Editorial del programa Sin Complejos del domingo 1 de julio de 2012
Cuando el director Karl Eliasberg recibió la partitura de la Séptima Sinfonía de Shostakovich - la Sinfonía Leningrado - casi se cae al suelo. Aquella sinfonía era extraordinariamente larga y requería una orquesta de considerable tamaño. Y Eliasberg no contaba en realidad, desde hacía ya tiempo, con ninguna orquesta. En el Leningrado sitiado por los alemanes, la Orquesta Sinfónica había sido evacuada y la Orquesta de la Radio, desmantelada.
Pero Shostakovich acababa de terminar aquella sinfonía que cantaba a la heroica resistencia de Leningrado frente a los nazis y las instrucciones de las autoridades soviéticas eran claras y tajantes: esa sinfonía se tenía que interpretar en la propia Leningrado, para elevar la moral de la ciudad asediada y de toda Rusia.
De modo que Eliasberg convocó a los miembros de la Orquesta de la Radio. Para su desesperación, de los cien miembros originales de la orquesta, sólo aparecieron quince: los demás habían muerto o estaban combatiendo en el frente. Y aquellos quince músicos no fueron capaces de reconocerse unos a otros al principio, de tan esqueléticos que estaban. El trompetista no podía siquiera hacer sonar su instrumento, dada su extrema debilidad.
Aquel invierno de 1941 a 1942 había sido terrible. Y el asedio alemán lo hizo aún más duro. Centenares de miles de personas murieron de hambre y de frío en la ciudad. Los cadáveres quedaban tirados en mitad de la calle, donde la nieve terminaba por cubrirlos. Cuando llegó el deshielo de primavera, los cadáveres afloraron por todas partes, muchos con signos claros de canibalismo.
El director de la orquesta, Eliasberg, exigió, y obtuvo, que el ejército le enviara a todos los soldados que pudieran tocar un instrumento y que se proporcionaran raciones adicionales de comida a sus músicos. E impuso un ritmo de ensayos frenético, mañana y tarde, seis días a la semana. No era raro que los músicos se desmayaran durante los ensayos. Cuando se producían ataques aéreos, parte de los intérpretes tenía que abandonar el instrumento en la silla e incorporarse a las unidades antiaéreas o de bomberos en las que estaban destinados.
Eliasberg utilizaba las raciones extra de comida para mantener la disciplina en la orquesta. El músico que fallaba demasiado, perdía su ración. El músico que llegaba tarde sin una causa justificada, perdía su ración. En cierta ocasión, llegó a quitarle la ración extra de comida a un músico que se había saltado un ensayo para ir a enterrar a su mujer. Pero el propio Eliasberg no era ajeno a las privaciones de sus músicos. De vez en cuando, le veían entrar en la cantina militar a mendigar algo de pan a sus amigos del ejército, tanta hambre tenía.
Poco a poco, la sinfonía comenzó a tomar forma durante aquellos cuatro largos meses de ensayo. Y finalmente, el 9 de agosto de 1942, los miembros de la orquesta hicieron su entrada en la sala de conciertos de la Filarmónica. La visión de los habitantes de la ciudad abarrotando la sala - muertos de hambre, pero deseosos de escuchar aquella sinfonía - les dejó sin habla.
Y entonces, cuando Eliasberg levantó la batuta, se hizo en la sala un silencio sepulcral. Los rusos habían estado bombardeando las posiciones artilleras alemanas durante varias horas, antes de empezar el concierto, para silenciar temporalmente los cañones nazis y que no interrumpieran el estreno. Había altavoces por toda la ciudad, y también en el frente, para retransmitir a cada habitante de Leningrado el acontecimiento.
Uno de los músicos recuerda sus sensaciones a medida que tocaban la obra completa: "Entonces entendimos lo que estábamos haciendo, la inmensa belleza de aquella sinfonía".
Cuando la orquesta terminó el último movimiento, la sala quedó en completo silencio. Entonces, sonó un aplauso al fondo. Luego otro. Y enseguida toda la sala prorrumpió en un atronador aplauso. La gente aplaudía, se abrazaba y lloraba. ¡Aquella era su sinfonía, la de todos los habitantes de Leningrado, la que daba sentido a todo: al sufrimiento, a la resistencia, a la batalla y a la esperanza en la victoria! Incluso a la omnipresente muerte.
"La ciudad entera", recordaría Eliasberg años después, "fue en ese momento un único ser humano, al que la música le otorgaba la victoria sobre una máquina sin alma".
Pasarían aún muchos meses antes de que el cerco de Leningrado fuera definitivamente levantado. Pero aquella sinfonía insufló nueva vida a la ciudad y dio la vuelta al mundo rápidamente, como símbolo de la resistencia soviética.
A veces, no siempre, los símbolos son más mortíferos que las armas, más poderosos que el dinero, más necesarios que la propia comida. En ocasiones, los símbolos pueden dar a todo un pueblo motivos para sobrevivir un día más.
A veces es la música, a veces una bandera. También a veces, por qué no, un equipo de fútbol.
Hoy se juega la final de la Eurocopa, que enfrentará a España e Italia. Y viendo los medios de comunicación del día, parece que la actualidad se haya suspendido en cierta manera, a la espera del resultado.
Llevamos tal racha de malas noticias, tenemos tanta carencia de éxitos, que parece que esa Eurocopa lo fuera todo hoy para muchos españoles. ¿El viejo concepto de pan y circo? No. Simplemente las ganas de poder conservar un poquito de esperanza y de ilusión por algo.
Un partido de fútbol no es más que un evento deportivo, en el mismo sentido en que una sinfonía no es más que un trozo de música. Pero, a veces, un trozo de música o un evento deportivo pueden convertirse en todo un símbolo.
Y tal vez si ganamos esta noche podamos olvidarnos, al menos por un momento, del asedio de los mercados, del bombardeo de malas noticias e incluso de la mala situación económica,
Si ganamos, mucha gente se pondrá de pie para abrazarse y aplaudir. Habrá algunos que hasta lloren de emoción.
Y está bien que así sea.