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Calidad de la barbarie

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La enseñanza no va bien. Resulta que “de 31 países chequeados” (¿les habrán mandado cheques?) sobre la calidad de su enseñanza, España está “en la parte baja del escalafón”. Y es que, claro, existe “un gap entre la creciente complejidad de nuestras sociedades y las insuficiencias del sistema educativo para transmitir pautas de orientación en un mundo entreverado de dilemas y asfixiado por la sobreabundancia de información”. La cosa, sin embargo, tiene remedio. Se trata, ante todo, de ser conscientes de que “la educación se hace para las personas y no al revés” y no olvidar que “los conocimientos, si bien impersonales, carecen de derechos que no sean los que convienen a las personas” ¿Y qué conviene a las personas? Muy fácil: “no se aprende para saber más, sino que se sabe más para ser mejores”, aparte de que “educar hombres no es lo mismo que llenar de datos, de cifras o de teorías las cabezas de las personas”. Quién lo hubiera dicho.

Nos vamos, pues, enterando: “No basta con esmerarse en el diseño de currícula que enseñan a manejar los procesos técnicos, se hacen imprescindibles los saberes propedéuticos, aquellos conocimientos que ayudan al desarrollo de la personalidad y de la versatilidad”. Debe tenerse en cuenta, no obstante, que “todas las políticas educativas son arriesgadas porque no dependen sólo de lo legislado, sino también de impedimentos sociales refractarios al influjo normativo”. La clave está en “mejorar la calidad de la enseñanza tanto en los contenidos como en los métodos” ¡Cómo no habíamos caído! Y mejorar la enseñanza “vale tanto como decir aproximarla a la realidad de la vida diaria, sacarla de las torres de marfil que divorcian los conocimientos de la vida”. Y se nos aclara todavía: “Los clásicos llamaban “paideia” a este tipo de educación para la vida”.

Todo este complejo pensamiento, a la altura de la complejidad de nuestras avanzadas sociedades, desemboca en la conclusión de oro: “Por encima de la realidad y de los fracasos que esa realidad acredita, existe en todos los países un consenso básico: hay que mejorar la calidad, lo cual significa tanto como adaptar la educación a las exactas demandas de nuestras sociedades postindustriales”.

Esta mezcla bárbara de perogrulladas, simplezas y naderías, expuestas en lenguaje pedante, vago y vacuo, se debe al rector de la Universidad Complutense, don Rafael Puyol, que, imagino, será uno de los encargados de mejorar la enseñanza. Esperemos que pasara, al escribir esos densos pensamientos, por algún gap intelectual rellenable después de un buen chequeo. De otro modo ya sabemos a qué atenernos.

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