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Terrible disyuntiva

Lo peor de la sentencia de Gürtel es el bofetón que los tres magistrados le endilgan a Rajoy al acusarle de haber dado explicaciones poco verosímiles para evitar el desdoro del reproche social.

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La predicción anunciaba una gran terremoto. Algunos geólogos temían que en el templo del poder, ya ruinoso, no quedara piedra sobre piedra cuando los jueces de la Audiencia Nacional dieran a conocer el contenido devastador de la sentencia del caso Gurtel. Antes, varios estertores telúricos habían preludiado la magnitud de la tragedia. A Eduardo Zaplana, uno de los cinco grandes de la edad de oro del PP, se le había caído el falso techo de su pasado comisionista sobre la cabeza. A toda velocidad, las tropas del partido formaron en el patio de Génova y mientras Rafael Hernando hacía de tamborilero, Martínez Maíllo fue arrebatándole uno a uno los botones de la guerrera sin aguardar a ningún otro trámite indagatorio.

La ceremonia pública de degradación de Zaplana a simple rémora del pútrido aznarismo puso sordina al segundo temblor premonitorio: el número dos del ministerio de Hacienda estaba en el radar de un juzgado de Jaén, imputado por presuntos delitos de prevaricación administrativa, falsedad en documento mercantil, malversación de caudales públicos, cohecho y tráfico de influencias. Sin levantar los ojos del suelo, Montoro arrastró su silencio cómplice por los pasillos del Congreso el mismo día que los Presupuestos Generales del Estado recibían la definitiva bendición parlamentaria.

Casi al mismo tiempo que el PNV le pagaba a Rajoy el precio de su alma, Urkullu firmaba con Bildu el compromiso de luchar por la independencia de Euskadi levantando la bandera del derecho a decidir en el preámbulo del nuevo estatuto de autonomía. España entera debía saber que el Gobierno de España no solo había pagado un alto precio por darle a su presidente dos años más de permanencia en el poder, sino que además se lo había pagado a un partido que sigue igual de empeñado que antes en recorrer un camino parecido al de sus homólogos catalanes. Ese fue el tercer temblor que precedió al Apocalipsis.

La existencia de esa clase de temblores sísmicos no es una novedad. Ya se habían producido otros en ocasiones anteriores. Muchos. Muchas veces. Pero cada vez son más intensos y se suceden con intervalos más cortos. En la calle empieza a percibirse con claridad que estamos a diez minutos de que el sistema político que nos ha traído hasta aquí salte por los aires. La cupulocracia bipartidista que ha movido la actividad política desde 1977 se ha convertido en una bomba de relojería. La prueba evidente es la disparatada disyuntiva que PP y PSOE han puesto encima de la mesa para hacer frente a la situación de alarma que se ha apoderado de la ciudadanía.

Los primeros proponen más Rajoy. Los segundos, una moción de censura que sólo puede prosperar con el apoyo de fuerzas separatistas que ya han empezado a reclamar, a cambio de su voto, la modificación del modelo territorial de España ¿Cuál de las dos propuestas creen ustedes que es más útil para aquietar el desasosiego de la gente? Solo con imaginar cualquiera de ellas se ponen los pelos como escarpias.

En términos políticos, lo peor de la sentencia Gurtel no son las penas impuestas a Correa o Bárcenas. Ni siquiera el runrún de que el ex tesorero vengará los 15 años de cárcel a su mujer con explosivas revelaciones que harán temblar el misterio. A poco que demore la venganza ya no habrá misterio que pueda temblar. Tampoco es lo más grave que las siglas del PP sean las primeras en merecer el estigma de un reproche criminal dictado por la Justicia. Lo peor, con diferencia, es el bofetón que los tres magistrados le endilgan a Rajoy -aquí sin votos particulares- al acusarle de haber dado explicaciones poco verosímiles para evitar el desdoro del reproche social.

No se atreven a decir que mintió porque eso supondría imputarle la comisión de un delito y estarían obligados a deducirle testimonio. No lo dicen, pero lo insinúan. ¿En qué cabeza cabe que alguien cuya credibilidad ha sido refutada en una sentencia judicial aspire a ser la solución del problema creado por el partido que él mismo preside? El simple hecho de que el PP avale esa posibilidad demuestra que ha perdido la sintonía con la calle. Cuando alguien que ha decepcionado a mucha gente espera que sean los decepcionados quienes admitan su error y cambien de conducta, es que se ha vuelto definitivamente tarumba.

De Pedro Sánchez no se puede decir algo mucho mejor. Que justo en el momento en que la sociedad española empieza a perderle el miedo a defender sin complejos las señas de identidad de la Nación española, amenazada por el separatismo catalán, este hombre decida dejarse querer por el movimiento político que encarna esa amenaza solo demuestra que el partido de la alternancia está en manos de un arribista sin escrúpulos.

Si hay que elegir entre Tancredo y el aprendiz de Macbeth, yo desde luego elijo las urnas.

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