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Del clamor por la tierra y otras sandeces

Cuando se posee algo legítimamente, por adquisición, donación o herencia, no hay razón para que alguien lo expropie a uno aduciendo que lo hace porque uno es descendiente de un despojador

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En un seminario al que asistí la semana pasada en Estados Unidos, un politólogo canadiense me preguntó cuál es la postura de los liberales guatemaltecos respecto a la problemática agraria. “El clamor por la tierra” es una frase políticamente correcta que mi colega había escuchado alguna vez y que fue acuñada en la región centroamericana por algunos curas metidos a redentores sociales. Le respondí que no podía hablar por todos mis compatriotas liberales –desafortunadamente no son muchos–, pero que, en lo que a mí respecta, tal clamor por la tierra es solamente otra bandera para los busca rentas que estos días infestan el istmo.
 
Que gran parte de los dueños de la tierra en Guatemala, hoy, son descendientes de los conquistadores españoles, sí. Que aquellos invasores de hace cinco siglos cometieron tropelías a granel, sí. Que nuestra historia está plagada de injusticias y absurdos, también. Pero de allí a afirmar que existe tal cosa como una “justicia histórica”, hay mucho trecho. Simplemente es un sinsentido afirmar que con base en tan cuestionable noción de justicia se puede despojar a los propietarios legales de sus tierras para redistribuirlas entre quienes dicen ser descendientes de los pobladores nativos, olvidando convenientemente que la inmensa mayoría de los centroamericanos somos producto del mestizaje.
 
Mezclas raciales aparte, vuelvo al punto de los propietarios legales. Cuando se posee algo legítimamente, por adquisición, donación o herencia, no hay razón para que alguien lo expropie a uno aduciendo que lo hace porque uno es descendiente de un despojador. No hay que olvidar que, a su vez, ese despojador fue producto de su propio entorno histórico. A lo que voy es a que los conquistadores españoles no eran criminales que arribaron a este lado del mundo con instrucciones de saquear poblados y violar mujeres (concedido: hubo algunos así, pero no era la norma). Eran individuos que provenían de un ambiente que favorecía el verticalismo y las jerarquías, y en el cual se desdeñaba el trabajo físico. No resulta sorprendente, pues, que al venir aquí y erigirse en una fuerza de ocupación vencedora, esclavizaran a los habitantes y se hicieran con lo que consideraban botín de guerra. Nuestra repulsión actual por la esclavitud no invalida el hecho de que hace cinco siglos tal cosa era tenida por normal. No se debe perder de vista eso cuando se analiza el contexto en que se dio la conquista y la posterior colonización de Centroamérica, pues los actuales adalides de la corrección política lo dejan de lado deliberadamente.
 
Alguien puede decirme que restituir sus posesiones a quienes fueron despojados de ellas y sometidos luego a atropellos injustificables, es un acto de justicia. Concuerdo con eso, pero solo cuando se está frente a una violación de las normas vigentes, y con esto no me refiero a ninguna suerte de positivismo jurídico, sino a nuestros esquemas actuales de convivencia. Me explico. Ninguna recua de aventureros, hoy, es lo suficientemente poderosa para andar por ahí despojando a pueblos enteros de sus bienes y violando sus mujeres sin que el mundo se escandalice y les ponga un alto. Pero hace cinco siglos las cosas eran muy distintas. Y bien haríamos los centroamericanos en entenderlo para no enarbolar reivindicaciones absurdas con base en el juzgamiento de hechos de ayer con criterios de hoy. Porque mientras no lo comprendamos, seguiremos refocilándonos en la autocompasión, revolcándonos en una hostilidad improductiva y ensuciándonos en una ciénaga de desesperanza.

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