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Renta y gasto: una vieja confusión

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Poca gente duda, a estas alturas, que la economía norteamericana ha entrado en una fase de desaceleración económica, cuando no de recesión. Las cifras de desempleo del último mes han sido especialmente malas -las peores desde el 93. Habitualmente, las malas noticias nunca vienen solas, y de nuevo aquí tenemos otro ejemplo. Si mala es la situación, peores son los diagnósticos que se escuchan y que apuntan como fuente de todos los males a la “falta de confianza del consumidor”.

Decía el banquero húngaro Melchior Palyi -al reseñar críticamente la vieja falacia mercantilista del subconsumo que John Maynard Keynes había vuelto a popularizar con la publicación de su Teoría General- que no parece serio exigir que, para que funcione adecuadamente la economía, el consumidor haya de estar obligado a comprarlo todo, no importa la calidad y cantidad de cada bien que se produzca, los costes de producción en que se esté incurriendo, o el precio que se pida por los productos. Aunque bien considerado el asunto, no vamos a pedirle seriedad a la “macroeconomía”, que desde su origen decidió que no cabía ocuparse de semejantes pequeñeces.

En efecto, en todo el ideario macroeconómico post-keynesiano en general, y en la propia forma de calcular la renta nacional en particular, lo que subyace es la vieja confusión entre gasto y renta. Si el gasto de uno es la renta o el ingreso de otro –se argumenta-, basta multiplicar el gasto para hacer lo propio con la riqueza. Dado que los “ricos” gastan una parte proporcional de su renta menor que los “pobres”, “redistribuir” ayuda a crear riqueza. Obsérvese que si sustituimos “ricos” por previsores y “pobres” por manirrotos, la redistribución arroja todavía mayores bendiciones. Por otro lado, como el gasto en inversión depende del estado anímico “maniaco-depresivo” de los empresarios, la solución estabilizadora es la nacionalización de la inversión y un mayor gasto público. Que este sofisma se siga repitiendo cada vez que repunta el desempleo y sea utilizado a la hora de calcular la aportación del gasto público al PIB es algo que sólo puede explicarse al margen de la ciencia de la Economía.

Veamos. Si cinco personas se encierran en una habitación y empiezan a pasarse como locos un puñado de billetes durante semanas hasta caer extenuados, las “estadísticas” dirán que han multiplicado su renta, su consumo y la satisfacción de sus necesidades de un modo que no tiene precedentes en la historia. Un ladrón no se atreve a decir que su actividad es beneficiosa porque cada vez que cometa un robo incremente su renta, y que por tanto, si el robo se generalizase, las rentas de la comunidad harían lo propio. Sin embargo, los gobernantes son “capaces” de incrementar la renta nacional subiendo los impuestos e incrementando el despilfarro público. Aunque usted no se lo crea, si usted ahorra y se queda con lo que ha producido, la renta nacional va a arrojar peores datos de producción que si a usted le quitan ese dinero a través de los impuestos y a continuación sus señorías dotan un crédito presupuestario para darse un festín a su costa. Y es que la “contribución” del gasto público a la renta nacional, se valora al ¡coste de producción! -cuanto más despilfarro mejor- y no al precio que en el mercado voluntariamente alguien haya pagado por el servicio.

Aunque algunos creamos que un intercambio sólo es beneficioso si es voluntariamente querido por ambas partes, los pseudo-economistas nos explican que robar -cobrar impuestos a los que más ahorran- y despilfarrar, falsificar dinero -abusar del crédito y envilecer la moneda-, o “jugar” al Monopoly y hacer estadísticas ad hoc, tienen idénticos efectos. Todo, antes que permitir que el consumidor sea soberano, que guíe la producción, que seleccione continuamente a los productores que mejor están satisfaciendo sus necesidades más urgentemente sentidas y que se liquiden aquellos negocios que no sean viables. El modelo ideal es el soviético, donde ninguna rama productiva fue liquidada en setenta años. La “notable calidad y cantidad” de su producción así lo atestigua.

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