delirio de mujer que arrastra al protagonista-, pero tiene elementos tan españoles que incluyen a los jesuitas, al Conde de Aranda, a un argentino empalagoso y malvado sacado de la guerra de las Malvinas y a un marino que se mete en el fárrago con la eficacia sin objeto de los españoles (¿o de Humphrey Bogart?)

Desde hace unos días, Reverte se ufana de vender "El oro del rey", la primera novela parida en la Red por un europeo. Por 580 pesetas, los españoles de pro pueden no sólo oírse una historia como si la hubiera contado Dumas si hubiera dominado el castellano sino acompañar al Capitán Alatriste a acuchillar ingleses. Pues, como dice Reverte, al descargar el relato, están dando un mordisco al poderío del inglés sobre Internet. Alatriste-Reverte ha puesto una pica en la Red.

Fuera de Europa también tenemos batallas. Con "Los ojos del Tuareg", Vázquez Figueroa vuelve al Continente donde acaban la existencia varios de sus héroes, a la África de "Tuareg" o del extraordinario "León Bocanegra". Bocanegra era un marino del XVII a quien Vázquez Figueroa hizo hablar como a un contemporáneo. El tuareg viene de un pasado indescifrable, pero sus ojos miran el rally París-Dakar. Vázquez Figueroa se mueve con una sintaxis de andar por casa, lo que es una marca de agilidad desde, al menos, Santa Teresa. Reverte recrea para Alatriste el castellano clásico. El procedimiento es discutible pero provoca en el lector español una especie de orgullo melancólico.

Bocanegra, Alatriste y ese tuareg visto con ojos españoles son personajes más creíbles que otros muchos extranjeros. Le Carré ha escrito sus peores novelas por su empeño en mandar al mundo héroes representativos de un país que ya representa bien poco. Es lo mismo que hoy hace patético a James Bond. El americano Robert Ludlum (el de la serie de Bourne) ha escrito veintitantos "thriller" políticos sin apartarse de un esquema aburrido urdido por una conspiración mayúscula de funcionarios o capitalistas. Como si los funcionarios fueran capaces de organizar tinglados tan grandes.

Ludlum ha publicado dos libros recientemente: "The Hades Factor" (una nueva serie de pastiches con Gayle Linds) y "The Prometheus Deception", donde vuelve por sus fueros de grupos secretos y falsas identidades. Otros autores foráneos ponen en movimiento héroes anacrónicos o viajeros que no quieren viajar. Paul Theroux se ha especializado en héroes a destiempo, en colonos sin bandera ("La costa de los mosquitos"). Cuando llegó a Buenos Aires, Borges lo convenció de que era una tontería viajar a la Patagonia ("Patagonian Express"). Otra vez, rompió con su mujer y se fue él mismo de turista intrépido al Pacífico a despotricar de las buenas almas de Samoa ("The Happy Islands").

Mientras que Bocanegra o Alatriste aguantan el tipo sin mujer y acaban lo que emprenden. Gracias a Alatriste, un soldado muy literario pero muy mal pagado -o sólo pagado de sí mismo- hasta que recibe una espléndida recompensa, llega por fin a puerto el oro del rey.
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