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Juan Ramón Rallo

Después del estímulo viene la recaída

La solución a la crisis no pasa por producir "lo que sea", sino por reestructurarnos para que podemos producir lo que necesitamos. No es un problema de falta de demanda, sino de inadecuación de la oferta.

Juan Ramón Rallo
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Pocas cosas son más peligrosas en economía que las metáforas mecanicistas; eso de que la economía es una máquina que necesita de empujones o estímulos para volver arrancar. Parece que si pulsamos un botón o tiramos de una palanca, automáticamente obtendremos los resultados deseados. Pero no, la economía es un sistema complejo, casi caótico, y entrar a cuchillo con una mala teoría sólo incrementa el riesgo de que nos desangremos.

La macroeconomía keynesiana razona exactamente así: si la economía entra en crisis, dicen, es porque la demanda agregada del sector privado se ha desplomado. ¿Solución? Que el Estado incremente su demanda de bienes y servicios (gasto público) para compensar el hundimiento privado. No podía ser más sencillo: una vez hemos evitado que se nos cale el coche, las empresas privadas ya podrán volver a presionar con fuerza el acelerador y volveremos a crecer con vigor.

La receta intervencionista tiene, sin embargo, algunos problemillas. El primero de orden práctico: no hay ninguna relación entre aumentos del gasto público y recuperación. En ninguna de las tres grandes crisis del último siglo (la Gran Depresión, los años 70 y la actual), los programas de estímulo público consiguieron que las economías salieran del estancamiento. Los keynesianos se escudan en que sin estos programas de despilfarro masivo la depresiones habrían sido mucho más duras; excusas de mal pagador que, por cierto, no dejan de ser graciosas: los mismos que insisten en que los modelos económicos debe formalizarse matemáticamente para así poder falsar sus predicciones con la realidad son los mismos que luego, cuando la realidad no encaja con lo que esperaban, se cubren las espaldas arguyendo que los efectos de los modelos no son directamente observables.

Pues bien, si los efectos no son directamente observables, si debemos suponerlos comparando la realidad con lo que hubiese podido pasar, planteémonos qué ha pasado con los "estímulos" y que hubiese podido pasar sin ellos.

Y aquí está el otro problema, de orden teórico, del razonamiento keynesiano. Veamos, ¿es siempre positivo para una economía que toda la población esté trabajando? Pues depende. Imagine que hay una persona que sólo acepta trabajar a cambio de que se le abone un salario anual igual a toda la producción del resto de la sociedad (lo que vendría a ser el PIB). A menos que ese individuo fuera capaz de producir en un año algo que el resto de la sociedad valorara más que todo el PIB (cosa harto dudosa), está claro que no convendría que ese individuo trabajara. Simplemente, el intercambio no nos interesa: aquello que nos puede ofrecer esa persona parada es muchísimo menos valorado que aquello que nos demanda a cambio.

¿Qué sucedería entonces si el Gobierno obligara a toda la sociedad a contratar a ese individuo? Por paradójico que parezca, ¡el empleo total y el PIB de esa economía aumentarían! Es cierto, el resto de la sociedad sería expoliada por ese individuo, pero como se ha decidido a trabajar gracias al elevadísimo salario que le paga el Gobierno a nuestra costa, saldría de las listas del paro y además se pondría a fabricar mercancías que aumentarían marginalmente el PIB. ¿Seríamos de algún modo más ricos que antes? Obviamente no, estaríamos sufragando modelos productivos caros e ineficientes a costa de los modelos que permiten un uso más eficiente de nuestros recursos escasos; pero sobre el papel, sí parecería que estamos mejor.

Y claro, tan pronto como el Gobierno dejara de obligarnos a contratar los onerosísimos servicios de ese trabajador, nos abstendríamos de hacerlo, de modo que el paro volvería a aumentar y el PIB descendería. Ya lo tienen: crisis en forma de W.

Pues exactamente esto es lo que sucede cuando los gobiernos de medio mundo aprueban planes de "estímulo" para crear empleo y relanzar el PIB: pagan a los parados salarios más elevados que el valor de aquello que producen. Eso es exactamente lo que han hecho España y Estados Unidos y es por eso que estamos peor de lo que habríamos estado sin los planes de estímulo; por mucho que los keynesianos insistan en que sin ellos, el paro habría sido manor y el PIB menor. Es como producir con pérdidas y creernos que eso nos enriquece.

La realidad, con todo, aún es peor. Dado que los programas de obras públicas no requieren únicamente para su implementación de trabajadores parados sino también de otros factores productivos (como maquinaria, materias primas o energía) que están siendo utilizados por otros empresarios en la economía, esos factores se encarecerán y abocarán a la quiebra (o reestructuración) a los empresarios (estos sí, eficientes) que los estaban empleando. Por consiguiente, cuando se retiran los planes de estímulo, no es ya que la hinchazón remita a la posición original, sino que entremedio habrá tenido lugar una destrucción neta de riqueza y de nuestra capacidad productiva.

No, la solución a la crisis no pasa por producir "lo que sea", sino por reestructurarnos para que podemos producir lo que necesitamos. No es un problema de falta de demanda, sino de inadecuación de la oferta. Por eso, después de los estímulos destructivos de Obama y Zapatero, viene necesariamente una recaída más dura que la anterior. Gracias por pensar siempre en los ciudadanos.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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