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Fusi, o el argumento de autoridad

Los funcionarios de la historiografía han mostrado total incapacidad polémica, revelando a qué abismos de inepcia y deshonestidad intelectual han llevado a la universidad. Su "debate" ha consistido en pedir la censura a mis libros.

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Juan Pablo Fusi ha hecho unas declaraciones bastante razonables sobre la "memoria histórica" para terminar desbarrando. Le preguntan: "Muchos libros de historia llegan hoy a best sellers, Entre ellos, los de revisionistas como Pío Moa, para quien la guerra empezó en 1934 con la revolución de Asturias." Respuesta: "En España hay un 90% de acuerdo entre los historiadores sobre la visión de la guerra. Luego ha habido algunas operaciones de mercado, con libros que no han aportado nada al debate serio y contrastado" (los míos, evidentemente).

La respuesta es interesante. Fusi viene a decir: si un 90% de historiadores piensa como yo, mi opinión es la buena. Una forma del argumento de autoridad, inaceptable por principio en la ciencia; recuerde el señor Fusi el lema de la Royal Society. Pero una autoridad rebajada al menor nivel posible. Normalmente el argumento se basaba en el prestigio de algún gran maestro, cuya palabra debía aceptarse sin más. Aquí no hay siquiera un gran maestro de referencia: lo que hay es el rebaño. Pero, como sabe sin duda Fusi, la ciencia ha progresado muy a menudo desafiando la opinión predominante. Ni un 90% ni siquiera un 99% de acuerdo garantizan que una versión de la historia o una tesis sobre ella sean ciertas. Puede ocurrir, y no pocas veces ha ocurrido, que sea la ínfima minoría quien tenga razón. El problema, en definitiva, es: ¿quién tiene razón, quién se acerca más a la verdad, ese supuesto 90%, o el 10% contrario?

Fusi, más racional, por lo común, que otros colegas suyos, pero contaminado por el burocratismo universitario, empeora su argumento: ¿de dónde ha sacado ese 90%? Ni se molesta en indicarlo. Obviamente, la cifra es arbitraria y tiene por único y evidente objeto impresionar a los incautos con la autoridad del número. Además, ¿es una cifra definitivamente estable, o está disminuyendo, o aumentando? La cuestión resulta también interesante. Convendría, para empezar, distinguir entre historiadores, pocos, y profesionales o funcionarios de la historiografía, muchos; pero dejémoslo ahí.

Hasta hace unos años existía amplio acuerdo entre los historiadores –en sentido muy lato– porque, por motivos políticos más que científicos, se había impuesto en la universidad una determinada visión del pasado y los disidentes apenas osaban rechistar. ¿Cuántos compartían esa visión? Sería muy raro que pasaran del 70%, pero aun así constituían una mayoría, sin duda, aplastante, porque aplastaba al resto, y no precisamente con argumentos o datos, sino con la fuerza de la burocracia, del acceso a los medios de masas, del manejo de los fondos públicos y del puro y nudo chantaje político. Discrepar en público suponía –sigue suponiendo, aunque menos– suicidarse profesionalmente.

Esa situación está cambiando, por suerte, y en las diatribas de quienes hasta hace poco triunfaban sin discusión en el manejo de la universidad, los medios y el erario, se percibe una clara angustia. Menudean los gritos de alarma para afrontar lo que llaman, con intención aviesa, "revisionismo", buscando identificarlo con quienes niegan el holocausto judío en Alemania. Una falsificación más, entre tantas.

Luego, indica Fusi, mis libros "no han aportado nada al debate serio y contrastado". Francamente, ¿cómo se puede debatir a partir de criterios como el de la autoridad de ese imaginario 90% de "historiadores" previamente de acuerdo en defender sus posiciones de poder? Los funcionarios de la historiografía han mostrado total incapacidad polémica, revelando a qué abismos de inepcia y deshonestidad intelectual han llevado a la universidad. Su "debate" ha consistido en pedir la censura a mis libros, aplicarla en la medida de sus posibilidades, lanzarme andanadas de insultos y descalificaciones personales, y mentir abiertamente sobre el contenido y orígenes de mis tesis. He asistido a debates más serios y contrastados en discusiones de taberna.

Y veamos cómo se enreda el propio Fusi cuando baja de las disquisiciones generales al terreno concreto: "La revolución del 34 fue un acontecimiento muy negativo que reveló el carácter bastante poco democrático de la izquierda española y contribuyó decisivamente a deslegitimar la República. Que no es poco. Pero de ahí a decir que fue el primer episodio de la guerra, hay un salto inadmisible". Tal vez haya ese salto, pero no basta con decirlo, debe probarse. Y el propio Fusi ofrece los datos para probar lo contrario, aunque rehúsa sacar las consecuencias de sus premisas. Una guerra civil parte de la quiebra de la convivencia dentro de una misma nación, en este caso de la convivencia democrática, y no está mal que Fusi reconozca, eufemísticamente, "el carácter bastante poco democrático de la izquierda". Tan poco democrático que quería destruir la legalidad republicana que ella misma había impuesto en 1931, y quería destruirla, textualmente, por medio de una guerra civil. La convivencia democrática puede resistir los embates de minorías violentas, pero se vuelve imposible cuando la oposición casi en pleno la ataca violentamente.

Y da Fusi su versión, con la indiscutible autoridad que, cree él, le presta ese imaginario 90% de concordes: "La sublevación del 36 se produce porque una parte importante del Ejército no aceptó la victoria del Frente Popular". Pues tampoco. Habría que preguntar por qué los mismos que defendieron en 1934 la legalidad republicana, empezando por Franco, cambiaron de actitud en 1936. ¿Quizá porque el Frente Popular se componía de los mismos "bastante poco demócratas" que en 1934 habían asaltado la república, y habían ganado tumultuosamente, en 1936, unas elecciones anómalas? Pues bien, aun así casi toda la derecha y los militares, salvo unos pocos conspiradores, aceptaron en principio la victoria electoral de las izquierdas. Solo a medida que los peores augurios se iban cumpliendo, con un sangriento proceso revolucionario desde la calle y el campo, y una sistemática destrucción de la legalidad desde el gobierno, solo entonces, ya a finales de abril, fue cobrando importancia la conspiración y el rechazo al Frente Popular.

La democracia se funda en el imperio de la ley, y cuando la ley es arrasada, como ocurrió aquellos meses, la convivencia cae por tierra. Lo cual viene a reconocer nuevamente Fusi, en su peculiar forma eufemística e inconsecuente: "A ello [al supuesto rechazo a la victoria del Frente Popular] hay que añadir algunos factores que la propiciaron, como la descomposición del orden público". Perfectamente, aunque se queda muy corto.

Un punto final: Fusi llama a mis libros "operaciones de mercado". Mis libros han tenido un éxito inesperado, pues mucha gente los ha comprado libremente, por encontrarlos más veraces que otros muchos en circulación. Su venta no ha debido nada a subvenciones u operaciones con dinero público, ni a la compra obligada para los alumnos universitarios u otros, ni a tantas "operaciones de mercado" o contra el mercado, tan frecuentes y visibles.

Pero, en fin, menudencias. Lo esencial, insisto, es ese debate serio y contrastado, que no puede partir de ningún argumento de autoridad, sino de la conciencia de que nadie posee la verdad de forma plena y absoluta. Bueno, señor Fusi, a ver cuando empieza. Nunca es tarde.

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