¡Anda! ¡Pero si resulta que nuestros servicios de inteligencia disponen de polígrafos, para ver quién dice la verdad y quién está mintiendo!
Los polígrafos se utilizan en servicios de inteligencia de todo el mundo para minimizar las posibilidades de que un topo se infiltre en la estructura del servicio o de que un agente traicione a su país. También se emplean en algunos países en las causas penales, aunque las legislaciones suelen ser bastante restrictivas y, cuando autorizan el uso del polígrafo, dejan que sea el propio acusado quien decida si quiere someterse o no a la prueba.
En teoría, el polígrafo permitiría detectar cuándo alguien miente. En la práctica, la realidad es que existen bastantes dudas sobre la efectividad de esas máquinas y hay bastante controversia entre los expertos: según algunos, la tasa de aciertos de estos aparatos sería muy baja, en torno al 60%; según otros, estaría entre el 80% y el 90%. Hay casos muy conocidos, como el de Aldrich Ames, de espías soviéticos que no tuvieron el más mínimo problema a la hora de pasar, por dos veces, la prueba del polígrafo de la CIA
Sea como sea, los polígrafos molan un montón. Eso de los detectores de mentiras queda muy futurista, no me digan que no. Así que no es extraño, por tanto, que el CNI disponga también de estos maravillosos aparatitos.
Lo que pasa es que los españoles no podemos resistirnos a caer en la tentación de ser originales. Y resulta que a lo que dedicamos los polígrafos es a ver qué agentes del servicio han podido hablarle al periódico El Mundo de la cosecha de patatas gallegas del director del CNI.
Podríamos utilizar el polígrafo, por ejemplo, para que cada uno de los responsables de la investigación del 11-M nos fuera contando qué hizo y qué dejó de hacer antes y después del atentado y qué participación pudo tener en la manipulación de pruebas. Pero, en lugar de ello, dedicamos nuestra máquina de la verdad, que seguro que cuesta una pasta, a ver quién se ha ido de la lengua y le ha filtrado a los medios las exhibiciones de buceo en la piscina llena de algas del señor Saiz.
Podríamos emplear el polígrafo para ver qué demonios pasó con las 90 toneladas de muestras de los trenes desaparecidas y dónde demonios están los análisis de explosivos realizados en los días siguientes a la masacre. Pero, en lugar de ello, los aplicamos a la noble tarea de averiguar quién está pasando información sobre la caterva de familiares y amigos que el señor Saiz ha contratado.
Podríamos tomar ese polígrafo y aplicárselo, por ejemplo, a la supuesta mujer de Jamal Ahmidan, para tratar de determinar cuál de las doscientas quince versiones sobre la vida y obra de ese terrorista mítico apodado El Chino se corresponde con la realidad. Pero, en lugar de ello, empleamos el sofisticado equipo para intentar localizar a quien ha comentado malévolamente con algunos periodistas la afición del señor Saiz por la pesca del atún.
Vamos, que no tenemos remedio. En lugar de intentar hacer algo útil con los equipos que nos compramos, los dedicamos a las mamonadas particulares de los cargos políticos de turno. Aunque a lo mejor es lo más adecuado, vaya usted a saber. Porque lo mismo intentamos emplear el polígrafo de forma seria y la liamos.
Imagínense, por ejemplo, que sometemos a Rubalcaba a la prueba del polígrafo y que el aparato sale ardiendo. Perderíamos un equipo que cuesta una millonada. ¿Y para qué? ¿Creen ustedes que esa prueba serviría para algo? De ninguna manera. Rubalcaba sería capaz de decir que España no se merece un polígrafo que mienta.