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¿Nos han intervenido? Ya era hora

O nos intervienen desde fuera como se hace con todas las repúblicas bananeras, y España lo es salvo por lo de república, o estaremos condenados a seguir pagando las irresponsabilidades de una cuadrilla de políticos a cada cual más populista.

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En apenas siete días, Zapatero ha reconocido de facto que toda la política económica con la que nos ha torturado durante los últimos dos años y medio ha sido un completo fiasco. Una burla, una pérdida de tiempo y dinero, una farsa continuada, una mascarada deliberada y universal dirigida a apacentar a las ovejas españolas mientras las esquilaba.

En poco más de una semana, el Ejecutivo socialista ha anunciado un urgente recorte del gasto público que cifran en 50.000 millones a lo largo de los tres próximos años, una inaplazable reforma de las pensiones que pasa por rebajar su cuantía y retrasar la edad de jubilación y una apremiante flexibilización laboral cuyos detalles conoceremos este viernes.

No se trata, claro, de que las medidas sean ni mucho menos suficientes para impulsar la pronta recuperación que tanto ansían los españoles. El tijeretazo de 50.000 millones del gasto debería implementarse en un solo año y no en varios. El sistema público de pensiones no resistirá con los meros parches propuestos, tal y como ha puesto de manifiesto el profesor Barea, y en todo caso constituye un fraude que debería ser sustituido por uno de capitalización. Y la reforma laboral previsiblemente no meterá mano a esa fascistada de los convenios colectivos.

Pero, en todo caso, las tres reformas avanzan en la dirección que algunos de nosotros ya reclamábamos hace más de dos años –reducción del gasto público y liberalización del mercado de trabajo– y en la contraria en la que permanecían enrocados los socialistas; a saber, lo que necesita este país es más dispendio estatal y salarios más elevados para relanzar la demanda de nuestra economía. Boberías que nunca han enriquecido a ninguna sociedad, pero sí han empobrecido a muchas, tal y como ilustra la ciénaga en la que Zapatero y sus compinches han transformado a la nuestra.

¿Por qué entonces Zapatero ha terminado por tragarse sus propias palabras? ¿Por qué ha renunciado aunque sea tímidamente a su bravuconería socialista, a su retórica intervencionista, a su arrogancia keynesiana? ¿Por qué lo ha hecho, además, en algunos asuntos con efectos tan a largo plazo como las pensiones? ¿Por qué, en fin, en una semana ha enmendado el discurso de toda una legislatura?

Desde la izquierda más ultramontana –políticos marxistas, sindicatos apesebrados y periodistas afectos al régimen– han vinculado el cambio de actitud de Zapatero, su traición a los principios generales del movimiento, a la presión que ejercen los mercados financieros. Probablemente ni siquiera entiendan el modo en que éstos funcionan, pero al menos el sintagma les sirve para continuar endilgándole al (neo)liberalismo todos los males de la humanidad que en realidad ellos han creado. Dado que la realidad no les agrada, dado que la realidad no encaja en su distorsionado paradigma ideológico, prefieren simplemente descalificar la realidad. Allá ellos con su conciencia, si es que la tienen.

Pero lo cierto es que resulta más que dudoso que al PSOE le importe mínimamente la opinión de los inversores (como ilustra el último año y medio), salvo para tratar de colocarles cantidades crecientes de deuda que le permitan continuar gastando a manos llenas.

Lo razonable no es fijarse en los especuladores a quienes Zapatero quería apretar las tuercas, sino en Uropa, esa otra entelequia que tanto encandila a la izquierda salvo cuando se utiliza para pedirles que sean mínimamente responsables. Muy tontos serían los políticos europeos si se quedaran contemplando cómo el kamikaze Zapatero inmola a España en el altar del socialismo y, de paso, se carga la economía europea de la que ellos se amamantan. Parece que lo que no supieron percibir cuando nuestro presidente prometía llevarnos al corazón de Europa es que iba a hacerlo con una bomba de relojería escondida debajo de sus cincuenta pares de calzoncillos.

Sin duda, con Grecia tienen suficiente en la Unión Europea. Las instituciones y el euro no lo aguantan todo y menos a un niño tan tragón como España. Todavía tenemos muchas deudas que pagar a alemanes, franceses e ingleses; demasiados intereses como para que nos dejen descarriarnos y descarriarlos a ellos.

Pero al cabo, que esta panda de vampiros de Bruselas intervengan la economía española puede ser la mejor y probablemente única solución. Si Zapatero sigue sabiendo la misma economía que cuando nació y Rajoy piensa encabezar la próxima manifestación sindical contra la reforma de las pensiones, o nos intervienen desde fuera como se hace con todas las repúblicas bananeras, y España lo es salvo por lo de república, o estaremos condenados a seguir pagando las irresponsabilidades de una cuadrilla de políticos a cada cual más populista. 

Veremos hasta dónde llega la intervención. La clave, en la reforma laboral del viernes: si el Gobierno impusiera cambios drásticos a un mercado laboral que todavía sigue disfrutando (especialmente sus cinco millones de parados) de las generosas regulaciones de Franco, entonces podremos decir que quien reinará pero no gobernará en España, al menos en asuntos de política económica, no será el Borbón sino el Rodríguez. "O haces lo que te decimos o te juegas". Ya podrían haberle amenazado antes; no sólo hemos perdido más de dos años jugando a ser Keynes, sino cientos de miles de millones de euros. Y eso ni lo pagará el PSOE, ni el PP, ni los de Bruselas: lo pagaremos ustedes y yo.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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