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Los jenízaros de Erdogan

Erdogan los necesita en su plan para desmantelar el régimen parlamentario turco y erigir en su lugar uno presidencialista putinesco o 'sultanista'.

Mario Noya
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Recep Tayyip Erdogan | Cordon Press

Al islamista Recep Tayyip Erdogan no le gusta ser presidente de un régimen parlamentario como el turco, donde en teoría el papel del jefe del Estado es de orden simbólico. Él lo que quiere es ejecutar, ser "el que ejerce el poder". Ser, en definitiva, una suerte de sultán.

Los sultanes, es sabido, disponían de jenízaros, "nuevas tropas", "soldados" que tenían por misión la "custodia y salvaguarda" de sus señores, entregarse a ellos como un hijo fiel haría con su padre.

Aunque quizá convenga no darle ideas, hoy, para dotarse de semejante séquito, Erdogan no necesitaría hacer lo que sus precursores, Murad I y compañía: recurrir a los prisioneros de guerra y hacer razias entre las familias cristianas de sus dominios. Y es que tiene a mano una formidable masa de correligionarios más que dispuestos a dar la vida por quien les ha permitido conservarla: los refugiados sirios.

Turquía tiene 79 millones de habitantes y, como mínimo, 2,5 millones de refugiados sirios. Muchísimos. Son tantos que están en perfecta disposición de alterar radicalmente la configuración demográfica y constitucional del país que los ha acogido. De convertir al islamista Erdogan –némesis del hiperlaico padre de la República, Mustafá Kemal Atatürk– en Recep Tayyip I, primer sultán democráticamente electo.

La gran mayoría de los refugiados sirios que alberga Turquía son musulmanes suníes conservadores que detestan al tirano que los anda exterminando, el (nacional)socialista Bashar al Asad, musulmán alauita. Imposible encontrar un perfil mejor para los planes de Erdogan. Porque incluso su condición de árabes, lejos de ser un problema, resulta una ventaja añadida para el neosultán: ¿qué mejor manera de deskurdizar el sureste del país que inundarlo con millones de personas de la etnia mayoritaria en la región? Erdogan ve en los kurdos, quizá el 20% de la población pero predominantes en esa zona, la gran amenaza para la nación turca, mucho más que el Estado Islámico, al que dice combatir ahora en Siria pese a que su objetivo primordial sean, precisamente, las fuerzas kurdas que con tanto éxito están luchando allí contra el EI, que –dicho sea de paso– ha venido sirviéndose de la frontera y el mercado negro turcos con escandalosa impunidad. Lo último que quiere Erdogan es ver surgir un enclave autónomo kurdo, para qué hablar de un Kurdistán independiente, en el vecindario. Y quien dice Erdogan dice el mundo árabe, especialmente en Irak y Siria. La mujer de Erdogan, por cierto, es árabe, como otro millón y medio de turcos, que sumados a los por lo menos 2,5 millones de refugiados sirios representan en torno al 5% de la población del país euroasiático.

Mucha gente. Muchos votos. Erdogan los necesita a carretadas a fin de sacar adelante su plan para desmantelar el régimen parlamentario turco y erigir en su lugar uno presidencialista putinesco o sultanista, lo que más le tira. En Turquía, los extranjeros pueden acceder a la ciudadanía una vez hayan cumplido cinco años de residencia. La primera oleada de refugiados sirios se produjo en 2011. Las próximas elecciones legislativas serán en 2019. Estamos en 2016 y Erdogan ya anda diciendo: "Hemos dado la bienvenida a tres millones de refugiados, [y] si es necesario daremos la bienvenida a otro millón". Como frotándose las manos.

Post scriptum de lecturas recomendadas: "La Turquía de Erdogan se está comiendo por los pies a la de Atatürk" (2007) y, muy especialmente, "The Impact of Syrian Refugees on Turkey" (de donde he sacado todos los datos que cito en el artículo).

© Revista El Medio

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