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Aterriza si es que puedes

Lo mejor para viajar, como siempre, es lo que decía Pascal: muchos de los problemas del hombre se resolverían sencillamente sabiendo quedarse en casa.

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Una vez durante una madrugada en el aeropuerto de Barajas me dejé llevar, la primera y única vez en mi vida, por la violencia física. Me acababan de informar, tras apenas cuatro horas de indiferente espera y tras sólo dos días de trasbordos alrededor del orbe, que mi vuelo regular de Iberia no iba a salir porque el piloto se había ido a dormir. Iberia, no líneas regulares de biplanos para fumigación de plagas. El piloto, no el conductor del tractorcillo para el acarreo de maletas. Me sujetaron cuando ya enarbolaba un extintor lleno para dirigirlo contra el panel electrónico de salidas, lo que hubiese sido divertido.

Y en el acto llegaron unos tipos, señor y señorita, que debían ser lo más cerca que estaré nunca de los llamados "controladores aéreos". Servían en efecto para controlar los ánimos exaltados del personal con sonrisas que convidaban precisamente a borrárselas, y de paso controlarse ellos mismos ante la lluvia incesante de insultos de lo más imaginativo. Supe entonces que lo de volar es una cosa tan complicada y tan desagradable que todo el mundo se escapa de hacerlo en cuanto puede: yo en cuanto me ofrecen la posibilidad de no despegarme del suelo para llegar a algún lado, los pilotos "civiles" en cuanto les ponen un buen catre a su disposición y los famosos "controladores aéreos" (que resulta son otros distintos que los que vinieron a razonarme sobre el engorro que me supondría comportarme en Barajas como los Led Zeppelin en una habitación de hotel) en cuanto llega el gran mes del turismo en España y eso les causa una fatiga invencible que les impide cumplir con su no del todo mal remunerado trabajo.

Por supuesto, ante la perspectiva de que vas a volar y luego resulta que no vuelas (y como bien glosó aquí el otro día mi colega Pablo Molina, un hombre tan ponderado que es de los que cree que el avión se sostiene en el cielo por el miedo del pasaje) puedes pedir, como en efecto hice, desde la intervención de la acorazada Brunete a la disolución en sesión plenaria de las Cortes de la compañía aérea, pero como no había perdido del todo el juicio no se me ocurrió pedir lo teóricamente más sencillo, que despertaran al piloto. Según cómo se levante uno tras quedarse traspuesto puede hacer lo que el torero Belmonte tras despertarse de aquella siesta tras la que agarró su pistola "luger". No, los pilotos pueden hacer básicamente lo que les dé la gana en la vida, y por lo visto los controladores súbitamente indispuestos también, si es que la contrapartida es la que dice el ministro de Fomento: que algunos controladores militares reciban un curso acelerado sobre cómo hacer que los "airbuses" aterricen aproximadamente de panza. Lo mejor para viajar, como siempre, es lo que decía Pascal: muchos de los problemas del hombre se resolverían sencillamente sabiendo quedarse en casa.

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