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Rafael L. Bardají

Después de Afganistán

Mientras que para nosotros la religión es cosa de curas y fachas, para los talibanes y tantos otros en el mundo musulmán es el motor de la Historia

Rafael L. Bardají
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Mientras que para nosotros la religión es cosa de curas y fachas, para los talibanes y tantos otros en el mundo musulmán es el motor de la Historia
Patrulla talibán en Jalalabad (Afganistán). | EFE

Si los talibanes no fueran lo que son, estarían poniendo a todo meter aquella canción de Carlos Gardel, Volver, en la que se aseguraba que "veinte años [no] son nada". Pero como condenan la música se contentan con saber que, para ellos, efectivamente, veinte años no son nada. Aunque para los occidentales sean una eternidad. Este 11 de septiembre se cumplen dos décadas de aquel día de la infamia en el que los hombres de Ben Laden atacaron territorio americano en una especie de Pearl Harbor suicida. Veinte años más tarde, exactamente el 15 de agosto, América protagoniza otro día de la infamia: acepta su derrota en Afganistán, inicia una retirada caótica y penosa y permite que los talibanes, ironías de la Historia, tomen Kabul y vuelvan a controlar Afganistán.

¿Cómo es posible que una docena de terroristas y ahora unos desharrapados puedan poner de rodillas al coloso militar que es América? Por dos razones bastante simples: la primera, que la estrategia ha muerto en el mundo occidental, gracias a unos líderes sin experiencia militar y unos ciclos políticos motivados por el corto plazo y el sentir reflejado en las encuestas. En ausencia de una gran visión nacional y ante la dictadura del instante, no hay estrategia alguna ni pensamiento estratégico. Defensa es un ministerio más, como el de Asuntos Sociales, y los militares no pasan de ser gestores de sus stocks y sus penurias; de ahí que aguantar ‘la guerra más larga’ resulte imposible. Porque se pierde la perspectiva y no se sabe por qué y para qué combatir.

La segunda es de igual o mayor trascendencia: la fe. O la religión. Nuestro mundo occidental, acelerada y exacerbadamente laico, no puede comprender la fuerza, el aguante y la sed de combate de quien está motivado por una creencia en lo superior y el mandato de Alá. Mientras que para nosotros la religión es cosas de curas, de algún que otro beato y de ultracatólicos fachas, para los talibanes y tantos otros en el mundo musulmán es el motor de la Historia, lo que gobierna su día a día, y el mandato de combatir a los infieles hasta su rendición o exterminio, de acuerdo con las palabras del profeta en su discurso de despedida: "Alá me ordenó luchar contra todos los hombres hasta que digan: ‘No hay más Dios que Alá’", está para cumplirse.

Suena medieval porque lo es. Pero el hecho de que muchos de los terroristas que han atentado en Europa tuvieran antecedentes de trapicheo con las drogas sirvió a nuestra mente racional cartesiana para ir borrando de la ecuación la religión y poder dar con otras razones que explicaran la radicalización yihadista. Pocos han sido los casos en los que la policía y, sobre todo, los medios de comunicación no han justificado los ataques terroristas con excusas psicológicas y de desórdenes mentales. Ahora sabemos, sin embargo, que la estrategia y la entrega de los talibanes nada tenían que ver con la locura. Sería bueno que empezáramos a conocer de verdad a nuestros enemigos de una vez.

Es posible que las soflamas que se oyen estos días en Kabul, "El islam ha derrotado a los cruzados y al cristianismo", sean exageradas. Pero sólo hay dos cosas que podrían impedir de verdad que la Cristiandad, esto es, Occidente, sucumbiera: una sería el retorno de Donald Trump a la presidencia de EEUU en 2024, porque a él si le temían sus enemigos. Pero está lejos de ser una realidad. La otra, que los europeos despertaran y se dieran cuenta de que no vivimos en Disneylandia, que el mal existe; que, por desgracia, tenemos enemigos y que ese cóctel de buenísimo y multiculturalismo que se ha vuelto dominante en nuestras élites es, simple y llanamente, suicida. Pero esto es todavía más irreal que la vuelta de Trump.

Sea como fuere, el mundo después de Afganistán es mucho más peligroso que antes. La Yihad ha salido ganadora en aquel remoto país; y, mucho peor, reforzada en todas partes, de Nigeria a Gaza, pasando por Moellenbeck. En segundo lugar, la ambición revolucionaria de países como Irán se ha visto reforzada. En un momento de negociación con América, ésta se muestra cobarde y pusilánime, rebajándose a aceptar las condiciones de los talibanes. Tercero: potencias decadentes como Rusia o emergentes como China solo pueden encontrar en este momento Biden una ventana de oportunidad para imponer sus criterios y seguir arrinconando a Estados Unidos. Y, por último, Europa sin América es presa fácil en este orden de la jungla en el que el más fuerte se come al débil.

Eso sí, nosotros a lo nuestro, a los llamamientos a que los talibanes respeten el feminismo, a iluminar fuentes y a aceptar refugiados. Ah, y a los famosos hashtags, que sin ellos no hay famoseo.

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