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¡Pues claro que estaban con Sadam!

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Nuestros talibanes izquierdistas y nacionalistas han tildado de infamia la acusación de que tomaban partido por Sadam en la guerra de Irak. Para desmentir ese cargo, proclamaban dos o tres condenas fáciles: ¡ellos están, por supuesto, contra toda dictadura! Que no es así lo demuestra su indisimulable pena ante el rápido y poco cruento hundimiento de la dictadura irakí. Ellos auguraban un nuevo Vietnam, una resistencia numantina, y he aquí que se han disuelto en la nada los cálculos que utilizaban para impresionar y explotar la sentimentalidad de la gente: cientos de miles de víctimas, cientos de miles o millones de desplazados, ingente catástrofe humanitaria, etc. Pero si alguien espera de estos honrados analistas y políticos una disculpa ante la gente, cuyos sentimientos han manipulado con total desvergüenza, esperará en vano. Al contrario, dirán que cualquier número de víctimas, incluso una sola, es inaceptable. Con lo cual vuelven a demostrar su impostura. Si fueran sinceros, estarían protestando todos los días, de la mañana a la noche, por los miles y miles de víctimas de las guerras causadas por los dictadores en el mundo. Nunca lo hacen, al menos si esas dictaduras se proclaman izquierdistas.

Que sus condenas a Sadam eran huecas y gratuitas, de un carácter semejante a las del PNV al terrorismo, lo revela su inmediata actitud de pasividad cómplice ante el recrudecimiento de la persecución desatada en Cuba por el “gang” totalitario de Castro. Oleada represora lanzada precisamente al abrigo y con la distracción de la otra oleada de protestas no contra la guerra, sino a favor de Sadam, como queda ahora de relieve. Esa izquierda y esos nacionalistas han simpatizado siempre con el brutal régimen castrista, al cual disculpan y ayudan moral, política y materialmente de mil modos.

Por desgracia, la izquierda y los nacionalistas en España no han acabado de hacer la transición, son muy poco demócratas, y no sólo en relación con el exterior. Su protesta por la guerra contra Sadam la han orientado como una campaña contra la democracia en España. Como siempre en estos casos, había razones de peso en pro y en contra de la intervención en Irak. El gobierno tenía sus fuertes argumentos y por ellos se inclinó, y no voy a menospreciar varios de los argumentos esgrimidos por la oposición. Pero lo que en ningún caso puede apoyarse en razones es ese cultivo de un clima guerracivilista mediante la mentira, la explotación cínica de los cadáveres, los insultos, violencias, ataques y amenazas, que por unas semanas ha extendido por España un ambiente similar al de las Vascongadas. La campaña, so pretexto de la guerra, defendía a Sadam e indirectamente a Castro, pero su daño mayor ha sido para las libertades en España. Contra ellas han marchado juntos socialistas, comunistas, nacionalistas catalanes y vascos, republicanos y anarquistas: ¡la vieja coalición que dio lugar a nuestra contienda civil!

Pero lo importante y peligroso no es esa especie de coalición de hecho, sino su capacidad de arrastre de masas, después de años languideciendo. ¡Parecen estar recuperándose de la caída del muro de Berlín! Ahora bien, eso no habría ocurrido sin unos medios de comunicación dedicados, con pocas excepciones, a manipular y desinformar con más o menos arte. Lo cual es culpa muy primaria de una derecha claudicante que ha entregado la cultura y la comunicación, no a sus enemigos, que sería lo de menos, sino a enemigos de la democracia y amigos de Sadam, de Castro y de nuevas y peligrosas aventuras balcanizantes en la misma España.

Sería un gravísimo error creer que la desilusión de nuestros talibanes por el fin de la guerra va a desanimarles o hacerles rectificar. Se han embriagado en su baño de masas, y persistirán en su empeño con renovadas fuerzas. Todo va a depender de cómo sepamos reaccionar, no sólo el gobierno, sino cuantos deseamos un futuro de paz y libertad para España.

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