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AL MICROSCOPIO

Máquinas parahumanas

Esta semana se han conocido los resultados de la investigación sobre el último accidente aéreo sucedido en Bilbao en febrero de este año. Como recordarán, un Airbus 320 de Iberia tomó tierra en el aeropuerto bilbaíno con el tren de aterrizaje seriamente dañado, alojó su panza en el suelo y patinó por la pista con gran estrépito de chispas y fuego. Afortunadamente la pericia de los pilotos hizo que no se produjeran víctimas.

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Un avión demasiado moderno
La investigación ha revelado que la causa del incidente fue, sencillamente, que el avión era demasiado moderno. Estos Airbus de última generación van equipados con un sistema electrónico muy parecido al de los joysticks de los ordenadores. Una palanca de mandos situada en la cabina de pilotos recoge los movimientos de la mano del comandante y los transforma en señales eléctricas. Éstas viajan por una red de cables hasta el ordenador de navegación que interpreta las órdenes y las coteja con el resto de informaciones recibidas desde los aparatos de medición de la nave (altitud, velocidad del viento, presión, condiciones meteorológicas, señales de radiobaliza....)

Decisión parahumana
El problema reside en que el grado de desarrollo de esta tecnología ha introducido un elemento ciertamente perverso. La decisión última sobre los movimientos del aparato no la tiene siempre el comandante. En el caso en que éste realice un giro demasiado brusco, una maniobra incorrecta o cometa un error de navegación, el ordenador toma los mandos del avión y corrige la trayectoria siempre en función de criterios de simplicidad y seguridad. La nave funciona, en los casos extremos, a base de decisiones extrahumanas, es decir, fuera del ámbito de control del hombre o de la mujer que la pilota, reduciendo sus errores pero limitando su capacidad de reacción.

Aquí falta un hombre
... o una mujer. En el caso del aeropuerto de Bilbao, las investigaciones han podido reconstruir la película de los acontecimientos. En plena maniobra de aterrizaje el piloto se vio sorprendido por una cizalladura (intersección de corrientes de aire en direcciones opuestas muy común en esta pista vasca) que desequilibró el morro del avión e hizo que se hundiera en la pista, es decir, que bajara por debajo del límite de seguridad del aterrizaje. Ante esa circunstancia, el comandante tiró de la palanca de mandos hacia arriba para elevar el morro con la intención de compensar el efecto de los vientos o, en su defecto, abortar el aterrizaje y volverlo a intentar. Pero la fría y calculadora mente del ordenador interpretó que ésa era una maniobra demasiado brusca. Cuando el avión está a una determinada altura y a una determinada distancia de la pista de aterrizaje a los chips no se les ocurre pensar en otra cosa que no sea en aterrizar. Por eso, la máquina retiró el mando de la nave al piloto y redireccionó el morro hacia la posición de aterrizaje, sin tener en cuenta las condiciones adversas que desaconsejaban tal intento.

El resultado, incruento, ya lo hemos comentado. Sólo un ser humano había sido capaz de tomar la decisión correcta, pero ese ser humano no estaba ya al mando de la nave.

Más viejo, mejor
El Correo recogía las impresiones de algunos pilotos sobre este asunto. Muchas de ellas coincidían en afirmar que con un aparato menos sofisticado el problema se habría podido resolver con facilidad. Bastaba con que el piloto tirase de los mandos con fuerza y metiera motores para que sus órdenes fueran transmitidas mecánicamente mediante poleas, varillas o circuitos hidráulicos a los elementos de la nave encargados de que ésta remonte el vuelo suavemente.

Tecnofetichismo
Marshall McLuhan diagnosticó una especie de fetichismo obsesivo en los usuarios de la nueva tecnología que denominó la narcosis de Narciso. Consiste en pensar que nuestras máquinas están dotadas de poderes que van más allá de lo que las hemos diseñado para hacer. Otro ejemplo aeroportuario nos viene al pelo. Las maletas de los pasajeros de todo vuelo han de pasar por un detector de armas y de explosivos. La máquina explora el contenido con rayos X y realiza un bombardeo de neutrones para observar las emisiones de rayos gamma rebotadas. Los explosivos suelen ser ricos en nitrógeno de modo que una información gamma en la frecuencia del nitrógeno puede alertar al operario de turno. Nos sentimos seguros con este sistema basado en una herramienta de nombre tan pomposo como el de redes neuronales. Creemos que hemos colocado un cerebro perfecto en la antesala de la bodega del avión que nos garantiza que nada que no deba viajar va a viajar. Pero el sistema no es infalible, existe una posibilidad de error de un 2 por 100. En la mayoría de los casos, el error es por exceso: algunas materias ricas en proteínas, como la piel o la lana, emiten poderosamente en la frecuencia gamma del nitrógeno. Pero en otras ocasiones el error puede ser por defecto y dejar pasar una maleta con contenido indeseado.


Factor humano
Lo que nos devuelve a la idea de la necesidad de que la decisión última siempre corresponda a un ser humano. Ahora que Spielberg nos va a bombardear con su Inteligencia Artificial, no está de más recordar que nos está bien que los procesos sensibles queden en manos de la máquina hasta sus últimas consecuencias. Ahora, porque la tecnología no está suficientemente desarrollada para ello. En el futuro, sencillamente, porque sería un error de concepto. Y quizás con consecuencias muy graves.
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