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La república, en visión marxistoide

Se excluyeron en primer lugar los comunistas, y en segundo lugar los anarquistas que, misteriosamente, aparecerán en la guerra transformados en adalides de la república, según la peculiar historiografía de estos caballeros.

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Aunque en un artículo breve solo es posible desarrollar de forma muy condensada una idea, resumo de nuevo: Reig y sus pares cultivan una historiografía de base marxista inequívoca, aun si a veces bastardeada o disimulada. El marxismo es una de tantas especulaciones arbitrarias producidas por el pensamiento utópico, si bien prestigiada por un fundamento científico, aunque frustrado: la teoría de la explotación capitalista, con la que Marx pensaba cimentar sólidamente su edificio teórico.

Vemos la falsedad de ese fundamento en el hecho de que sus predicciones han fallado o se han cumplido en los propios regímenes marxistas; pero la observamos de modo aún más conclusivo al comprobar las incoherencias y contradicciones lógicas del núcleo mismo de sus tesis. Esa incoherencia nunca han podido apreciarla nuestros lisenkos porque jamás se les ha ocurrido examinar la experiencia histórica, y menos aún las teorías que adoptaban con fe ciega.

Cualquier persona con sentido común –incluso algunos "pares" del camarada Reig, espero– entiende que una teoría así solo puede alumbrar monstruosidades tanto en su aplicación política como en su aplicación historiográfica. Ya señalé el absurdo clave en los estudios sobre historia reciente: la pretensión de que el Frente Popular representaba la libertad y la democracia, además de los "intereses" del proletariado o del pueblo. Esta barbaridad distorsiona de raíz las demás cuestiones: la república, las causas de la guerra, el terror en cada bando, el desarrollo del conflicto, el franquismo etc. Genera asimismo una perversión completa del lenguaje, presentando el totalitarismo revolucionario como la misma concreción de la libertad.

Y tiene además efectos políticos evidentes. Así, la actual involución desde el Pacto Antiterrorista y por las Libertades al Pacto Proterrorista y contra las Libertades, perversamente bautizado "proceso de paz", descansa en gran medida sobre una versión deformada del pasado, y pretende nada menos que establecer por ley la versión de un Frente Popular "democrático".

Veamos cómo trata Reig la primera cuestión: "La República no nació excluyente salvo para quienes decidieron excluirse desde su misma proclamación, no porque no fueran republicanos sino porque no eran demócratas". Muy bien. Precisemos ahora quiénes se excluyeron, ya que no lo hace nuestro insigne historiador profesional: se excluyeron en primer lugar los comunistas, y en segundo lugar los anarquistas que, misteriosamente, aparecerán en la guerra transformados en adalides de la república, según la peculiar historiografía de estos caballeros.

Prosigue Reig: "El concepto de la república era entonces simplemente sinónimo de democracia". Volvamos a concretar un poco, vista la alergia de Reig a salirse de la retórica general. La república era sinónimo de democracia para sus "padres espirituales", Ortega, Marañón y Pérez de Ayala, que tanta opinión pública republicana crearon; o para Alcalá-Zamora y Miguel Maura, auténticos organizadores del derrumbe de la monarquía. Pero no tanto para Azaña, que llegaba pidiendo una república para todos, pero con el poder monopolizado por sus afines políticos. Ni para el PSOE, que desde el primer momento expresó su intención de colaborar con la república "burguesa" solo provisionalmente (poco más de dos años en la práctica). ¿Por qué no repasa Reig las opiniones posteriores de los padres espirituales de la república? Estos maldijeron aquel régimen con palabras realmente amargas, muy ilustrativas de cómo sucumbió la democracia liberal a manos de la "estupidez y la canallería" –frase de Marañón– de esas izquierdas totalitarias o golpistas con quienes identifican la república nuestros finos historiadores progres. Omitir estos hechos cruciales impide, simplemente, entender nada de las desdichas de aquel régimen.

Tiene gracia Reig cuando amplía su anterior aserto informándonos de que hoy república y democracia ya no equivalen: "Por eso, nada menos que Santiago Carrillo genuino y natural republicano, declaró en plena transición que la cuestión ante el debate sobre la forma del Estado no era entonces monarquía o república". Esto se llama historiografía seria y profesional. ¡Genuino republicano Carrillo! ¡El jefe de las juventudes socialistas y luego de las comunistas (o socialistas unificadas), uno de los mayores enemigos de la legalidad republicana, un bolchevique dedicado en cuerpo y alma a destruir la república "burguesa" por medio de la guerra civil! Y que lo hizo de forma abierta, violenta, confesada, insistente, con todas las palabras: guerra civil. El descaro de Reig deja turulato a cualquiera. ¿O es tan iluso como para creer que estos hechos indudables pueden hoy ocultarse después de mis trabajos, entre otros? Pero, en definitiva, Reig profesa el mismo "republicanismo genuino" de Carrillo. No por casualidad ha ido a buscar ese ejemplo.

Con igual salero nos comunica el camarada: "Las izquierdas de 1976 aceptaron la monarquía, y los monárquicos de 1931 no aceptaron la república ni como forma ni como contenido, nunca, y coherentemente se pusieron a conspirar desde su misma proclamación despreciando la legalidad y la legitimidad republicana". La memoria, vivida y documental, parece fallar a Reig, así que procuraré refrescársela. En 1976 no todas las izquierdas aceptaron la monarquía. La rechazaron la ETA, el GRAPO y otros muchos. Y el resto de la izquierda, o el grueso de ella, más que aceptarla se resignó ante la imposibilidad de echarla abajo mediante la "ruptura". O la vio como una etapa pasajera. Ahora mismo esa izquierda está empeñada en liquidar la Constitución monárquica, en compañía de la ETA y los separatistas.

Y respecto a 1931, Reig tiene una visión sumamente extraña para un historiador. Fueron los monárquicos quienes entregaron, regalaron, el poder a los republicanos, como observaron Miguel Maura y otros. La legalidad del nuevo régimen procede de ahí, no de unas elecciones municipales perdidas, además, por los republicanos. ¿Por qué iban a conspirar los monárquicos "desde el primer momento" contra el nuevo régimen, aceptado por el propio Alfonso XIII, según señalaba Franco? Reig "olvida", como acostumbra, un pequeño detalle: la oleada de quemas de iglesias, bibliotecas, obras de arte y centros de enseñanza a los pocos días de llegado el nuevo régimen. Importa concretar el hecho, ya que aquellos actos criminales predeterminaron en buena medida el destino de la república, ilustrando a muchos sobre lo que cabía esperar del dominio izquierdista. Pues lo más grave no fueron los incendios en sí, sino la justificación y santificación de ellos por las izquierdas, declarándolos obra, no de unos delincuentes, sino del "pueblo". Entonces empezaron las conspiraciones monárquicas, por lo demás totalmente irrisorias. Mucho más importante fue la brecha que se abrió en la conciencia pública, pese a lo cual la gran mayoría de las derechas adoptó una posición legalista y pacífica. Posición contraria, repito, a la adoptada por comunistas y anarquistas, a quienes se unirían en muy pocos años los socialistas y los nacionalistas catalanes.

La república llegó, efectivamente, como una democracia liberal. Pero se vio enseguida desbordada por las izquierdas que inmediatamente le declararon la guerra (PCE, CNT), por las que acordaron apoyarla solo para intentar transformarla luego en dictadura socialista (PSOE), y por las que pretendieron monopolizar al régimen (azañistas y otros). Hubo una reacción monárquica muy escasa, y la pretensión de utilizarla como pretexto para justificar u ocultar los desafueros mesiánicos izquierdistas resulta grotesca. La extravagante aproximación de Reig a la república, a base de generalizaciones vacías, clamorosas omisiones y perversión del lenguaje quizá permita a los lectores hacerse una idea de cómo la "metodología" marxista transforma la evidencia histórica en un revoltijo de confusiones interesadas. Aun lo veremos más claro con su interpretación de Azaña.

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