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El régimen de los ERE y el talón de Aquiles de Albert Rivera

De lo que se trata es de que el discurso nacional contra la corrupción y la regeneración lo sea de verdad en todas partes, no sólo en Madrid y Cataluña.

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Albert Rivera pretende aparecer, casi siempre, como un nenuco de la política, oliendo bien, con lustrosa y adolescente apariencia y con una urbanidad a prueba de rufianes. Pero tal voluntad de presencia política, si quiere ser alternativa, fecunda y duradera, tiene que ser percibida como auténtica, y lo que hace auténtico a un político –y a cualquiera– es la correspondencia entre el discurso y los hechos. Los españoles ya sabemos eso de que las promesas se hacen para no cumplirlas. Si a lo que se aspira es a la representación nacional, no meramente local o regional, de un cambio, el discurso tiene que ser reconocido como coherente y apropiado no sólo por los ciudadanos de Albert, sino por todos los ciudadanos de España.

En Cataluña, su discurso, a pesar del silencio inquietante sobre Sijena y otros silencios educativos, suele ser claro y rocoso y sintoniza con una mayoría de catalanes moderados a derecha e izquierda que se sienten parte de la nación española. Por eso crece y crece y hasta es posible que gane las elecciones más importantes de la historia de Cataluña. Es y va a representar un cambio decisivo en el devenir futuro de los catalanes y, por ello, del resto de España.

Pero en Andalucía, un enclave político esencial si se quiere gobernar España con soltura, el discurso y los hechos de Albert y sus amigos constituyen una chapuza descomunal, un ejercicio de desvergüenza rayano en el cinismo moral. En Andalucía, recordemos, se ha salvado políticamente a una Susana Díaz que parecía iba de lideresa nacional. No diré que el PP andaluz no haya merecido su destino decadente e inútil, pero también diré que el PSOE andaluz no merece ni ha merecido la salvación que se le ha brindado.

Si bien es cierto que el pacto andaluz C's-PSOE ha obstaculizado la deriva radical de un Gobierno Susi-Tere, ha permitido la estabilidad presupuestaria y ha atemperado, aunque muy poco, la voracidad fiscal de la Junta, no es menos cierto que Albert Rivera y Juan Marín han salvado de la quema histórica a un régimen corrupto, han consentido la continuidad de sus prácticas clientelares y han extendido en el tiempo el despotismo fiscal, administrativo, educativo, mediático, económico, social y civil sobre una ciudadanía, la andaluza, que no ha podido conocer la alternancia política en 35 años largos.

No se trata, Albert Rivera, de quitar a Juan Marín y poner a otro. No estaría mal, eso es verdad, porque nos quitaríamos de encima a otro mercachifle de lo público. De lo que se trata es de que el discurso nacional contra la corrupción y la regeneración lo sea de verdad en todas partes, no sólo en Madrid y Cataluña. La vergonzosa complicidad de Ciudadanos con la pútrida estructura del régimen andaluz instaurado por el PSOE en 1982 da a muchos, quizá a demasiados, un asco insoportable.

Podría haberse mantenido la gobernabilidad exigiendo cambios de calado a favor de unos ciudadanos, los andaluces, a los que habéis maltratado, humillado y mantenido bajo una infame arbitrariedad y una corrupción general. Habéis matado en numerosos andaluces la esperanza del cambio que necesitamos y merecemos. Ese es, Albert, y será por mucho tiempo, tu talón de Aquiles.

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