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SOBRE LA BOLSA

Su papel en la economía "real"

Con ocasión de las recientes caídas en la Bolsa, se han vuelto a escuchar las habituales necedades (necio es el que ignora lo que debería saber) al uso: La economía financiera no tiene nada que ver con la economía productiva; la Bolsa es un casino, morada de especuladores que en nada contribuyen a la creación de empleo, ni a la producción. Los más beligerantes repiten que el capital financiero es “especulador” y “parasitario”. Desde luego que el capital financiero es especulador, lo cual es antes una virtud que un defecto (especular viene del latín y significa prever anticipadamente). El primer especulador del que tenemos noticia fue José, hijo de Jacob y ministro del Faraón, que compró “barato” en años de vacas gordas, para vender “caro” en los de vacas flacas. José evitó de este modo, el despilfarro durante la bonanza, garantizando el abastecimiento durante la escasez. En absoluto el capital financiero es parasitario, sino, antes al contrario, increíblemente productivo como vemos a continuación.

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Las compañías mercantiles que transcienden el ámbito familiar (sociedades anónimas, limitadas y comanditarias) tienen su origen en el Renacimiento y se generalizan tras la Revolución Industrial. La fecha de su origen no es casualidad si se tiene en cuenta que el monje italiano Luca Pacioli estableció los fundamentos de la contabilidad por partida doble hacia mediados del siglo XV. En efecto, la contabilidad por partida doble permitía, por vez primera, conocer en todo momento, la situación patrimonial exacta de una empresa: sus activos (inversiones, créditos, inventarios y tesorería), sus deudas y, por diferencia, su neto patrimonial. Igualmente permitía calcular el beneficio o pérdida de la actividad, e incluso desglosar el resultado para conocer qué ramas y departamentos eran más y menos rentables. Por tanto, las participaciones representativas del capital de la compañía podían ser valoradas, adquiridas o trasmitidas prácticamente por cualquiera, sin necesidad de que existiesen vínculos familiares, o los fuertes lazos que hasta entonces se requerían para unir a los socios.

Hasta la aparición de las compañías mercantiles, una persona de medios modestos, tenía posibilidades muy limitadas de conservar riqueza para la vejez y los tiempos difíciles: podía atesorar metales preciosos o acumular pequeños stocks de víveres; también tenía la posibilidad de criar hijos, para que éstos cuidasen de él cuando faltasen las fuerzas. Como mucho, podía integrarse en una sociedad familiar. En dichas sociedades familiares (colectivas), los partícipes de más edad, normalmente, costeaban los utensilios, en tanto que los más jóvenes se encargaban del trabajo físico y manual. Estas condiciones perviven todavía hoy en una parte del mundo que podemos llamar precapitalista

En este entorno, era prácticamente imposible desarrollar inventos ni modificaciones técnicas que exigiesen financiación. Tampoco era posible organizar producciones a gran escala. Quien no tuviese una familia, tenía bastantes probabilidades de acabar en la beneficencia, cuando se hubiesen agotado sus ahorros. En una palabra, la inversión y la acumulación de bienes de capital, que permiten incrementar la productividad del trabajo, se veían enormemente constreñidos.

Las compañías capitalistas fueron el catalizador que precipitó la reacción en cadena. Ellas han hecho posible que los ahorros de centenares de millones de personas hayan servido para financiar, a través de la perspicacia y el espíritu empresarial, el desarrollo de un sinnúmero de inventos e innovaciones técnicas, así como la construcción de equipos, maquinaria e infraestructuras. Todo ello ha convertido el trabajo del enclenque ser humano en una fuente de producción impresionante y ha permitido al ciudadano medio occidental disfrutar de un nivel de abundancia impensable incluso para un emperador de la antigua China.

La Bolsa de valores y de deuda es el mercado a través del cual se lleva a cabo todo este milagro. En el mercado primario o de emisión, las compañías obtienen los recursos financieros para acometer sus proyectos. En el mercado secundario, se negocian los títulos. Las cotizaciones guían a los inversores. Nuevos propietarios cambian equipos de administradores, fusionan sus negocios, eliminan ciertas ramas de actividad o se lanzan a nuevos proyectos. Con todo ello, ahorradores, empresarios, inventores y especialistas forman mágicas alianzas, capaces a la vez de pagar sueldos altos a sus trabajadores y de producir bienes que nos hacen más fácil y divertida la existencia, desde las lavadoras a los microondas, desde los vuelos transcontinentales a los medicamentos que nos curan, desde la luz eléctrica a la fotocopiadora, desde el automóvil hasta la televisión. En fin, casi nada.
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