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El euro en caída libre

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José Ignacio del Castillo

Cuando España, junto con otros diez países, adoptó el Euro como moneda única en enero de 1999, éste se cambiaba por 1,16 dólares. Ayer bastaban 84 centavos y medio de dólar para obtenerlo. Puesto en pesetas, hace dos años y medio para conseguir un dólar había que entregar 143 pesetas. Ayer no se obtenía por menos de 197. Los mercados internacionales de materias primas cotizan sus precios en dólares. Igualmente, la mayor parte del comercio internacional fuera de Europa se lleva a cabo en la moneda norteamericana. Es decir, la moneda en la que cobran y con la que ahorran la práctica totalidad de los españoles (y alemanes, franceses, holandeses, etc.), ha perdido el 37 % de su valor en poco más de dos años.

En otras circunstancias, –ciudadanía informada, resistencia moral y cívica frente a los impunes abusos del estado–, ya habría aparecido un movimiento de protesta e indignación, cuando no una revuelta ante la estafa perpetrada. En la socialista Europa, sin embargo, nadie parece cuestionar el derecho del estado a manejar a su capricho y con carácter de monopolio, el patrón monetario. Hace décadas los estados se dedicaban a nacionalizar industrias y confiscar propiedades. El resultado de la devastación producida puede contemplarse con amplitud en Europa del Este, África o Latinoamérica, estando en general tales actuaciones bastante desprestigiadas. Más o menos por esas mismas fechas, los estados nacionalizaron los bancos centrales, confiscaron las reservas y decidieron que sólo ellos ejercerían el monopolio en los asuntos monetarios. Desde entonces, el valor de la moneda no ha cesado de caer en picado y hoy es difícil encontrar algún sitio donde conserve siquiera el dos por ciento de su valor de entonces. ¿Cuánto tiempo tiene que transcurrir todavía para que la gente se cuestione el mantenimiento de este monopolio que ofrece resultados tan impresentables?

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