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'EL MÉDICO DETECTIVE'

El periodista que inspiró al Dr. House

Hay gente que va al médico porque no sabe qué le pasa: "Estoy floja, doctor. Todo me duele, mis músculos no responden. No hago nada raro, como bien, no consumo drogas, mis análisis no arrojan infección alguna, el escáner está limpio...". Pero la paciente se muere a chorros y la familia desespera.

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Al final se le diagnostica hipersensibilidad a las ondas electromagnéticas (alergia al teléfono móvil), y la mujer encuentra el consuelo del conocimiento y de una pensión vitalicia, pero sigue hecha polvo porque en el fondo cree que eso del móvil no puede ser.

Hay hombres que padecen dolores imposibles, instalados de por vida en su nervio ciático; hombres que lo prueban todo. Que se inyectan cantidades sobrehumanas de analgésicos, suficientes para matar a un caballo, y se duermen tranquilos... ignorando que el médico les está recetando un placebo porque no tiene ni idea de cómo cortar el camino neurológico del sufrimiento.

La medicina es la ciencia menos exacta que conocemos. Por eso es la más apasionante. Por eso y porque los que la practican juegan a diario con el material del que están hechas la vida y la muerte. Berton Roueché lo sabía. Periodista de raza, nacido en Kansas City en 1910, ha pasado a la historia del periodismo científico por su serie Annals of Medicine, publicada ininterrumpidamente en el New Yorker durante casi 50 años, desde 1946. En ella daba cuenta de los sucesos más extraños, los casos más extremos, los diagnósticos más inverosímiles registrados en los hospitales de Estados Unidos.

Como un cronista de sucesos husmeando en la escena del crimen, Roueché se pateaba los pasillos de urgencias y asaltaba los despachos de los internistas a la caza del más difícil todavía. Y después servía su presa con la exquisitez de un escritor de novela negra; uno quirúrgico, frío, directo, estremecedor.

El médico detective recoge 13 de sus más significativos relatos: pequeñas piezas de divulgación de la que ya nadie hace, en las que el respeto por el rigor clínico convive con la vocación literaria de un letraherido incurable. Hombres que caen desplomados en el metro de Nueva York con la mente azulada y los labios hinchados como globos y que están condenados a una muerte segura hasta que un doctor de guardia, entre sandwich y sandwich, repara en que todos han comido carne aderezada con la misma sal. Niños que pululan como pálidos fantasmas por el colegio atormentando a sus madres y que se recuperan al llegar a casa y cambiarse de ropa. "¿Dónde ha comprado sus pantalones, señora?". Todos en la misma tienda. Mujeres bellas y felices que un día se desmayan en el trabajo y al día siguiente sienten un irrefrenable impulso a cometer suicidio. Y pasan lustros rebotando de psiquiátrico en psiquiátrico, enajenadas por la química y el electroshock, derramando sus últimas gotas de belleza entre temblores y babeos, paseando solas y cojitrancas por pasillos solitarios de luz natural y olor a zotal. Hasta que un ángel con bata blanca relee rutinariamente su informe clínico y encuentra en él algunas incongruencias:

Esta mujer no está loca. Padece una rara enfermedad del metabolismo del cobre. Tiene cura. La hemos condenado a demasiados años de manicomio cuando podría haberse recuperado con un par de cajas de estas pastillas.

Así es la ciencia de la vida y la muerte, de las venas y los humores, de la desesperación y el milagro. Así de cruda nos la arroja a la cara un periodista de los de antes, que dicen que sirvió de inspiración a las andanzas del doctor House en televisión.

¡Médicos! Tan humanos que a veces juegan a ser Dios.

 

BERTON ROUECHÉ: EL MÉDICO DETECTIVE. Alba (Barcelona), 2011, 304 páginas.

http://twitter.com/joralcalde

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