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El condón como bandera

la política “progre” de alentar tales cosas es tan absurda como la de promover al mismo tiempo el alcoholismo y las pastillas contra la resaca, o la venta de comida en mal estado y la de vasos de leche para paliar sus efectos

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El gobierno y la progresía en general están enarbolando el condón como su penúltima bandera jacobina contra la Iglesia. Y no podía ser una bandera más adecuada, reveladora de la bajeza de ideales y argumentos a que ha llegado nuestra sociedad.
 
Aunque el SIDA afecta especialmente a los homosexuales, su difusión no procede de la homosexualidad, sino de la promiscuidad sexual y de la droga, que en nuestros días casi siempre van juntas. La Iglesia siempre ha condenado ambas y ha advertido de sus riesgos, tanto en el plano físico como, sobre todo, en el moral. En cambio la progresía y la izquierda han ensalzado y procurado extender al máximo tanto la promiscuidad como la droga, presentándolas como elementos de “liberación”. Son dos posiciones opuestas, y vaya por delante que cada uno puede defender la que le dé la gana, pero sin engañar sobre las consecuencias. Y, sobre todo, sin pretender acallar la otra postura. Porque el tono empleado por nuestros jacobinos tiene bastante de amenaza, de alarmante amenaza, contra la libertad de expresión de los católicos y de los obispos.
 
Desde el punto de vista de la Iglesia, y creo que desde el de cualquiera con sentido común, la política “progre” de alentar tales cosas es tan absurda como la de promover al mismo tiempo el alcoholismo y las pastillas contra la resaca, o la venta de comida en mal estado y la de vasos de leche para paliar sus efectos. La Iglesia opina que, aunque todos estemos expuestos a caer en tales cosas y siempre habrá, pase lo que pase, personas muy promiscuas y consumidores de droga, esas conductas no deben alentarse, y menos desde el gobierno y con fondos públicos, que es lo que realmente se hace cuando se lanzan campañas en pro del consumo de condones sin advertir de las causas del mal.
 
Hace poco un teólogo de la línea de Prisa (de los que nunca denuncian la permanente línea de Prisa de ridiculizar y socavar la religión) advertía paternalmente a los obispos por no tener en cuenta la teoría del mal menor: entre coger el SIDA y utilizar el condón, mejor el condón. No sé lo que dirán los obispos al respecto, pero el argumento, indiscutiblemente correcto en los casos particulares, deja de serlo como teoría general. Los obispos no pueden unirse a la campaña en pro del condón sin renunciar a lo esencial de su prédica. Si alguien opta por la promiscuidad, mejor que use el condón, lo mismo que si opta por el alcoholismo, mejor que consuma también pastillas contra la resaca; pero lo que los obispos denuncian, si los he entendido bien, es que el mal reside en la promiscuidad sexual.
 
Claro está que con ello los obispos van un tanto contra corriente. Una de las manifestaciones más pueriles de la vanidad, masculina sobre todo, consiste en presumir de aventuras sexuales, y ello a tal punto que en el siglo XVII había quienes ostentaban con orgullo las huellas de la sífilis como prueba de lo mucho que… “hacían el amor”, por así decirlo. Eso siempre existirá, y puede ser lógico que la progresía lo fomente. Pero resultaría bastante asombroso que los obispos les acompañasen en la empresa.

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