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José Sánchez Tortosa

Acordeones en Babia

Que los pobres sean felices con sus móviles y estén concienciados sin crítica en los mantras ideológicos de moda. El sistema escolar queda como un eficaz expendedor de títulos que no se va a detener por este imprevisto.

José Sánchez Tortosa
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Que los pobres sean felices con sus móviles y estén concienciados sin crítica en los mantras ideológicos de moda. El sistema escolar queda como un eficaz expendedor de títulos que no se va a detener por este imprevisto.
La ministra de Educación, Isabel Celáa | EFE

La plaga global del virus ha sacudido el espectáculo, ha resquebrajado la trama de la función. Ha interrumpido el ensueño del bienestar. Ha hecho despertar del sopor cotidiano a unas sociedades espectaculares y, por tanto, infantilizadas, las ha estrellado de golpe contra el principio de realidad. Frente a la muerte masiva, la fragilidad de lo humano, la soledad impuesta y el pánico vital, ahogado en olvido por el fragor cotidiano y ahora ante la vista día a día, es más difícil que la impostura teatral de la cual se alimentan las sociedades postmodernas sea creíble. Sin embargo, siempre se acaban por encontrar las mitologías más gratas, con las cuales dar satisfacción simbólica a lo incomprensible y espantarlo de la mirada.

En el plano de lo educativo, semejante impacto ha afectado de manera peculiar, por las condiciones impuestas a los ciudadanos. La pandemia ha desnudado la institución escolar vigente. Ha puesto de modo imprevisto frente a un espejo despiadado un modelo pensado para el ocio y el entretenimiento, la anestesia social y las inercias emotivas, un sistema cuya verdadera función consiste en acoger bajo supervisión administrativa durante las franjas de los horarios laborales mayoritarios a bolsas de población en edad improductiva: contención y, para limar asperezas y lubricar la maquinaria, entretenimiento. Como en Babia, los profesores han de ser expertos en ocio, actuaciones casi circenses y actividades lúdicas, maestros de acordeón, flautistas de Hamelín:

El pueblo –indicó un tercero– quiere acordeón. Y como veo que esto os suena como acertijo, os lo voy a explicar. Hay una región en el noroeste de la provincia de León y el suroeste de Asturias, región montañosa bravía, donde la masa, el pueblo, escoge por sí mismo los maestros que a temporadas han de enseñar a sus hijos. Y hay hasta una feria de maestros, de maestros babianos. Se les llama babianos porque proceden, en general, de Babia, localidad, que se ha hecho proverbial, de la montaña leonesa de ese lado. Cada maestrillo babiano expone en la feria cuáles son los problemas que sabe o los primores que puede enseñar; pero vence el que sepa tocar el acordeón.

–¿Para que se lo enseñe a los niños?

–No, sino para que a su son bailen mozos y mozas, y acaso para adormecerlos y que se pasen así la siesta de la vida. Porque la vida no es sueño para ellos, como para Calderón de la Barca y sus contemporáneos lo fue; la vida para ellos es siesta, y siesta sin ensueños. Hay que sestear la vida lo más alegremente posible.

(Unamuno, Monodiálogos)

Pero ante el cese de la actividad escolar presencial, la función del sistema, en general asumida hoy en esta tesitura por los padres, ausentes en condiciones normales, ha quedado cancelada. Por eso los problemas a los cuales la crisis ha abocado al sistema se reducen, a efectos operativos, a la titulación, es decir, al desagüe burocrático de los estudiantes. Y por eso, también, un modelo perpetrado bajo las retóricas hueras del igualitarismo, la inclusividad y la solidaridad, versiones secularizadas de la caridad, ecosistema en el cual los sujetos más desfavorecidos son los que menos oportunidades tienen de dejar de serlo, perpetuados en la felicidad solemne y bobalicona de una enseñanza que no enseña, abre brechas socioeconómicas que se reproducen en el sistema a distancia e, incluso, se acentúan, cuando ni siquiera cabe la intervención modesta, callada, pequeña y heroica de muchos profesores que aún se empeñan en que sus alumnos sean mejores, sepan más, sean más independientes. La clave diferencial entre un formato (el de docencia presencial) y el otro (in absentia) es la contención demográfica, es decir, la función prioritaria de orden público del sistema educativo, y su cobertura necesaria: el entretenimiento. En el primer formato, esa función de acogida y divertimento es competencia del centro escolar. En el segundo, del núcleo familiar. Las diferencias en el rendimiento de los alumnos no variarán significativamente, pues en un sistema indolente y débil, que reduce los ritos de paso de curso a trámites de oficina, los alumnos con escaso apoyo extraescolar tienen más posibilidades de fracaso escolar. Esa situación se repite ahora. El problema del aprendizaje real de los estudiantes no se menciona más que retóricamente. La titulación formal, que a pesar de su hiperinflación no llega hasta tapar el fracaso escolar, no mide apenas el aprendizaje de los alumnos. La reivindicación de aprobado general o la relegación de las repeticiones a la casuística de lo excepcional o anormal (lo que no cae bajo la norma general) son trampantojos hechos de confusiones y consignas efectistas que encubren otros problemas, los decisivos.

En un modelo como el actual, la titulación no mide el grado de adquisición de conocimientos ni de madurez intelectual por defectos o desajustes, por anomalías coyunturales o mala aplicación, sino porque no está diseñado para eso. La titulación es la burocratización de la acogida demográfica, la canalización administrativa de sujetos en trance prelaboral. De ahí que la cuestión no sea, en realidad, la del aprobado masivo, sino la de la titulación general. Cuestión que, es preciso recordar, el Gobierno de progreso, siempre avanzando, ya había sugerido antes de la crisis sanitaria, con la propuesta de que se pudiera titular en Bachillerato con una asignatura suspensa. Hay que señalar, además, que la titulación ya era posible en secundaria con dos asignaturas no aprobadas. Lo que, por presión de los departamentos de orientación, algunas inspecciones y la complicidad de ciertos profesores, constituía un hecho consumado a la espera de ser sancionado legislativamente, este curso puede entrar en el rango de esa normalidad pintoresca mencionada en la nota de prensa del Ministerio:

El MEFP y las CCAA han acordado que, para que los estudiantes no pierdan el curso y puedan continuar avanzando en su formación, teniendo en cuenta de manera especial la situación de los más vulnerables, la evaluación será continua, la promoción de curso será la norma general y la titulación debe ser la práctica habitual para aquellos alumnos que finalicen 4º de ESO o 2º de Bachillerato y FP. Una decisión que, en todo caso, será tomada por el claustro de profesores en su conjunto.

Ahí, por lógica implacable, dada su funcionalidad administrativa más que docente, los profesores van quedando cada vez más en oficinistas o notarios cuya labor, lejos de enseñar, será la de levantar acta de los trámites procedimentales seguidos en cada caso para cumplimentar la titulación universal. Lo veremos ahora cuando se cargue a los profesores que osen pedir exigencias académicas básicas con volúmenes disuasorios de prolija documentación que rellenar en los improbables casos de repetición, que habrá que justificar convenientemente, como ya ha advertido la titular del Ministerio del ramo. Esa indiscriminada limosna constituye una injusticia objetiva y una estafa en toda regla, en especial para los alumnos que, por tener poco respaldo material en sus familias, necesitan una exigencia máxima y poder competir en igualdad de condiciones con sus pares, beneficiando a los que con menos nota y peor enseñanza en la escuela tienen más posibilidades familiares y económicas para superarles. A escala social es, además, una catástrofe generacional continuada. El progreso, progresando sin parar hacia la estulticia total y la elitización real. Que los pobres sean felices con sus móviles y estén concienciados sin crítica en los mantras ideológicos de moda. El sistema escolar queda como un eficaz expendedor de títulos que no se va a detener por este imprevisto.

El igualitarismo populista propio del pedagogismo postmoderno, instituyéndose materialmente en una suerte de Poder eclesiástico que domina el consenso pedagógico, una superestructura conceptualmente delicuescente que transfigura la dura realidad de una enseñanza vaciada, se alimenta de mitos recurrentes que tejen su retórica. Dos de ellos tienen que ver con la solución digital a la que se ha recurrido ahora por causa de fuerza mayor: el de que hay que preparar a los alumnos de hoy para profesiones que aún no existen, como si saber leer, escribir, resolver problemas matemáticos y discutir según criterios comunes de racionalidad objetiva no sean imprescindibles para cualquier profesión habida y por haber, y el de los llamados nativos digitales. Éste no deja de ser un truco demagógico basado en la retórica antijerárquica e igualitarista que pretende que, en pericias tan relevantes en las sociedades informatizadas, "el alumno sabe más que el profesor". Esta desautorización de la función profesoral basada en la entelequia del dominio de lo digital por parte de los alumnos se esfuma ante la realidad diaria, como la mayoría de docentes estará comprobando. La situación presente ha desvelado también esa decepcionante evidencia. Los jóvenes son simples consumidores ágrafos de dispositivos basados en la imagen, fantasmáticos e infantilizadores, pero la mayor parte de ellos quedan en usuarios muy limitados de programas de procesadores de textos, correo electrónico y plataformas de intercambio de archivos. Y en este aspecto también se detecta la brecha en que un sistema invocado como progresista y democrático, frente a los modelos reaccionarios y autoritarios constantemente denostados por sus portavoces, confina a los más vulnerables y dependientes.

Y como suele ocurrir en polémicas con visibilidad mediática, los puntos de apoyo del problema son obviados y sumidos en el silencio frente a aspectos más llamativos que prenden en la trifulca televisiva o tuitera, destino fatal de este simplismo crónico y maniqueo en el que no dejan de sonar acordeones discordantes pero hipnóticos.

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