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RESPUESTA A JOSÉ CARLOS RODRÍGUEZ

Sobre el legado de Lincoln y otros cultos

Desde Nietzsche, todas las fórmulas posmodernas han pretendido, sin éxito, refutar el cristianismo. Recientemente, Jurgen Habermas –él mismo ateo confeso– ha reconocido: "El cristianismo es el último fundamento de la libertad, la conciencia, los derechos humanos y la democracia. No existe alternativa a esto (...) todo lo demás es charlatanería postmoderna" (cit. por Paul Marshall, The Wall Street Journal, 18-IX-2009, p. W8).
 

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Ninguna escuela seria de pensamiento político cuestiona hoy este hecho, excepto las izquierdas bakuninistas o marxistas y algunas sectas pretendidamente conservadoras, como los libertarios racionalistas, los objetivistas (de la secta de Ayn Rand) y los marianistas (del culto a Juan de Mariana).

Los objetivistas ya fueron vetados –con razón– en la década de los sesenta por William F. Buckley Jr. en el movimiento conservador norteamericano. Algunos de sus miembros ilustres demostraron más tarde su vocación oportunista y muy poco libertaria; pienso, por ejemplo, Alan Greenspan y su largo y al final desastroso mandato como presidente de la Reserva Federal.

Al grupo libertario español, el Instituto Juan de Mariana, pertenece José Carlos Rodríguez. Para mí siempre ha sido un misterio el nombre de esta asociación, porque Juan de Mariana era colectivista y monarcómaco, no exactamente un libertario ni un conservador. En una ocasión discutí esta cuestión con el líder del Instituto, Gabriel Calzada, que lo justificaba por una oscura y marginal teoría económica del mercado de Mariana, que en ningún caso podría desplazar la imagen universal del jesuita como ideólogo del tiranicidio y la expropiación.
 
Todo esto viene a cuento de un ensayo y un artículo sobre Lincoln del mencionado JCR, que discrepa de mi interpretación sobre el presidente-mártir (una imagen que yo tomo de su admirador incondicional, Walt Whitman, el gran bardo de la democracia y uno de los iconos del movimiento gay contemporáneo).
 
Efectivamente, hay un culto a Lincoln que yo no comparto. No me refiero a las efusiones sentimentales de sus coetáneos, como Whitman y Hay, sino a muchos historiadores y biógrafos posteriores que han desarrollado el mito político, y entre los que predominan curiosamente los progresistas, los demócratas (hay muy pocos republicanos) y los izquierdistas (en este bicentenario han destacado algunos oportunistas, como el académico marxista Eric Foner o el propio presidente Obama). JCR se basa principalmente en los ensayos de Thomas J. DiLorenzo, un demócrata sudista y libertario –en ningún caso conservador– que defiende la tradición jeffersoniana frente a Hamilton (su última obra, Hamilton’s Curse, de 2008, es reveladora) y la Confederación frente a Lincoln, al que considera un usurpador y un dictador (v. sus obras The Real Lincoln, 2002, y Lincoln Unmasked, 2006; la primera, al parecer, ahora editada por el IJM).

Jefferson.Es una corriente crítica legítima, aunque un poco excéntrica y desviada de los cánones de la historiografía y la ciencia política académicas en los Estados Unidos. La refutación definitiva, a mi juicio, de las tesis confederales de Jefferson, Calhoun, los secesionistas del Sur y los defensores actuales de los derechos históricos de los estados (corriente, por cierto, mayoritaria en la academia y la judicatura americanas, con la aportación especial del profesor de derecho constitucional en la Universidad de Harvard Laurence Tribe, y su tesis nihilista: Constitutional Choices) la realizó brillantemente el politólogo conservador Harry V. Jaffa en dos obras ya clásicas: Crisis of the House Divided: An Interpretation of the Issues in the Lincoln-Douglas Debates, 1959, y A New Birth of Freedom: Abraham Lincoln and the Coming of the Civil War, 2000, que suman casi 2.000 páginas sobre el pensamiento de Abraham Lincoln.

Lo que no entiendo es por qué los integrantes de este culto marianista español se empeñan en ser o parecer liberal-conservadores, cuando las referencias a la religión y la moral cristiana, a la familia y a los valores tradicionales (los derechos inalienables de la Declaracion de Independencia de los EEUU, y asimismo la autoridad legítima y la nación política), les resultan incómodas y son excluidas de sus elucubraciones económicas, de signo libertario y anti-estatista abstracto.
 
Volviendo al caso concreto de Lincoln, JCR repite en sus escritos la falacia de que la soberanía original pertenecía a los estados. Olvida que en el texto de la Declaración de Independencia (1776) se habla de "One People" (el de las colonias rebeldes), y que el de la Constitución (1787) se inicia con la invocacion "We the People" (asimismo, la X Enmienda remite, en casos no delegados a la Unión –y no prohibidos por la Constitución–, a los estados, y en última instancia "to the People"). Ese pueblo originario, unido, constituido por individuos, es la substancia de la nueva Nación y el sujeto de la soberanía; un pueblo que se independiza y se organiza políticamente, primero como Confederación y finalmente como Unión federal. Los estados eran provincias administrativas, no sujetos de derechos históricos o políticos; por tanto, la secesión unilateral era ilegítima, y con razón Lincoln calificó de anarquía su justificación libertaria.
 
Lincoln es el heredero genuino de la tradición liberal-conservadora que representan Alexander Hamilton y los federalistas, con las lógicas imperfecciones proteccionistas de su época histórica y su circunstancia política, que a su vez se inspiró en la ilustración escocesa, inaugurada por Adam Smith, David Hume, etc., y continuada por Edmund Burke. Como pensaba éste, solo una libertad vigilante impide el libertinaje y la tiranía. Lincoln salvó la Unión, es decir, la conservó frente a la anarquía. Solo por esta razón, la mas básica de todas, pertenece legítimamente al panteón del conservadurismo norteamericano.


MANUEL PASTOR, catedrático de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid y ex director del Real Colegio Complutense en la Universidad de Harvard.
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