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FUEGO AMIGO

¿Un chivo expiatorio? ¡No!

Sin duda la actual ministra de Sanidad no tiene el perfil de ministro, lo ha demostrado repetidamente, pero la culpa de lo que esta pasando no es sólo suya ni mucho menos. Un Ministerio bien estructurado debe aguantar cualquier tipo de ministro que le adjudiquen. Un ministro es simplemente la bandera, no la cabeza, que esa tiene cerebro, del ministerio, es, a lo más, un regulador, un administrador del Ministerio. Un buen ministro tiene la obligación de hacer que el Ministerio marche bien, de enterarse como funciona y tras consejo, hacer lo posible para que funcione lo mejor posible, eso es lo que se llama administrar, que antes se decía ministrar.

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Un ministro no es un virrey, en un régimen democrático, es el que ministra en nombre del Gobierno, que es un "colectivo" elegido por los ciudadanos. Por eso es responsable ante el Gobierno y por ende ante los ciudadanos del funcionamiento de su Ministerio. El ministro(a) no es el Ministerio. Un desliz del ministro(a) recae sobre el Ministerio, pues se debe suponer que ha actuado en función de las informaciones proporcionadas por los servicios correspondientes. Hay dos casos posibles, a) la utilización de los consejeros competentes del Ministerio, la falta es de los consejeros técnicos, más que del ministro, otro caso b) se ha consultado consejeros incompetentes, por ejemplo nombrados a dedo. En este último caso la falta del ministro(a) es doble por decir lo dicho y aconsejarse mal. Hay un tercer caso: que el Ministerio funcione mal por falta de estructuras adecuadas.

Normalmente un Ministerio de Sanidad debe contar con unos laboratorios de control modernos, que puedan indicar a la autoridad correspondiente qué producto es dañino y en qué grado, para que tome decisiones con conocimiento de causa y no por intuición e informaciones lejanas, en este caso del aceite de orujo de oliva, de referencias checas.

De todas formas las autoridades del Ministerio, cuando un ministro "patina" deben intentar corregirle por el bien del Ministerio y del ministro(a). Si bien es cierto que el silencio es de oro, sobre todo en boca de ministros(as), en boca de funcionarios, a veces es culpable. El desarrollo del asunto este da la impresión de un “achantarse” general, que es de mal augurio para el futuro. Es como si el temor al superior superase al sentido de la responsabilidad. El miedo es mal consejero y consejeros temerosos son fuente segura de catástrofes sociales y económicas.

Hay un peligro, que se puede deducir del proceso del asunto del aceite de orujo, es que se tome a la ministra como chivo expiatorio y que todo siga igual. No cabe duda que la ministra ha actuado de un modo poco adecuado a su función, pero no está sola. ¿Quién la aconsejo? Nadie se cree que la ministra sea una especialista en dosis venenosas, ni en análisis de productos. Ni tiene por que serlo. Ahí están los consejeros que la han aconsejado. La culpa está en la falta de preparación de los asesores y en quién los ha elegido.

¡No a un chivo expiatorio! Una hecatombe si, es decir: cien bueyes expiatorios.
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