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Juan Ramón Rallo

El mito del ahorro chino, otra vez

No fue el exceso de ahorro chino lo que redujo los tipos de interés en EEUU. Fue la expansión crediticia de su sistema bancario que, tras filtrarse a China mediante el aumento de las importaciones, les regresó como si de un boomerang se tratara.

Juan Ramón Rallo
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Una de las explicaciones más populares de la crisis actual, apadrinada por cuanto keynesiano se precie, es que durante la primera década del s. XXI hubo un exceso de ahorro global en la economía mundial, procedente sobre todo de China. Tal era el volumen de ahorros que los inversores no sabían qué hacer con él: los tipos de interés cayeron tanto que la única manera de obtener rentabilidades mínimamente apreciables era asumiendo dosis crecientes de riesgo –como las hipotecas subprime– que terminaron por hacer morder el polvo a la economía mundial.

Este domingo Paul Krugman repetía esta pueril explicación desde El País: los chinos ahorraron demasiado y, para colmo, implementaron una política mercantilista que está en el origen de todos los males. La culpa, concluye, no fue de la Reserva Federal, que mantuvo los tipos de interés artificialmente bajos durante varios años como él mismo defendió, sino de que los chinos, obcecados ellos, no cejaban en su irracional empeño de ahorrar e invertir demasiado.

La explicación no es nueva y el propio Greenspan la empleó para defenderse de las acusaciones típicamente austriacas de que su política de bajísimos tipos de interés generó la orgía crediticia y la burbuja inmobiliaria que se encuentran en los orígenes de la presente crisis: "yo no fui, fueron los malvadísimos chinos que tienen el insufrible defecto de ahorrar". La realidad es otra y cualquiera que sepa mínimamente cómo funcionan los bancos y el comercio internacional debería ser consciente de todos los errores que esta keynesiana explicación contiene.

Cuando el sistema bancario estadounidense –capitaneado por la Reserva Federal– comenzó a expandir el crédito endeudándose a corto plazo e invirtiendo a largo, parte de esa expansión crediticia se filtró al extranjero. Las familias y empresas estadounidenses no sólo empleaban el crédito para comprar más bienes dentro de Estados Unidos sino también fuera de Estados Unidos, particularmente en China. Dado que las compras estadounidenses a China (importaciones) crecieron impulsadas por el crédito barato, Estados Unidos fue acumulando un déficit comercial con el gigante asiático.

En un sistema de tipos de cambio flexibles, lo normal es que a largo plazo el país que expanda más el crédito vea depreciar su divisa frente a los países que menos lo expanden. Sin embargo, el caso del dólar y el yuan es distinto: por los motivos que sea, China quiere mantener un tipo de cambio fijo con Estados Unidos, de modo que su banco central está dispuesto a comprar cualquier cantidad de dólares que se le ofrezca a un precio constante. Si gracias al crédito barato los estadounidenses compran mucho a los empresarios chinos, éstos acumularán grandes reservas en dólares, y lo normal será que quieran convertirlas en yuanes para poder operar dentro de su país (se ha acusado a China de practicar una política mercantilista por evitar que el dólar se deprecie con respecto al yuan. No me detendré en esta crítica ahora, pero sí diré que en líneas generales me parece una tontería: un yuan artificialmente barato no sólo permite a los estadounidenses comprar productos chinos más baratos, sino también comprar más baratas las empresas chinas que fabrican esos productos).

Hasta aquí ningún problema: si el Banco Central Chino crea, pongamos, siete yuanes por cada dólar que tiene en reservas, simplemente está sustituyendo un poder adquisitivo (el del dólar) por otro (el de los siete yuanes). Nada cambia en la economía. Pero el Banco Central Chino no se limitó a hacer eso: su propósito era rentabilizar las reservas de dólares que estaban respaldando sus emisiones de yuanes. ¿Para qué sentarse sobre una montaña de dólares si podían invertirlos y sacar una rentabilidad? Pensado y hecho: el banco central utilizó sus reservas de dólares para comprar activos estadounidenses como las hipotecas subprime, lo que hizo que los tipos de interés a largo plazo se redujeran aún más de lo que ya lo habían hecho merced a Greenspan.

Si nos fijamos, estos dólares que el Banco Central Chino volvió a prestar a los estadounidenses tenían muy poco que ver con el ahorro (en realidad, estaba endeudándose a corto plazo en yuanes y prestando a largo plazo en dólares). Ahorrar es un acto que equivale a dejar de consumir: yo renuncio temporalmente a unos recursos para que otro individuo (el inversor) los utilice mientras tanto en sus proyectos empresariales. Los chinos, sin embargo, no renunciaron en ningún momento a consumir: por un lado crearon yuanes que sus ciudadanos empleaban para comprar bienes presentes y, por otro, prestaron a los estadounidenses los dólares que respaldaban esos yuanes para que pudiesen adquirir esos mismos bienes presentes. Ahorrar habría sido o que los chinos no consumieran con sus yuanes o que los estadounidenses no invirtieran con los dólares que respaldaban esos yuanes. Lo otro sólo creó una nociva doble disponibilidad de recursos que se saldó en una enorme inflación mundial. ¿Dónde? En aquellos recursos que eran más escasos: las materias primas.

No fue, por consiguiente, el exceso de ahorro chino lo que redujo los tipos de interés en Estados Unidos. Fue la expansión crediticia de su sistema bancario interno que tras filtrarse a China mediante el aumento de las importaciones les regresó con fuerza como si de un boomerang se tratara. Las cifras son elocuentes: entre 2001 y 2006 las reservas de dólares del Banco Central Chino crecieron en unos 700.000 millones. ¿Y sabe cuánto aumentaron las inversiones chinas en Estados Unidos durante ese período? ¡En 700.000 millones! Dólar por dólar.

Hace 40 años el gran economista francés Jacques Rueff llamó a este fenómeno el pecado monetario de Occidente, ese extraño privilegio por el que algunos países pueden "comprar sin pagar, dar sin tomar, prestar sin pedir prestado y acumular déficits comerciales sin sufrir las consecuencias". Pero parece que ningún chollo es eterno, y Estados Unidos lo está empezando a descubrir. Más que culpar a los chinos por ser demasiado frugales habría que pensar si los estadounidenses (y los españoles) no fueron pródigos en exceso y gastaron lo que no tenían. Lo cual no quita, claro, para que uno de los responsables intelectuales de este desaguisado, el inflacionista Krugman, siga propugnando hoy los mismos remedios que defendió ayer y que tan funestas consecuencias han tenido para toda la sociedad.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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