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OPTIMISMO INGENUO

Libertad individual y crecimiento acelerado

“No hay individuo más encadenado que quien debe favorecer a otro”. Y, sin embargo, no podemos aspirar a romper en forma plena estas cadenas naturales de mutua reciprocidad. El hombre completamente libre no existe. Es una ficción intelectual que nos fue útil en su época. Nos permitió romper con el modelo tradicional autoritario. Nos permitió elevar la bandera de la libertad y la responsabilidad individuales para así estallar el proceso del crecimiento acelerado.

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El proceso no fue mecánico ni tampoco simple. Quizás todo comenzó hace unos 1.550 años cuando San Agustín decidió escribir sus “Confesiones”. Agustín tuvo que volver sus ojos hacia adentro para observar su propia vida. Quizás allí dentro encontró que algunas acciones suyas no estaban realmente causadas. Que eran libres. Graciosas. Antes que él, San Pablo y después Martín Lutero atisbaron lo mismo. Aparentemente algunos actos humanos no estaban causados desde afuera. La disciplina de la Iglesia Católica promovió activamente esta interpretación. La confesión anual privada obligaba a los hombres y mujeres de Europa a ver adentro de sí mismos. Nadie podía cumplir con el precepto eclesial y no observar su propio interior. Los manuales preparados para la confesión anual indujeron a millares de fieles a realizar una introspección en forma regular. El “examen de conciencia” y el “dolor de corazón” establecieron el vínculo entre la libertad y la responsabilidad. La tecnología de Gutenberg aceleró este infeccioso proceso. Lo demás es historia.

Renato Descartes duda, luego piensa, ergo existe. El mundo es para él una máquina extensa. Sus mecanismos internos pueden entenderse y consiguientemente arreglarse a conveniencia. La ciencia y la tecnología ocuparán en adelante el sitial que antes tenían la teología y la filosofía. El hombre ocuparía gradualmente el lugar de Dios. Seríamos los arquitectos de nuestra vida. Con Linneo clasificaríamos la naturaleza. Juan Bautista de Lasalle aplica el método clasificatorio a la educación, mientras que Oliverio Cromwell y Luis XIV lo hacen al ejército y a la guerra. El nuevo método funciona y funciona bien. Galileo, Copérnico y Newton destruyen el paradigma antiguo y lo reemplazan por otro antropocéntrico y racional.

Los fundadores de Estados Unidos trasladaron en 1787 este paradigma al ámbito político. Constituyeron la Unión sobre bases racionales. El gobierno es un mecanismo de relojería que se construye pieza a pieza, de gran precisión y perfectamente balanceado. Sus funciones, perfectamente especificadas. Su acción, limitada. El hombre, sin embargo, logra establecer un pacto social. En este nuevo y dinámico pero extraño mundo la propiedad define a las personas. Propietarios y proletarios. Sólo la propiedad —como fruto de la acción humana— asegura la libertad personal. La propiedad ya no es un derecho tradicional o de la sangre sino del valor y la iniciativa de cada uno. El hombre se apropia del mundo por su esfuerzo y con su trabajo. “Tanto tienes, tanto vales” es la consecuencia natural de este paradigma. Los hombres y las mujeres compiten en una competencia que no cesa nunca. La “guerra de todos contra todos” se traduce en la lucha institucionalizada por los recursos. El nuevo paradigma de la modernidad es una máquina que infatigablemente produce riqueza, pero, ¿también bienestar para todos?

Con el siglo XX se cerró la época industrial. En el año 2000 la economía de la información entró finalmente a su etapa de madurez. Las tecnologías informáticas y de la comunicación siguen avanzando con gran rapidez. En sólo 35 años, la capacidad de computación de los componentes ha crecido unas 67 millones de veces. En 20 años será posible conseguir el equivalente computacional de un cerebro humano por tan sólo 1.000 dólares. Las economías de los países avanzados se duplicarán cada 20 años. Así, los avances tecnológicos nos están llevando a revaluar el paradigma que heredamos. Muchos jóvenes rechazan hoy nuestros valores y nuestra visión. Para ellos la competencia ya es innecesaria. Los avances de la tecnología nos permitirían gozar de riquezas infinitas en un mundo del que se desterraría para siempre la necesidad. ¿Optimismo ingenuo?

© AIPE

Roberto Blum es Investigador del Centro de Investigación para el Desarrollo AC de Ciudad de México.
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