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Hillary, Trump y lo que pasa en Pennsylvania

El republicano cuenta con el inestimable apoyo de una realidad que está por encima de cálculos y marketing electoral.

Jorge Soley
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Donald Trump y Hillary Clinton | EFE

Ya sabemos que los debates entre candidatos raramente deciden unas elecciones. El primero de los cara a cara entre Hillary y Trump no va a ser la excepción a esta regla. Hillary sonó más profesional y presidenciable (normal en alguien que lleva casi toda su vida vinculada a la política, y con amplia experiencia en el Senado y en la Administración), pero sigue siendo esa representante del establishment, pagada de sí misma y poco transparente, en la que es imposible confiar. Trump al menos consiguió no soltar ningún exabrupto, pero su arrogante exceso de confianza le llevó a no preparar el debate y nos lo mostró como alguien con gigantescas lagunas (un comentarista escribió que sonó incoherente incluso para sus propios bajos estándares) e incapaz de aprovechar los puntos flacos de su rival. Como dicen en Estados Unidos, alguien unfit for the presidency, inadecuado para ostentar la presidencia de la primera potencia mundial.

Así pues, aunque tras el debate los fieles de cada candidato se habrán reafirmado en su elección, pocos argumentos se ofrecieron para los indecisos... lo que favorece a Clinton, en cabeza en casi todas las encuestas. Sólo que, tras lo de Colombia y el Brexit, algunos empiezan a preguntarse si las elecciones presidenciales de noviembre no serán el enésimo fiasco de las previsiones demoscópicas.

Mientras esperamos el desenlace, podemos ir revisando alguna de las cuestiones clave para determinar el apoyo de cada candidato. Como por ejemplo el problema de Trump con el voto católico. Los católicos constituyen cerca de una cuarta parte del electorado, y desde 1948 el candidato al que han votado mayoritariamente ha resultado ganador, con la excepción del año 2000, en que prefirieron, por muy poco margen, a Al Gore frente a George W. Bush. Claro que entre los católicos hay lo que en terminología norteamericana se conoce como sólidos demócratas o republicanos, esto es, católicos que votan invariablemente a uno de los dos grandes partidos (que son calificados, con todos los matices y limitaciones que una calificación como ésta tiene, como liberales o conservadores), pero también hay un tercio de moderados cuyo apoyo oscila entre ambos y que inclinan la balanza hacia uno u otro lado. Y Trump está perdiendo la batalla por ese voto católico moderado, mientras que no son pocos los católicos conservadores que se muestran reacios a votarle, reservas que el candidato republicano espera finalmente superar con el argumento del mal menor y eligiendo para puestos cruciales de su futura Administración a conservadores serios y pata negra como el antiguo presidente –y fundador– de la Heritage Foundation Ed Feulner.

Si ampliamos el foco y nos fijamos en los católicos de origen hispano, el problema de Trump es aún mayor. Si bien se asume que los hispanos siempre votan demócrata, la cuestión no es tan sencilla. En cinco de las últimas once elecciones presidenciales los republicanos han obtenido la mayoría del voto católico, en el que por otra parte el componente hispano tiene cada vez un peso mayor. Por no alejarnos mucho en el tiempo, en 2012 el republicano Mitt Romney perdió el voto hispano frente a Obama por sólo dos puntos, 48 frente a 50%, desmintiendo así que los demócratas tengan ganado el partido por los hispanos antes de bajar del autocar.

En cualquier caso, Trump no parece que vaya a repetir estos niveles de apoyo entre los hispanos. Que la inmigración ilegal y los problemas de criminalidad vinculados a ésta son un problema grave es cierto, también para los hispanos, y Trump ha tenido el mérito de romper el tabú políticamente correcto y de atreverse a decir en público lo que muchos piensan en silencio. Pero su discurso de trazo grueso, sin distinciones ni matices, le enajena el apoyo de la mayoría de los hispanos, que viven lo relacionado con la inmigración de forma mucho más instintiva y sentimental que racional. Algo que promueven los medios mainstream y que saben, y explotan, los demócratas. Sin un ejercicio de separación del grano de la paja es poco probable que la mayoría de los hispanos se plantee dar su apoyo al candidato republicano.

Uno de los lugares en los que el voto de los católicos puede ser determinante es precisamente Pennsylvania, un estado que ha votado al candidato demócrata en las últimas seis elecciones y en el que las encuestas dan una ligera ventaja a Hillary. Lo que sucede allí nos puede servir como una buena muestra de lo que están siendo estas elecciones. Frente a una campaña demócrata bien organizada, ordenada y con fondos, la campaña republicana sobre el terreno está resultando desastrosa: poca movilización y trabajo de calle, con una marcada división y descoordinación entre el equipo y la campaña de Trump y el del RNC, la campaña del partido republicano, que se enfoca no sólo en las presidenciales, también en los candidatos al Congreso en juego el próximo noviembre. Y eso que Pennsylvania es un estado clave si Trump quiere tener alguna opción de ganar.

Pero también leemos el testimonio de la proliferación en aquel estado de carteles pro Trump, de esos que se colocan clavados en el jardín de delante de tu casa: un tal Mr. Wagner explicaba recientemente a la prensa que compró personalmente 10.000 de esos carteles y que se los quitaron de las manos en tan solo diez días. Ahora están por todas partes. Y añadía: "La gente no ha estado nunca tan harta con el statu quo. Están hambrientos de cambio".

Se enfrentan, pues, una campaña con medios, organización y todo el apoyo del establishment, empezando por los medios de comunicación, y una campaña caótica e ineficiente dirigida por un ególatra imprevisible... que cuenta con el inestimable apoyo de una realidad que está por encima de cálculos y marketing electoral. Es lo que ha llevado a Trump hasta aquí, pero ¿será suficiente para sobreponerse a un candidato y una campaña manifiestamente insuficientes?

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