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La coherencia de Benedicto XVI

Hay que agradecerle la labor que ha desempeñado y admirar el coraje que ha demostrado al presentar su renuncia por el bien de la Iglesia.

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El papa Benedicto XVI ha anunciado la decisión de renunciar al ministerio pastoral que le fue encomendado en abril de 2005. Lo hace libremente, como él mismo ha explicado, una vez que ha constatado que no reúne las fuerzas necesarias para desarrollar su misión como conviene en un momento particularmente complejo para el mundo y para la Iglesia.

La noticia, que ha sorprendido a todos –y quien diga lo contrario no hace sino especular–, se produce en un día particularmente señalado. La Iglesia celebra hoy la fiesta de María bajo la advocación de Nuestra Señora de Lourdes, celebración que coincide con la Jornada Mundial del Enfermo. Benedicto XVI no ha gozado nunca de excelente salud –y esto sí es notorio desde hace mucho tiempo–. Hasta qué punto su fortaleza física se haya resentido a causa de la edad y otros problemas no lo sabemos a ciencia cierta, pero seguramente esta falta de energía ha sido uno de los factores que más ha influido en su decisión.

Hoy, 11 de febrero, se celebra también el aniversario de la firma de los Pactos Lateranenses de 1929 y, con ellos, de la creación del actual Estado de la Ciudad del Vaticano. El Papa une a su ministerio pastoral universal el ejercicio de soberano de este pequeño aunque influyente territorio. Su gobierno no es fácil, puesto que a las continuas ocupaciones de representación institucional se une la dificultad de gestionar esa máquina burocrática anquilosada, necesitada de reforma desde su misma creación, que es la Curia Romana, causa directa de muchos problemas durante este pontificado. Poco han tardado en alabar el trabajo realizado por Benedicto XVI los mismos que han intentado torpedear desde dentro su labor en estos casi ocho años, a través de filtraciones y actuaciones poco decorosas.

Hoy, no obstante, interesa recordar lo que este pontificado ha supuesto para la Iglesia y para el mundo. Suceder a Juan Pablo II no era una tarea fácil, y Benedicto XVI fue consciente de ello. Es cierto que él, siendo cardenal, fue uno de los pilares del pontificado de Juan Pablo II, pero pasar a la primera línea constituyó una misión bien diferente. Comenzaron enseguida las siempre odiosas comparaciones, la cuestión de saber si tenía más o menos carisma que su antecesor; si conectaba mejor con la gente o, por el contrario, era distante y frío; si su terrible pasado como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe se traduciría en un pontificado oscuro y retrógrado. Benedicto XVI pasó inmediatamente por encima de todas estas especulaciones. Ya desde el inicio de su ministerio dejó claro cuál era su objetivo, a qué misión había sido llamado:

Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia.

Muchos, aquellos que conciben la Iglesia como un ente simplemente burocrático, interpretaron estas palabras llenas de sentido común como un signo de debilidad y pensaron que manejarían a su antojo a un Papa anciano, y así lo intentaron. Sin embargo, Benedicto XVI, humilde y sabio como pocos, comenzó enseguida a ofrecer signos de renovación interior y exterior. Fue, en parte, una tarea dura y desagradable, como cuando hubo de enfrentarse abiertamente a los casos de pederastia que desde hacía décadas contaminaban a la Iglesia en muchas partes del mundo. No olvidó tampoco que era necesario invitar a los cristianos a una mayor vinculación con la Iglesia y dio continuidad a la celebración actos multitudinarios como las Jornadas Mundiales de la Juventud y de las Familias; pero además se esforzó por formar a esos mismos cristianos, cuya vida de fe no podía quedar reducida a una expresión exterior de afecto por el Papa o de ilusión pasajera. Benedicto XVI tradujo toda su capacidad intelectual en un lenguaje comprensible para todos. Sus encíclicas, homilías, catequesis y libros demuestran su interés por explicar a los creyentes la fe, en modo tal que la puedan vivir de manera íntegra, por hacerles ver que la fe no es sólo sentimiento sino, sobre todo, conocimiento de Dios.

Comienza ahora una nueva etapa. A finales de este mes, una vez que la dimisión sea efectiva, se convocará un nuevo cónclave y será elegido un nuevo obispo de Roma. No es el momento de hacer cábalas sobre posibles candidatos, carentes de interés y certeza: es la hora de agradecer a Benedicto XVI la labor que ha desempeñado en estos años y de admirar el coraje que ha demostrado al presentar su renuncia por el bien de la Iglesia. 


Juan Antonio Cabrera Montero, padre agustino.

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