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La huida de los jefes

La represión de posguerra no puede separarse, por lo tanto, de la actitud de los jefes vencidos.

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El gobierno actual piensa revisar los procesos judiciales franquistas de posguerra. Quizá se ha creído su propia propaganda, según la cual los procesados eran excelentes personas repletas de virtudes cívicas, víctimas de la bestia fascista. O tal vez confíe –esto parece más probable– en la capacidad de sus medios de masas para manipular la historia.
 
Los españoles de antaño, conscientes de las atrocidades cometidas por unos y por otros, prefirieron, con buen criterio, relegarlas a un recuerdo difuso, unido a la decisión de no repetirlas. La derecha también ha mostrado una actitud conciliatoria, expresada simbólicamente en su adhesión a los homenajes a García Lorca, sin exigir la recíproca en relación con Maeztu o Muñoz Seca… que tampoco se produjo nunca. En cambio las izquierdas y los separatistas llevan años recobrando las peores memorias de aquellos hechos –sólo los de un bando–, a fin de agitar los rencores y pescar votos en el río revuelto de la historia falseada. No ven que el tiro puede salirles por la culata, pues no podrán evitar el recuerdo de actos horripilantes de crimen y sadismo practicados por sus propios antecesores políticos.
 
Como creo haber probado documentalmente, fueron las izquierdas y los nacionalistas catalanes quienes, convencidos de ganar, planearon y llevaron a cabo la guerra civil. Destruida la legalidad, el terror cundió en los dos bandos, afectando a bastantes miles de personas, como víctimas o como verdugos. Quienes vencieran, desde luego, iban a ajustar cuentas muy estrechas a los vencidos, y éstos resultaron ser los mismos que habían traído la guerra. Como la derrota se produjo lentamente y por partes, cabría esperar que los dirigentes hubieran previsto medidas de evacuación o de fuga tanto para ellos como para sus seguidores comprometidos en el terror, los cuales no podían esperar mucha piedad de sus resentidos enemigos. La represión de posguerra no puede separarse, por lo tanto, de la actitud de los jefes vencidos.
 
Pues bien, no hubo la menor previsión al respecto. La primera gran derrota del Frente Popular ocurrió en 1937, en dos etapas. Al caer Bilbao, izquierdistas y separatistas pudieron refugiarse ordenadamente en Santander, pero aquí tuvo lugar su primer gran desastre. Huyeron por aire o por mar los líderes, pero miles de soldados de a pie y políticos de segunda fila cayeron en poder de los nacionales. Algunos jefes del PNV permanecieron en España para asegurar una rendición ordenada, pues esperaban no ser especialmente castigados. Y con razón, porque habían rendido a Franco servicios invalorables, como la entrega intacta de la industria pesada de Bilbao –que volvió a producir a pleno rendimiento para el esfuerzo bélico de los nacionales–, o la traición a sus aliados de izquierda, a quienes vendieron literalmente al enemigo común. La represión sobre el PNV resultó bastante más dura de lo esperado, aunque muy inferior a la sufrida por las izquierdas, y hubo comparativamente pocos fusilamientos. Ajuriaguerra, el peneuvista más destacado que quedó en Santander, fue condenado a muerte, indultado a cadena perpetua, y seis años después salía libre.
 
Peor fue en Gijón, último punto de resistencia de las acorraladas izquierdas. De nuevo los dirigentes huyeron, en avión o en un torpedero preparado, mientras decenas de miles de combatientes y políticos de a pie se agolpaban desesperados en los muelles, tratando de abordar a toda costa cualquier embarcación. Algunos miles lo lograron, y otros huyeron a los montes, pero la inmensa mayoría hubo de entregarse.
 
La experiencia de Gijón no sirvió de nada, y un año largo después el caso se repetía en Cataluña. Fracasados los llamamientos a convertir Barcelona en un segundo Madrid que frenase a los nacionales, la desidia de las autoridades más la creación deliberada de pánico por la propaganda, empujaron a unas 400.000 personas a una huida en masa a Francia, penosísima y absolutamente caótica. Zugazagoitia describe: “Ni una queja. Ni un grito. Sólo el ruido sordo, agobiante, de la pisada colectiva de la muchedumbre. Todos los sufrimientos sofocados. Todas las miradas sin brillo. Y el silencio. ¡Qué silencio! Dentro de él, la amenaza, de un momento a otro, de la más terrible acusación contra nuestros errores, nuestros orgullos, nuestras vanidades que (los) echaban fuera de la patria” “Era difícil defenderse de tanta mirada suplicante, de tanto rostro desconocido que pedía, sin palabras, mucho menos de lo que le habíamos quitado, con acciones u omisiones, los jugadores de la política. Nunca me he sentido tan terriblemente acusado”.
 
Zugazagoitia llegó a Francia y escribió un conmovedor e interesante relato de la guerra. Sus frases citadas revelan que comprendía bastante bien cómo habían creado la catástrofe los demagogos “jugadores de la política”. Él mismo había promovido la guerra civil en el 34 y desempeñado un puesto tan comprometido como la cartera de Gobernación con Negrín. Los nazis lo capturaron al invadir Francia y lo entregaron a España, donde fue juzgado con dureza implacable y fusilado.
 
En Cataluña la mayoría de los izquierdistas y secesionistas pudo escapar, pero no precisamente por una ordenada previsión de sus líderes, sino gracias a la cercanía de la frontera. Y la tragedia tampoco volvió más previsores a los jefes izquierdistas: al caer la zona centro, dos meses después, la calamidad sería total… salvo, una vez más, para ellos.

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